Las iglesias nueva y
antigua están unidas por dos arcos, uno de gran tamaño y otro pequeño, que
conducen al mismo sitio.
Ya en el interior de la primitiva iglesia, a nuestra derecha veremos el coro, que ocupa casi la
mitad de la nave; al frente, un arco nos comunica con el Claustro de los
Muertos; sobre el arco, el órgano y, a la izquierda, la joya más preciada del
monasterio: el retablo dedicado a San Isidoro y San Jerónimo trazado,
ensamblado y tallado (incluidas las imágenes) por Juan Martínez Montañés entre
1.609 y 1.613, época de pleno esplendor del Lísipo andaluz. Para su elaboración
contó con la ayuda, ahí es nada, de Juan de Mesa, Francisco Villegas, Juan de Oviedo, el Mozo y Francisco de Ocampo, encargándose Francisco Pacheco de la policromía.
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| El presbiterio visto desde el coro. |















































