Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

jueves, 22 de diciembre de 2011

Real Monasterio de santa Inés. El cuerpo incorrupto de doña María Coronel.

El Real Monasterio de santa Inés fue fundado en el último cuarto del siglo XIV por doña María Coronel tras los hechos narrados en la entrada 
sobre unas casas propiedad de su padre, el señor de Aguilar, que fueron remodeladas, completadas y embellecidas con un estilo muy frecuente en los edificios nobles de la época, conjugando elementos mudéjares con la nueva estética renacentista, sobre todo en lugares como los claustros de la Camarilla y del Herbolario, la Sala De Profundis y el Refectorio. La técnica artística que destaca sobre todas en este convento es, sin duda, la pintura mural; de hecho aquí se conserva el mejor conjunto de pinturas murales de todo el renacimiento sevillano. 
Portada del Real Monasterio de santa Inés, en la calle Doña María Coronel, 5.
Imagen de la santa sobre el arco de entrada.
De entre todas ellas destaca “La Última Cena”, tema muy común en los espacios conventuales. La que nos ocupa se encuentra en el muro oriental del Refectorio, sobre el zócalo de azulejos que recubre las paredes. Es de autor desconocido, aunque perteneciente al círculo de Alejo Fernández. Ha sido restaurada recientemente. 
Refectorio del convento.
La Última Cena. Círculo de Alejo Fernández, siglo XVI.
Es una lástima que, al tratarse de un convento de clausura, no se puedan contemplar estas obras de arte. Pero no nos quejemos y visitemos lo que se puede. Entrando por la portada que da a la calle Doña María Coronel, accedemos al compás de entrada, un pequeño patio al que se abre entrada a la iglesia y donde se encuentra el torno a través del que se pueden adquirir los famosos bollitos de santa Inés, elaborados según receta original de la fundadora del convento (o al menos eso se dice popularmente). En uno de los laterales se puede ver un azulejo colocado en 1.970 en el que se recuerda y homenajea a Gustavo Adolfo Bécquer y su “Leyenda de Maese Pérez, el organista”. 
Azulejo en recuerdo de Gustavo Adolfo Bécquer.
A través de un compás de entrada se accede al interior del templo, construido a mediados del siglo XIV. De estilo gótico-mudéjar, presenta una portada de estilo barroco y planta formada por tres naves, con bóvedas de nervadura que reposan sobre pilares, decoración de yeserías en los inicios de los arcos y nervios en las bóvedas. Un zócalo de azulejos rodea el perímetro de la iglesia y la parte inferior de los pilares. 
Entrada al patio interior.
Imágenes del patio interior.
Portada barroca de la iglesia del convento.
Tímpano de la portada.
Hemos entrado por la nave de la Epístola, por lo que a nuestra izquierda encontramos el Coro; es de planta rectangular cubierto por bóveda con nervaduras y se comunica con el claustro principal del convento. Tras la tupida reja del sotocoro, se encierra en una urna de cristal el cuerpo incorrupto de doña María Coronel que puede visitarse cada 2 de diciembre y el órgano barroco de 1.700 que describió el poeta Gustavo Adolfo Bécquer en "Maese Pérez el organista". 
Reja gótica que separa el sotocoro de la nave principal. El retrato sobre la reja representa a doña María Coronel, obra de Joaquín Domínguez Bécquer, 1.846.
Cuerpo incorrupto de doña María Coronel.
Detalle.
Facistol y sillares del coro en el oscuro sotocoro.
Órgano de la leyenda de Maese Pérez.
Otra vista (difícil) del órgano.
Comenzamos nuestro recorrido por los pies de la nave de la Epístola, en dirección a la cabecera de la nave.
Vista de la Epístola desde los pies de la nave.
Retablo de san Antonio de Padua.
San Antonio de Padua.
Retablo de san Blas. La imagen es de Juan de Mesa, 1.617.
Retablo de la Virgen del Rosario. Imagen del siglo XVIII rodeada por obras anónimas de estilo flamenco: San Sebastián, la Degollación del Bautista, San Pedro y la Misa de San Gregorio. 
Virgen de Guadalupe.
Bóveda de la cabecera de la nave de la Epístola.
Junto al retablo de la Virgen del Rosario encontramos una interesante curiosidad. Se trata de una hornacina revestida del mismo azulejo que el zócalo, que contiene un arca, la cual está a su vez protegida por una reja. Debajo, un antiguo letrero nos indica que dentro reposa la cabeza de una de las once mil vírgenes que fueron martirizadas en Colonia.
Arca con la reliquia de las 11.000 vírgenes.
Curiosa la historia de estas "once mil" vírgenes, que paso a relatar:
Ante el intento de su padre, rey de Britania, de casarla con un pagano, Úrsula y diez jóvenes acompañantes peregrinaron a Roma, donde el Papa Ciriaco las bendijo y consagró sus votos de virginidad perpetua para dedicarse a predicar el Evangelio de Cristo. 

