Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

martes, 22 de febrero de 2011

Visitando la Catedral -VI.

Ya vistas la Capilla del Mariscal y la capilla que hace de antesala de la Sacristía Mayor, la siguiente que nos encontramos en el lado sur de la nave central es la

Capilla de san Andrés o del Sagrado Corazón.
El elemento artístico más importante de este espacio es sin duda el Cristo de la Clemencia o Cristo de los Cálices (1.603), escultura de madera policromada de Martínez Montañés, obra cumbre de la escultura barroca; se trata de un bello crucificado que inspira una enorme serenidad. Tiene la particularidad de estar unido a la cruz con cuatro clavos en lugar de los tres habituales.
Vista frontal de la Capilla de San Andrés.
Cristo de la Clemencia o de los Cálices. Martínez Montañés.
A la derecha se encuentran cuatro sepulcros góticos de gran antigüedad (sobre 1.400), realizados en el taller toledano del escultor Ferrán González. En ellos están enterrados Alvar Pérez de Guzmán, Adelantado y Almirante Mayor de Castilla, su padre, su esposa, Elvira de Ayala, y su hijo.
Cuelgan también dos cuadros de gran interés atribuidos a Lucas Jordán que fueron pintados alrededor de 1.700, en el primero se representa El traslado del Arca de la Alianza y en el segundo El Cántico de la profética María, es decir la escena en la que la hermana de Moisés canta acompañada de otras mujeres israelitas en acción de gracias por haber podido atravesar el Mar Rojo. En la parte superior está colocada una copia del Martirio de san Andrés, de Juan de Roelas; el original se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. 
El Traslado del Arca de la Alianza. Lucas Jordán, 1.700.
El Cántico de la profética María. Lucas Jordán, 1.700.
Capilla de los Dolores o de santo Tomé.
En el muro frontal se encuentra el sepulcro del que fuera arzobispo de Sevilla, cardenal Marcelo Spínola, representado en actitud de oración sobre un fondo de relieve con una representación de la Inmaculada; fue esculpido por Joaquín Bilbao en 1.906. 
Nacido en 1.896 en San Fernando (Cádiz), el cardenal Spínola estudió abogacía, siendo pronto conocido como “el abogado de los pobres” por aceptar gratuitamente casos de gente humilde. Fue obispo de Coria, Málaga y Sevilla en tiempos difíciles de revoluciones y pérdida de las colonias.
Sepulcro del Cardenal Marcelo Spínola. Joaquín Bilbao, 1.906.
Sepulcro del Cardenal Spínola. Detalle.
De cuerpo flaco y enfermizo, pero espíritu recio, Marcelo Spínola lucha constantemente por la paz social y, como instrumento para ello, funda en 1.889 el periódico El Correo de Andalucía, “ni carlista, ni integrista, sino eminentemente católico y noticiero” como decía en su primera edición. 

Su frágil cuerpo se resiente de tanta actividad desde su nombramiento como cardenal de Sevilla y, en 1.906, al regreso de la bendición del santuario de la Virgen de Regla, en Chipiona, muere, dejando a los sevillanos con la sensación de que ha fallecido un hombre santo. 

Su Santidad Juan Pablo II, en su visita a la ciudad de Sevilla el 5 de noviembre de 1.982, oró ante su sepulcro, que visitó expresamente. Fue beatificado por dicho Papa en Roma el 29 de marzo de 1.987.

Si miramos a nuestra derecha veremos el gran retablo barroco, presidido por un Cristo Crucificado del siglo XVI, atribuido a colaboradores de Juan Bautista Vázquez, el Viejo. A sus lados están San Juan y La Virgen, y en el tímpano, El Padre Eterno escoltado por dos ángeles. Una imagen de la Virgen de los Dolores situada en una hornacina protegida con vidrio en el banco del retablo, realizada por Pedro de Mena hacia 1.680, da nombre a la capilla. 
Sobre el sepulcro vemos una pequeña escultura de una Virgen con el Niño.
Retablo barroco de la Capilla de los Dolores.
La Virgen María.
San Juan.
El Padre Eterno escoltado por dos ángeles.
Virgen de los Dolores.
En la parte superior de la capilla cuelga una soberbia pintura de Valdés Leal, Los Desposorios de la Virgen y san José, fechada en 1.657. Otros cuadros de interés que adornan esta capilla son La Negación de San Pedro y El Entierro de Cristo, obras francesas anónimas del siglo XVII, y Jacob bendiciendo a sus hijos, pintura flamenca también del XVII, atribuida a Pieter van Lint. 
El entierro de Cristo. Anónimo francés del siglo XVII.

