Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 5 de enero de 2013

Iglesia de san Vicente, mártir, -I. La leyenda del rey Gunderico.


Delimitada por la plaza de Doña Teresa Enríquez (“La Loca del Sacramento”, que ya hemos nombrado en otras ocasiones) y las calles Miguel Cid, Cardenal Cisneros y San Vicente, la iglesia de san Vicente tiene, como sucede con tantos templos sevillanos, orígenes remotos y confusos. Según algunos autores, en sus terrenos se alzaba una basílica visigoda fundada por el arzobispo Evidio a comienzos del siglo IV d. C.
Iglesia de san Vicente, mártir.
Apoya esta creencia la leyenda del rey Gunderico. Jefe de los vándalos asdingos, Gunderico fue vencido por los suevos (aliados con el ejército romano) en la batalla de los montes Nervasos, actual zona del Bierzo. La derrota obliga a Gunderico a dirigirse a la provincia Bética, estableciendo su capital en Hispalis, desde donde dominaban tierra y mar. Como era habitual en el pueblo vándalo, las tropas procedieron al  saqueo de la ciudad. Sin embargo, y aquí entramos en terreno de leyenda, cuando llegó a la basílica visigoda de san Vicente, donde se habían refugiado los ciudadanos hispanorromanos, intentó entrar a caballo para apropiarse de los tesoros religiosos. Sin embargo, su caballo se negaba a avanzar, siendo el vándalo advertido que si lo hacía sería castigado por Dios. Consiguió obligar a su caballo, pero en el momento en que traspasó la puerta del templo, un demonio se apoderó de  él y le dio muerte entre horrorosos tormentos. Otra versión sostiene que fue un rayo el que le alcanzó, dejándolo completamente carbonizado.

Este suceso es recogido por una lápida colocada en el muro exterior de la iglesia, en la cual se afirma, igualmente, que en este templo tuvo lugar “el feliz tránsito del egregio doctor y arzobispo de Sevilla san Isidoro”.
Lápida que recuerda el Tránsito de san Isidoro y la leyenda del rey Gunderico.
San Vicente (finales del siglo III-304 d.C.) era el diácono de san Valero, obispo de Zaragoza, el cual sufría de un defecto en el habla, por lo que el diácono era el encargado de realizar las prédicas. Decretada la persecución cristiana el año 303 por el gobernador Daciano, ambos fueron detenidos y trasladados a Valencia. San Valero fue desterrado, en tanto que el diácono sufrió un tormento particularmente brutal. Fue sometido a la catasta, una cruz en forma de aspa a la que se ataba el preso para ir separando a continuación los brazos de la cruz y descoyuntar las articulaciones. Se le azotó y después se le desgarró el cuerpo con garfios de acero. Más tarde fue desollado y colocado sobre una parilla al rojo. Aún vivía cuando se le abandonó en una mazmorra, en la que se transfiguró. Los carceleros, al ver el prodigio, se convirtieron a la fe cristiana, pero el mártir falleció poco después. Su cuerpo fue tirado a un basurero, apareciendo un águila (otros dicen que un cuervo) que defendió sus despojos de los carroñeros. Viendo que no se deshacían del cadáver, lo amarraron a una rueda de molino, siendo arrojado al río Turia,,, que devolvió sus restos a la orilla. Finalmente, recibió sepultura a las afueras de Valencia, siendo trasladado más tarde a Lisboa, en cuya catedral reposan sus restos. Como vemos, el pobre de san Vicente se ganó a pulso los galones de santo.
San Vicente. Óleo sobre madera de estilo bizantino.
Bernardo de Aras, siglo XV. Museo de Huesca.
La parroquia de san Vicente fue instituida por Fernando III tras la conquista de la ciudad, aprovechando para ello el edificio de una mezquita, tras la necesaria consagración al culto cristiano. La iglesia actual se construyó en la primera mitad del siglo XIV, aunque ha sufrido diversas reformas y restauraciones a lo largo de los siglos; así, tras el terremoto de Lisboa, en 1.755, se reparó la torre, se cegó la puerta principal y se construyó la Capilla Sacramental. También sufrió añadidos en 1.844-45, años en los que realizaron dos capillas neogóticas en los pies de las naves laterales, que fueron suprimidas en la restauración de 1.990.
La iglesia, vista desde la estrecha calle san Vicente.
Del templo primitivo se conservan las pilastras cuadradas que soportan los arcos apuntados que separan las tres naves de la iglesia, así como la capilla de la Hermandad de las Siete Palabras y las cubiertas mudéjares del templo.