Sin embargo, en el viaje de vuelta a Britania, a la altura de Colonia, las jóvenes fueron capturadas por Atila. Al negarse a mantener relaciones íntimas con sus captores, las once jóvenes sufrieron martirio hasta fallecer. 


La confusión en el número de vírgenes (de once a once mil) se produce con la aparición, en el año 922, de un manuscrito en el que se hace referencia a la historia de santa Úrsula y sus compañeras. En el citado documento se decía: "DEI ET SANCTAS MARIAE AC IPSARUM XI M VIRGINUM", donde "XI M VIRGINUM" debía leerse como "UNDECIM MARTYRES VIRGINUM" (once mártires vírgenes), y en su lugar leyeron "UNDECIM MILLIA VIRGINUM" (once mil vírgenes). 

Este error no fue apreciado hasta siglos después, cuando ya el culto a las once mil vírgenes estaba extendido por toda Europa. A España llegó de la mano de Beatriz de Suabia, esposa de Fernando III. 

Además se produjo la casualidad de que donde la tradición situaba el martirio de las vírgenes se encontró un cementerio antiguo, con lo que el tráfico de reliquias, tan extendido en la Edad Media, se incrementó considerablemente. En el convento de santa Inés se conserva la cabeza de una de las vírgenes dentro de una caja de ébano y plata protegida por una reja gótica. En la iglesia de santa Ana, en Triana, se guarda el cráneo de la mismísima santa Úrsula. 

Hay una tradición más respecto al arca de santa Inés. Se cuenta que quien reza once mil padrenuestros ante ella, recibe de las once mil vírgenes la fecha de su muerte.


Terminada de recorrer la nave de la Epístola, tomamos a la izquierda y nos situamos ante el Retablo Mayor. Vemos que en los pilares del antepresbiterio hay dos pequeños altares, uno a cada lado, con las imágenes de Santa Clara y la Inmaculada, obras ambas de Juan de Remesal.
Santa Clara. Juan de Remesal, siglo XVII.
Inmaculada. Juan de Remesal, siglo XVII.
El Retablo Mayor, que sustituyó al primitivo del siglo anterior, fue realizado entre 1.719 y 1.748 por Fernando y Francisco José de Medinilla. Está presidido por talla de santa Inés, obra de Ocampo y figuras de Juan de Remesal: san Juan Evangelista, san Juan Bautista y en el ático san Pascual Bailón y san Antonio. Todas las figuras pertenecían al antiguo retablo.
Vista del Retablo Mayor desde los pies de la nave central.
Un poco más cerca.
Delante del Retablo Mayor.
Primer cuerpo del Retablo Mayor.
Santa Inés, figura principal del retablo. Obra de Ocampo (ignoro si de Andrés o de Francisco).
San Juan Bautista.
San Juan Evangelista.
Parte superior del Retablo Mayor.
San Antonio de Padua.
Crucificado.
San Pascual Bailón.
Bóveda típicamente gótica del Presbiterio.
Ángeles lampadarios.
Comenzamos ahora el recorrido de la nave del Evangelio, desde la cabecera hacia los pies. En general, los altares y retablos situados a este lado, todos de los siglos XVIII y XIX, son de menor valor artístico que los de la Epístola.

A los pies encontramos un retablo dedicado a san Francisco de Asís, con el busto de un Cristo en el banco del altar:
Retablo de san Francisco.
San Francisco de Asís.
Ya en el muro del Evangelio, el primer retablo está dedicado a san José con el Niño:
Retablo de san José.
Y el siguiente y último a san Expedito
Retablo de san Expedito, patrón de las causas justas y urgentes.
Con este retablo, terminamos la visita a la iglesia. Un último vistazo a nuestro alrededor y nos vamos para casa.
Bóveda de la nave central.
Sobre la reja vemos el retrato de doña María Coronel y el escudo de la Orden de las Franciscanas Clarisas.