La vidriera es de Arnao de Flandes, de 1.555, y representa El Lavatorio.
El Lavatorio. Arnao de Flandes, 1.555.
A través de esta capilla se accede a la

Sacristía de los Cálices.
Es un recinto donde se expone una selección de las mejores pinturas que posee la Catedral. Esta sacristía es de planta rectangular y cubierta con bóveda gótica; la inició Alonso Rodríguez en 1.509, intervino en ella Juan Gil de Hontañón y, después de varios años de inactividad constructiva, trabaja en la obra Diego de Riaño, desde 1.532 hasta su muerte en 1.534. La concluyó en 1.537 Martín de Gaínza.
Vista de la Sacristía de los Cálices desde la puerta de entrada. 
En el frente de esta Sacristía se abren dos pequeñas capillas-oratorios cuyas puertas flanquean la pintura Santa Justa y Santa Rufina, de Francisco de Goya, fechada en 1.817. Primitivamente ocupaba el lugar actual del Cristo de la Clemencia, pero cuando éste llegó a la Catedral en 1.836 la pintura ocupó este nuevo emplazamiento.
Recorramos la estancia comenzando por el lado izquierdo. Primero encontramos cuatro pinturas de Alejo Fernández, encargo realizado a lo largo del año 1.510:
Adoración de los Reyes. Alejo Fernández, sobre 1.510.
Presentación del Niño en el Templo. Alejo Fernández, sobre 1.510.
Nacimiento de la Virgen. Alejo Fernández, sobre 1.510.
Abrazo de san Joaquín y santa AnaAlejo Fernández, sobre 1.510.
Los lugares de honor de la sacristía son ocupados por dos obras de pintores mundialmente reconocidos. En el muro principal, frente a la puerta:
Santa Justa y Santa Rufina. Francisco de Goya, 1.817.
En la puerta de entrada, justo sobre el arco:
Cristo Crucificado. Zurbarán, siglo XVII.
En la esquina derecha vemos una pileta con una placa escrita en latín:
Ahora nos damos la vuelta y caminamos en dirección a la puerta. Así, vemos el siguiente conjunto:
Virgen del Valle o del Pozo Santo. Alonso Vázquez, 1.597.
Virgen de Gracia con san Pedro y san Jerónimo. Juan Sánchez de Castro, siglo XV.
San Pedro. Pedro Fernández de Guadalupe, 1.528.
Calvario con donante. Luis de Vargas, 1.555.
Ecce Homo, con la Virgen y san Juan. Luis de Morales, 1.550.
Piedad, con san Vicente y un donante. Juan Núñez, siglo XVI.
Tras este grupo, encontramos dos pinturas más:
Terminadas las pinturas, podemos admirar los cálices que dan nombre a la sacristía y que se guardan en dos vitrinas acristaladas, a ambos lados de la puerta:
Lado izquierdo.
Lado derecho.
Un último vistazo a la puerta de salida:
Deshacemos el camino de entrada y accedemos de nuevo a la nave principal. Nuestra siguiente parada es el

Altar de la Piedad.
Situado a la izquierda de la Puerta de san Cristóbal o del Príncipe, fue donado por Alonso Pérez de Medina y su esposa, Mencía de Salazar, cuyos retratos pueden contemplarse, como era costumbre en la época, en los laterales del banco del retablo. La pintura central es de Alejo Fernández en 1.527 y representa la escena de La Piedad, con las figuras de Jesucristo, la Virgen María, José de Arimatea, María Magdalena, María de Betania y María Salomé (las Tres Marías). En el fondo se representa un amplio paisaje donde aparecen en pequeñas figuras la Magdalena a los pies de Cristo y la visita de Cristo a los patriarcas.