La portada principal de la iglesia, situada en la calle san Vicente, fue recuperada en la última restauración antes mencionada. Es de claro estilo gótico, con arquivoltas apuntadas, realizada en piedra noble, sin más adornos ni figuras. El resto de la fachada presenta un revoque de color amarillo albero, con tres óculos en la parte superior.
Fachada principal (calle San Vicente).
Portada principal.
Junto a la portada principal se sitúa la torre, con dos cuerpos, el primero dotado de ventanas y el segundo de arcos de medio punto, en los que se alojan las campanas. Está rematada por un chapitel ochavado, adornado con azulejos azules y blancos, rematado con una veleta en la que aparece el cuervo asociado al santo. 
Torre de la iglesia de san Vicente.
En la calle Cardenal Cisneros se sitúa la portada de la Epístola, usada habitualmente como acceso a la iglesia. Es de estilo renacentista, fechada en 1.559. Un amplio arco de medio punto está enmarcado por dos pilastras jónicas acanaladas que sostienen un dintel con la leyenda tallada “DOMUS DEI ET PORTA CELI” (Casa de Dios y Puerta del Cielo). Sobre él, un frontón cerrado con un relieve del Padre Eterno en su interior, coronando el conjunto tres jarrones tallados en la piedra.
Fachada del templo a la calle Cardenal Cisneros.
Portada de la Epístola.
Tímpano de la portada. 
A la izquierda de esta portada, mirando de frente, vemos un retablo cerámico que representa a Nuestro Padre Jesús de las Penas, realizado por Manuel García Montalbán en 1.927. Al otro lado, una lápida de mármol en la que se narra el Tránsito de san Isidoro y la muerte del rey Gunderico en su intento de asaltar la iglesia. También a este lado se instaló en 2.007 un retablo cerámico, pintado por Isabel Ledo, que nos muestra los titulares de la Hermandad de las Siete Palabras.
Retablo cerámico de Nuestro Padre Jesús de las Penas.
Retablo cerámico de los titulares de la Hermandad de las Siete Palabras.
La portada que nos queda, la del Evangelio, es bastante más pequeña y sencilla, construida en ladrillo rojo. Su arco de medio punto se abre a la plaza de Doña Teresa Enríquez, antigua del Cincinato. En el centro de la plaza se yergue una cruz de alabastro, datada en 1.582 según leemos en su base, que durante los años del “boom” automovilístico tuvo que ser retirado de su lugar por miedo a los desperfectos. Convertida la plaza en peatonal, se volvió a instalar, rodeado de una pequeña cerca y unos setos recortados. La cruz señalaba la existencia del cementerio parroquial, que se encontraba en los terrenos actuales de la plaza.
Fachada de la iglesia a la plaza de Doña Teresa Enríquez.
Portada del Evangelio.
Azulejo de homenaje a doña Teresa Enríquez.
Cruz de mármol del antiguo cementerio parroquial.
Base de la cruz, donde podemos ver el año de construcción.
Con esta plaza linda la Capilla Sacramental de la iglesia, cuya ventana barroca se puede admirar desde el exterior, aunque con dificultad (por cierto, ¿ya no se podan los naranjos de la ciudad?).
Ventana de la Capilla Sacramental.
También en esta fachada de la iglesia se sitúa la Casa de Hermandad de las Siete Palabras y un azulejo dedicado por las Hermandades Sacramentales de la ciudad a doña Teresa Enríquez.
Casa de Hermandad de las Siete Palabras.
Visto el exterior, pasamos al templo y nos situamos a los pies de la nave central. Vemos que consta de las tres habituales naves, de cuatro tramos, más ancha la central, separadas por arcos ojivales apoyados sobre pilastras cuadradas, con techo de madera estilo mudéjar, de par y nudillo con tirantes, en la nave central y de colgadizo en las laterales. El amplio presbiterio, con dos tramos, se separa del resto del edificio por un gran arco toral, estando cubierto por bóveda de crucería.
Vista general desde los pies de la iglesia.
Terminamos aquí la primera parte de nuestro recorrido por el templo de san Vicente.

Hay un escalón de unos cinco centímetros a la entrada del templo.