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Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

viernes, 15 de febrero de 2013

Capilla de la Universidad, -II y final.


Vista la nave de la Epístola, pasamos al crucero. La bóveda que lo cubre es baída, con linterna, en tanto que las laterales son también de pañuelo, pero rebajadas.
Bóveda del crucero.
Bóveda de las naves laterales.
Hemos llegado ante la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Obra de Juan de Mesa de 1.620, fue encargada por una hermandad de sacerdotes constituida en la casa profesa de los jesuitas, aunque entonces aún no recibía tal advocación, como se puede leer en el contrato con el imaginero, que lo obligaba a “dar hechas y acabadas dos imágenes de escultura, la una con Cristo Crucificado y la otra una Magdalena abrazada al pie de la Cruz, de madera de cedro, ambas a dos, de la estatura ordinaria humana…”. No se conoce el paradero actual de la Magdalena, si es que aún existe. 
Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Juan de Mesa, 1.620.
El primer documento que denomina a esta talla como “de la Buena Muerte” data de 1.725, con motivo de la creación de una congregación con ese mismo nombre, que se situaba en el mismo lugar que la primitiva.

Aunque en principio la imagen no estaba pensada para ello (su destino era el oratorio privado de los jesuitas), en 1.926, dos años después de la constitución de la Hermandad de los Estudiantes, el Cristo de la Buena Muerte realiza su primera estación de penitencia.
Detalle.
Como otras obras de su autor, este Crucificado estuvo durante muchos años (siglos) atribuido a su maestro, Martínez Montañés. Sin embargo, en 1.983, la imagen sufrió un accidente mientras era trasladada para celebrar su Quinario anual desde la capilla de la Universidad hasta la iglesia de la Anunciación, desprendiéndosele la cabeza. Se encargó la restauración al profesor Arquillo quien, durante la misma, encontró en el interior un documento que rezaba: “Ego feci Joannes de Mesa, anno de 1620″, lo que dejó zanjado la autoría del Cristo. Qué pena que la enfermedad nos arrebatara tan tempranamente (44 años) a este genio y lo poco valorado que fue tanto en su propia época como con posterioridad.

Como es habitual en los Crucificados del maestro cordobés, el Cristo de la Buena Muerte es de mayor tamaño que el natural, clavado a una cruz arbórea con tres clavos, con gran detalle de los rasgos anatómicos. Asimismo, el paño de pureza es muy especial, anudándose en el lado derecho con una cuerda, dejando visible la bella silueta de la imagen.

Según expresa la página web de la Hermandad de los Estudiantes: “Los expertos coinciden en señalar a esta Imagen como una de las más clásicas de Juan de Mesa; más cercana a las de su maestro Juan Martínez Montañés, respetando los cánones clásicos de la imaginería, siendo considerada como una de las más perfectas tallas de la imaginería barroca mundial”.
Uno de los ángeles lampadarios que custodian al Cristo.
Regresamos a la entrada y tomamos la puerta que nos comunicará con la nave del Evangelio. La zona de los pies está ocupada por un cuadro de buen tamaño representando una escena de La Adoración de los pastores, del que no tengo información, lo mismo que sucede con las dos tallas que acompañan al mismo, san Antonio de Padua y ¿Santiago, el Mayor?
Pies de la nave del Evangelio.
La Adoración de los pastores.
San Antonio de Padua.
¿Santiago, el Mayor?
En mitad del muro de la nave se nos presenta un retablo-marco de la Virgen con el Niño, de estilo rotundamente barroco (anónimo, primera mitad del XVIII), formado por un pequeño lienzo central, rodeado de abundante decoración vegetal, estípites, putti y roleos. El medallón situado sobre la Virgen tiene labrada una Santísima Trinidad, estando el conjunto rematado por una figura de la Inmaculada, mutilada, a la que le faltan las manos.
Muro de la nave del Evangelio.
Retablo-marco de la Virgen con el Niño.
Estamos en la cabecera del Evangelio, ante el retablo de la Virgen de los Remedios, antigua titular de la capilla de la Real Fábrica de Tabacos, que la presidía desde el retablo principal. El retablo fue contratado en 1.762 con el ensamblador Julián Jiménez, estando compuesto por banco, un cuerpo de tres calles (la central más ancha y ocupada en su totalidad por una hornacina) y un amago de ático. Su estilo es rococó, con abundantes adornos de rocalla, teniendo la particularidad del color, ya que está policromado en un tono blanco roto (incluso las imágenes secundarias) con adornos dorados.
Retablo de la Virgen de los Remedios. Julián Jiménez, 1.762.
El conjunto está presidido por la Virgen de los Remedios, realizada en madera de cedro policromada, de nada menos que 1,93 metros de alto, que se alza sobre una nube con tres querubines. Cumple con la iconografía habitual, sosteniendo al Niño con la mano izquierda (la más cercana al corazón), en tanto que extiende la derecha, en la que porta un cetro, como dispensadora de gracias y virtudes. El Niño está totalmente desnudo, como símbolo de pureza e inocencia.
Virgen de los Remedios. Benito de Hita y Castillo, 1.762.
A los lados de la Virgen se colocan dos efigies de menor tamaño que el natural, que nos muestran a San José con el Niño y San Carlos Borromeo. Arriba, coronando las columnas laterales, aparecen dos ángeles sedentes. Todas las imágenes de este retablo son del imaginero sevillano de la segunda mitad del XVIII Benito de Hita y Castillo, ejecutadas también en 1.762. Según la documentación, debería aparecer también una figura de san Fernando, pero ni veo al santo, ni aprecio ningún espacio vacío en el que pudiera ir situado.
San José con el Niño. Benito de Hita y Castillo, 1.762.
San Carlos Borromeo. Benito de Hita y Castillo, 1.762.
Aclarado el misterio de la desaparición de san Fernando. Como se puede leer en los comentarios, un/a amable lector/a me indica que al pasar el retablo de la nave principal a la del Evangelio, bastante más baja,  no cabía el ático del retablo, así que fue éste eliminado junto con la figura del rey santo. En esta fotografía podemos ver el retablo cuando presidía el templo:

Dedicamos una última mirada al Santísimo Cristo de la Buena Muerte desde este punto y damos por terminada la visita.
Cristo de la Buena Muerte, visto desde la cabecera del Evangelio.
Cristo de la Buena Muerte, visto desde la cabecera del Evangelio.
El coro, visto desde el presbiterio.
Cajón de entrada al templo.
¿Qué decir de esta capilla? Pues que es pequeña, muy cuidada y con un amplio horario de visita. ¿A mejorar? Pues lo de siempre: la falta de información in situ. Afortunadamente, la página de la hermandad es muy completa, pero se agradecería que figuras, cuadros y retablos estuviesen rotulados.


Hay un pequeño escalón de unos cinco centímetros en la entrada.