En los laterales del retablo figuran pinturas con san Andrés, san Miguel, Santiago y san Francisco, mientras que en el banco aparece Cristo atado a la columna con san Pedro

Se cierra con una reja del siglo XVI. No os puedo ofrecer fotos de momento, pues se encuentra en obras en la actualidad (febrero 2.011).


Añado fotografías obtenidas en septiembre de 2.011:
Altar de la Piedad. Vista general.
La Piedad. Alejo Fernández, 1.527.
Altar de la Piedad. Pinturas del banco.
Altar de la Concepción.
A la derecha de la Puerta del Príncipe tenemos el Altar de la Concepción, que no debe confundirse con la Capilla de la Concepción Grande, que se encuentra también en la Catedral de Sevilla y está dedicada a la misma advocación de la Virgen María.
Altar de la Concepción.
Destaca en este espacio la pintura principal del retablo que fue realizada por Luis de Vargas en 1.561 y representa una Alegoría sobre la Inmaculada Concepción, también llamada La Genealogía de Cristo. Los personajes que aparecen en torno al árbol de Getsé son los distintos eslabones genealógicos desde Adán hasta la Virgen. En esta obra ha sido siempre famoso el dibujo de la figura de Adán y especialmente su pierna, que constituye un gran acierto pictórico. Es conocida popularmente desde muy antiguo como Cuadro de la Gamba. El origen del nombre es el siguiente: 
Se cuenta que en el siglo XVI, el maestro italiano Mateo Pérez de Alesio se encontraba en la Catedral pintando un san Cristóbal de gran tamaño, y admiraba tanto la obra de Luis de Vargas, que un día le dijo a éste: "Piu vale la tua gamba, che tutto il mio San Cristoforo" (Vale más tu pierna que todo mi San Cristóbal). De esta anécdota proviene la denominación popular. Aunque, hablando de arte, hay que leer cómo cuenta esta leyenda nuestro amigo de http://elaguadordesevilla.blogspot.com/2007/11/la-tua-gamba.html
Alegoría sobre la Inmaculada Concepción. Luis de Vargas, 1.561.
La famosa "gamba" de Adán.
El gigantesco San Cristóbal de Mateo Pérez de Alesio.
En los laterales del retablo figuran pinturas de san Pedro y san Pablo, mientras que en el banco aparece una representación de La Iglesia Triunfante, flanqueada por el Retrato del chantre Medina y su escudo de armas.

Está cerrado por una reja renacentista diseñada por Hernán Ruiz II, comenzada a construir por Juan Méndez y concluida por Pedro Delgado en 1.562.

Entre el Altar de la Piedad y el de la Concepción, y justo delante de la Puerta del Príncipe, tenemos uno de los lugares más visitados de la Catedral:

Sepulcro de Cristóbal Colón.
Sepulcro de Cristóbal Colón. Al fondo, la Puerta del Príncipe. A los lados, los Altares de la Piedad y de la Concepción, y más a la izquierda, el San Cristóbal de Mateo Pérez de Alesio.

Es obra de Arturo Mélida y Alinari (1.849-1.902), artista madrileño de gran renombre que llegó a ser distinguido con la Medalla de Oro de la Academia Francesa y con la Gran Cruz de la Legión de Honor por sus trabajos en la Exposición Universal de París de 1.889. Es también el autor del Monumento a Colón, en Madrid, y de numerosas pinturas. 
Sepulcro de Cristóbal Colón.

Forman el monumento funerario cuatro reyes de armas vestidos de gala que portan a hombros el féretro de Colón. Representan a los cuatro reinos históricos de España: Castilla, León, Aragón y Navarra sobre una base de estilo azteca con numerosas inscripciones. Quería simbolizar la unión de España con las tierras de América.

Las discrepancias comienzan cuando se considera si los restos que guarda el sepulcro son los del  Almirante o no. Se disputan tal honor la República Dominicana y Sevilla.  Lo que se sabe de cierto es que Cristóbal Colón murió y fue enterrado en Valladolid en 1.506 y, en 1.509, se le dio nueva sepultura en la Cartuja de Sevilla.

Dejó escrito en su testamento la voluntad de ser enterrado en el Nuevo Mundo, deseo que no fue cumplido hasta 1.537, cuando María de Rojas y Toledo, viuda de Diego Colón, hijo, embarcó los huesos de su esposo y de su suegro rumbo a Santo Domingo. En 1.795,  España perdió en guerra contra Francia la isla de La Española, por lo que las autoridades españolas trasladaron los restos del navegante a Cuba. En 1.898 se repitió el proceso, esta vez a causa de los Estados Unidos. Nuevo viaje de los restos, que quedan finalmente depositados en la Catedral de Sevilla. 

No obstante, expertos dominicanos afirman que, en 1.877, al realizarse unas obras en la Catedral de Santo Domingo, se encontró un sarcófago de plomo con una inscripción que rezaba: “Varón ilustre y distinguido, don Cristóbal Colón”. Interpretaron que, en 1.795, los españoles se equivocaron la tumba y se llevaron los restos de Diego Colón.

Las nuevas posibilidades abiertas por los avances científicos en el estudio e identificación del ADN llevaron, en junio de 2.003, a nuevamente abrir el sepulcro sevillano. Los muy escasos restos, apenas 200 gramos de huesos, fueron confiados al Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, dirigido por el Dr. José Antonio Lorente. A su vez, éste distribuyó porciones de huesos entre los laboratorios forenses de las universidades de Santiago, Barcelona, Tor Vergatta de Roma y el Instituto Max Planck de Leipzig. Las conclusiones de los análisis del Dr. Lorente indican que los huesos tienen exactamente una antigüedad de 6.002 meses y, al comparar la secuencia de su ADN con la de los restos de Diego Colón, hermano menor del Almirante, la conclusión no ofrece la menor duda: son hijos de la misma madre y, por tanto, la sepultura de Sevilla es auténtica.

En enero de 2.005 se solicitó permiso a las autoridades dominicanas para examinar los huesos que ahora reposan en el colosal Faro a Colón, trasladados recientemente desde la Catedral, pero hasta la fecha sigue sin materializarse la autorización. 
Museo de las Américas y Tumba-Mausoleo del Almirante Cristóbal Colón,
comúnmente llamado Faro de Colón. República Dominicana.
Sin embargo, hay que considerar que en Sevilla tan solo se conserva entre un 15 y 20 % de la totalidad de la osamenta, por lo que no es descartable que en la República Dominicana también existan restos del descubridor de América.


Dejamos tranquilo al Almirante y contemplamos un último elemento de este espacio catedralicio: el reloj que existe sobre la Puerta del Príncipe. Fue realizado en 1.789 por fray José Cordero y albergado en una caja de sobrio diseño neoclásico.
Reloj sobre la Puerta del Príncipe. Fray José Cordero, 1.789.
Seguimos adelante en nuestro recorrido del lado sur. Ahora encontraremos la

Capilla de la Virgen de la Antigua.
Según la leyenda, antes de la conquista de Sevilla por los cristianos, un ángel condujo al Rey san Fernando al interior de la mezquita principal de la ciudad, donde, detrás de un muro que se hizo transparente, pudo ver la imagen de la Virgen de la Antigua que permanecía allí oculta desde hacia siglos. Pocos días después se rindieron las fuerzas musulmanas y san Fernando entró triunfante en la ciudad el 22 de diciembre de 1.248, siendo su primera orden rescatar la pintura de la Virgen de la Antigua de su cárcel de piedra.
Puerta lateral de la Capilla de la Antigua.
Puerta frontal de la Capilla de la Antigua.
Situada en el lugar en que estuvo el mihrab de la antigua mezquita (el mihrab es el lugar más sagrado de una mezquita, al que miran los fieles cuando rezan), la Capilla de la Virgen de la Antigua es la más amplia y suntuosa de todas las capillas laterales. Su techo, más alto que el de las otras capillas, está cubierto por una elaborada bóveda de nervaduras.
Retablo de la Virgen de la Antigua. Juan Fernández Iglesias.
Virgen de la Antigua. Siglo XIV.
Segundo cuerpo del retablo.
Tiene dos entradas; una lateral, desde el Altar de la Concepción, y otra frontal que da directamente a la nave central.

El espacio de la capilla tenia en su origen la misma altura que el resto de las demás del templo, pero en el año 1.500, cuando el cardenal Diego Hurtado de Mendoza decidió situar en ella su enterramiento, ordenó elevarla y duplicar su anchura; la bóveda actual es una reconstrucción de la primitiva, realizada por Diego Antonio Díaz en 1.734.

La capilla actual está presidida por un retablo en cuyo centro hay una imagen pintada al fresco de la Virgen de la Antigua, realizada según los historiadores en el siglo XIV, sobre un muro de la antigua mezquita que ocupaba el espacio de la actual Catedral (según este dato, la leyenda de la visión de san Fernando no puede ser cierta). La Virgen sostiene a su Hijo con la mano izquierda y con la derecha una rosa, mientras que el Niño sujeta un pájaro. Sobre su cabeza dos ángeles mantienen en el aire una corona que fue realizada en 1.929 con motivo de la coronación canónica de la imagen y más arriba otro ángel muestra la inscripción Ecce Maria venit. A los pies de la Virgen y a escala muy reducida aparece la figura arrodillada de una donante que se identifica con doña Leonor de Alburquerque, esposa de don Fernando de Antequera quien, según la tradición aparecía en el lado opuesto, aunque actualmente no queda rastro de su imagen.

El retablo, diseñado por Juan Fernández de Iglesias está realizado en mármol de colores y las diferentes esculturas que posee están talladas por Pedro Duque Cornejo.

En el muro izquierdo se ubica el bello sepulcro del cardenal Diego Hurtado de Mendoza, tallado en Italia por Domenico Fancelli en 1.510. Nacido en Guadalajara sobre 1.443, el cardenal fue hijo segundón de familia noble y, por lo tanto, destinado a servir a la Iglesia, según costumbre de la época. Su tío era nada menos que don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo y Sevilla, llamado popularmente El Gran Cardenal o El Tercer Rey, por la influencia de que gozaba en la corte de los Reyes Católicos. A este familiar uniría su carrera eclesiástica durante toda la vida. Fue deán de Sigüenza, obispo de Palencia y, en 1.487, obtuvo el arzobispado de Sevilla. Sin embargo, no pudo hacer realidad su principal deseo: el arzobispado de Toledo, que quedó vacante a la muerte de su tío. En vez de Mendoza fue nombrado un fraile confesor de la reina, llamado Jiménez de Cisneros. En el año 1.500 fue designado cardenal de Santa Sabina y patriarca de Alejandría, falleciendo en 1.502 de enfermedad pulmonar. En realidad, el cardenal Mendoza fue más ayudante de su tío y diplomático de la corte que pastor de almas.
Sepulcro del cardenal Diego Hurtado de Mendoza.
En la peana del altar reposan los restos de otro arzobispo, Gaspar de Zúñiga y Avellaneda. Era nieto de Gutierre de Cárdenas, financiero de los Reyes Católicos, y de Teresa Enríquez, La Loca del Sacramento, de la que hablaremos más adelante cuando abordemos la iglesia del Sagrario. Obispo de Segovia primero, y de Santiago de Compostela después, solicitó la sede de Sevilla cuando la peste asoló las tierras compostelanas, solicitud que fue aprobada en un tiempo asombrosamente corto. No cayó bien este asunto entre el clero y los ciudadanos gallegos, que consideraban que Compostela tenía más categoría que Sevilla y que, por tanto, el obispo había huido por miedo a la peste. Esta enemistad fue el comienzo de la llamada Maldición Gallega, a saber: todo obispo que pase de la sede de Santiago a la de Sevilla morirá prontamente. De hecho, Zúñiga no llega a pisar Sevilla vivo, ya que, tras cumplir un encargo del rey, fallece en Jaén cuando se dirigía a tomar posesión de su cargo sevillano.

Esta "maldición" también se cumplió en el siguiente arzobispo que tuvo la ciudad, Luis Fernández de Córdoba, igualmente procedente de Santiago. Apenas duró un año escaso.
Sepulcro del arzobispo Luis de Salcedo y Azcona.
Evitó el mal fario el ocupante del otro sepulcro (obra esculpida por Duque Cornejo) de esta capilla, el arzobispo Luis de Salcedo y Azcona. Dirigió la archidiócesis durante casi veinte años, impulsando gran cantidad de construcciones religiosas: ampliación de la Capilla de la Antigua, dos altares nuevos en la iglesia del Sagrario, un nuevo órgano para la Catedral, el altar de san Francisco de Borja de la iglesia de San Luis, la iglesia del convento de santa María de los Reyes, el altar mayor del convento de las capuchinas, destruido por un incendio años antes, el Palacio de Umbrete, construido sobre las antiguas casas de los prelados, y la iglesia de la Consolación; y si no edificó el seminario fue porque lo alcanzó la muerte, pues tenía los terrenos en Triana e incluso había nombrado ya rector y vicerrector. Sin olvidar que cada año repartía la nada despreciable cantidad de 50.000 ducados entre los menos favorecidos. Ni que decir tiene que fue en su tiempo un prelado enormemente popular.
Lámpara de plata del siglo XVIII.
En los laterales de la capilla aparecen una serie de pinturas que narran la historia de la Virgen de la Antigua, junto con varios pasajes y figuras de Santos; estas pinturas fueron realizadas por Domingo Martínez con la colaboración de Andrés Rubira de 1.734 a 1.738, aunque muchas de ellas son actualmente copias de escasa calidad, ya que las originales se perdieron durante un incendio en 1.889.

La Virgen de la Antigua despertó gran devoción en Cristóbal Colón y otros muchos descubridores y navegantes. Caso especial fue el de la expedición de Magallanes y Elcano: los dieciocho supervivientes de los casi 250 iniciales de la circunnavegación se postraron a sus pies apenas llegar a Sevilla tras su titánico viaje. Con tal motivo, en septiembre de 2.011,  se colocó una inscripción sobre bronce en la puerta de la capilla que recuerda el 489 aniversario de la gesta.


Las reproducciones de la pintura original de la Virgen de la Antigua fueron llevadas desde España al continente americano: Santo Domingo, Panamá, Ciudad de México, Bogotá, Tunja, Chiriví (Nuevo Colón), Lima, Cuzco, etc. La Virgen de la Antigua ocupa un lugar importante en la Catedral de México (desde 1.652), así como en la Catedral de Lima. En memoria de su vinculación con el Nuevo Mundo, las banderas de los países iberoamericanos lucen en la capilla, sobre la reja.
Banderas iberoamericanas, demostración de la gran devoción que los navegantes del Nuevo Mundo tenían a la Virgen de la Antigua.
Como curiosidad, podemos comentar que el suelo de esta capilla está literalmente cubierto de lápidas de mármol blanco, debido a la enorme devoción que despierta esta Virgen, tanto en la ciudad como en los propios canónigos.
La monumental reja que cierra esta capilla es obra de varios autores a lo largo de más de treinta años. Se comenzó en 1.565, siguiendo un diseño realizado por Hernán Ruiz II, por el rejero Juan López y la concluyó Rodrigo de Segovia en 1.601. La vidriera que ilumina el interior de la capilla  es obra de la casa Zettler de finales del siglo XIX, con diseño del José Gestoso, y en ella se representa a San Fernando.
San Fernando. Casa Zettler, siglo XIX, según diseño de José Gestoso.
Capilla de San Hermenegildo.
Fue el lugar elegido por el cardenal Juan de Cervantes para descansar eternamente. El cardenal Cervantes nació en Lora del Río (Sevilla) en el año 1.382 y fue obispo de la ciudad durante cinco años, desde 1.449 hasta 1.453. Desarrolló una intensa actividad política y diplomática en Roma, interviniendo en varios concilios, siempre a favor del papa Eugenio IV. En esa época tuvo un secretario, Eneas Silvio Piccolimini, que más tarde se convertiría en el papa Pío II, el cual, en sus memorias, califica a Cervantes como "un español austero y santo".
Vista de la capilla.
Sepulcro del cardenal Cervantes. Lorenzo Mercadante de Bretaña, entre  1.454 y 1.458.
Cuando regresa a España desempeña el cargo de obispo de Ávila, Segovia y, finalmente, Sevilla. Sin embargo, el rey Juan II ya tenía su propio candidato, Rodrigo de Luna, sobrino de don Álvaro de Luna, y se molestó enormemente por no haber sido solicitado su permiso, como era preceptivo, para el nombramiento de Cervantes. El Cabildo sevillano da marcha atrás y nombra a Luna, pero el entonces papa, Nicolás V, no confirma el nombramiento. La disputa se resolvió con el nombramiento de Rodrigo de Luna como obispo de Santiago y el de Cervantes como obispo de Sevilla.

Ya en la ciudad, impulsó diversas obras en la Catedral, incluida la construcción de la Capilla de san Hermenegildo, donde reposan sus restos en el monumento funerario más artístico de toda la Archidiócesis. También se distinguió por sus obras de caridad entre los pobres.
Sepulcro del Cardenal Cervantes. Detalle.
El escultor flamenco Lorenzo Mercadante de Bretaña fue elegido para realizar, a requerimiento del Cabildo, el sepulcro del cardenal Cervantes. Tallado en alabastro entre 1.454 y 1.458, contrastó con acusado realismo los rasgos del prelado con la riqueza plástica de sus vestiduras litúrgicas, y en el túmulo confirió un tratamiento flamenco no sólo a las imágenes sino incluso a los ciervos de los escudos; es la única obra que firmó (Lorenzo Mercadante de Bretaña entallo este bulto) y por su calidad destaca entre la escultura funeraria contemporánea.

La capilla esta presidida por un retablo de mediados del siglo XVIII, realizado por el ensamblador Manuel García de Santiago, figurando en su hornacina principal una escultura de san Hermenegildo, obra de Bartolomé García de Santiago, padre del anterior. 

Retablo de san Hermenegildo.
San Hermenegildo. Manuel García de Santiago, 1.752. 
En los laterales de la mesa del altar se encuentran dos esculturas de Santiago el Mayor y Santiago el Menor, ajenas ambas al retablo, puesto que la primera es obra de mediados del siglo XVI y la segunda se atribuye a Pedro Milán, fechándose en torno a 1.500, siendo probable que la piedra proceda del cimborrio de la Catedral derrumbado en 1.511.
Santiago, el Menor. Pedro Millán, sobre 1.500.
La mayor parte de las pinturas de esta capilla presenta escaso interés. Son una Inmaculada anónima del primer tercio del siglo XVII, Santa Engracia y Santa Rufina, obras de un anónimo seguidor de Zurbarán, un Crucificado vestido con ropajes sacerdotales, en un pequeño retablo anónimo del siglo XVIII, y una copia de ese mismo siglo de La Virgen de la Antigua. Mas notables son los dos lienzos que pertenecen al pintor flamenco del siglo XVII Frans Franken II, que representan Las Bodas de Caná y Salomé con la cabeza del Bautista.
En el muro derecho, rodeado por las pinturas, se encuentra el sepulcro del almirante de la flota castellana en el siglo XIII Juan Mathé de Luna, remodelada y colocada en esta capilla en 1.848.
Sepulcro del almirante Juan Mathé de Luna. 
Retablo de Crucificado.
Atributos de san Hermenegildo. Francisco Gutiérrez, 1.819.
Capilla de san José.
El altar neoclásico que preside esta capilla fue diseñado por el arquitecto Juan Pedro Arnal y construido entre 1.785 y 1.800, la escultura principal que representa a san José es obra de José Esteve y las restantes fueron realizadas por Alfonso Giraldo Bergaz. 
San José. José Esteve, siglo XVIII.
En el muro de la derecha se encuentra el sepulcro del cardenal Manuel Joaquín Tarancón y Morón. Nacido en Covarrubias, Soria, en 1.782, comenzó una brillante carrera en el clero, llegando a ser Rector de la Universidad de Valladolid, desviándose más tarde a la política activa, siendo elegido durante varias legislaturas diputado por Soria y, más tarde, senador por Valladolid. Hombre muy instruido, tanto en ciencias como en letras, fue nombrado preceptor de la reina Isabel II y de su hermana Luisa Fernanda, llegando a ser nombrado senador vitalicio y concediéndosele la Gran Cruz de Carlos III. En 1.847 es nombrado obispo de Córdoba y, diez años más tarde, arzobispo de Sevilla, ya con 75 años de edad, viejo y cansado, por lo que necesitó de la ayuda de un obispo auxiliar para ejercer su pálido mandato, hasta 1.862, año en que murió.
Sepulcro del cardenal Tarancón.
También vemos el más moderno y estilizado sepulcro de José María Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla en 1.957, elevado a cardenal al año siguiente con 57 años de edad, jubilado en 1.982 y fallecido en 1.987. Fue el sucesor de nada menos que el cardenal Segura, viejo león de la archidiócesis sevillana que se atrevió a negarle el palio al mismísimo Franco. Hubo roces entre ellos, ya que Roma mantuvo de arzobispo a Segura, pero nombró coadjutor con plenos poderes y derecho sucesorio a Bueno Monreal; es decir, uno tenía el cargo y el otro el poder. 

Fue limando asperezas Bueno Monreal y se dedicó a una labor pastoral intensa. Con una Sevilla creciendo industrialmente, fomentó la creación de parroquias en los nuevos barrios, comenzando por Los Remedios; hasta sesenta nuevas parroquias se crearon durante su pontificado. Vivió de lleno el Concilio Vaticano II, que tantos cambios supuso en la institución de la Iglesia ... y en sí mismo. De este Concilio salió el Bueno Monreal afable, liberal, pragmático, prudente, socarrón y fiel a sus sacerdotes que marcó el resto de su mandato.


Tuvo que lidiar con el espinoso asunto del Palmar de Troya, que manejó con mano izquierda, pero con firmeza. También reestructuró de forma importante la diócesis de Sevilla, que redujo a los límites geográficos provinciales. Participó en los cónclaves que eligieron a los papas Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Precisamente después de una cena de los obispos andaluces con Juan Pablo II, en enero de 1.982, el cardenal Bueno Monreal sufrió una trombosis que le dejó muy mermado físicamente para el resto de sus días. Aguantó en el cargo hasta los 75 años en que presentó su carta de renuncia. Falleció en Pamplona en 1.987 durante unas vacaciones y fue inhumado en esta capilla de su querida Catedral. 
Sepulcro del cardenal Bueno Monreal.
Entre los cuadros que adornan los muros se puede destacar La Cena del rey Baltasar, obra del pintor flamenco Frans Francken, el Joven. Atribuibles a Esteban Márquez son dos apóstoles de medio cuerpo, fechables hacia 1.700. 

Las pinturas de esta capilla representan a Santa Justa y Santa Rufina, obras de un imitador de Zurbarán de hacia 1.650, Cristo y la adúltera, obra italiana del siglo XVII y El Sacrificio de Isaac de Llanos Valdés, hacia 1.660.

También se expone en esta capilla, junto al sepulcro del Cardenal Tarancón, una talla de un Cristo atado a la columna que, según apunta mi amigo Rafael Ríos, está atribuida a Ruiz Gijón. Al parecer, formaba parte del antiguo altar o monumento eucarístico que se alzaba en la catedral para la celebración del Triduo Sacro. De grandes dimensiones, la estructura de esta estructura efímera casi llegaba a tocar las bóvedas catedralicias. En el primer cuerpo se exponía la Custodia de Arfe y, en el segundo, la imagen de la que hablamos, rematándose el conjunto con el Calvario situado sobre la Puerta de la Asunción.
Cristo atado a la columna. Atribuida a Ruiz Gijón.
Una vidriera moderna ilumina esta capilla de san José.
Tras la Capilla de san José hemos llegado al lugar de partida, con lo cual podemos dar por concluida la visita a las dependencias del perímetro de las naves de nuestra catedral. Ahora nos quedan las edificaciones centrales.