Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

miércoles, 12 de agosto de 2015

Utrera. Santuario de Nuestra Señora de Consolación, -II y final. El lagarto del pozo.

Nos encontramos ya ante el presbiterio. El primitivo Retablo Mayor del santuario databa de principios del siglo XVII, siendo costeado por el conde-duque de Olivares y ejecutado por Luis de Figueroa y Andrés de Ocampo. Se sustituyó, a principios del XVIII, por un impresionante retablo barroco que, hasta hace apenas un par de años, ha sido generalmente atribuido a Juan de Brunenque. Sin embargo, el historiador Julio Mayo Rodríguez, experto en asuntos del santuario, encontró entre los documentos del Archivo Histórico Provincial de Sevilla una carta de pago fechada en 1.707, en la que se recogía ante notario que los frailes mínimos y los hermanos Juan y Cristóbal de Hinestrosa entregaron al retablista e imaginero sevillano del barrio de la Magdalena, Francisco Javier Delgado, 3.269 y 13.680 reales respectivamente,  a cuenta del retablo mayor de la iglesia del monasterio.
Retablo Mayor.
Una vez aclarado el asunto de la autoría de tan espléndido aparato, pasamos a su descripción. Se articula en banco, sotobanco, un solo cuerpo y tres calles, todo ello dividido en tres calles, separadas por cuatro grandes columnas salomónicas en la zona central y estípites en el resto. Todo ello se encuentra muy adornado con motivos vegetales, angelotes, rocalla, racimos de uvas…

En la calle izquierda podemos ver, de abajo a arriba, una talla de bulto redondo de San José con el Niño, un relieve que muestra la escena de la Anunciación y un santo Mínimo desconocido.
San José.
Relieve de La Anunciación.
Santo mínimo desconocido.
La calle derecha, por su parte, aloja otra talla de bulto redondo, San Joaquín con la Virgen Niña en brazos, relieve de La Visitación y un nuevo santo mínimo sin identificar.
San Joaquín con la Virgen Niña.
Relieve de La Visitación.
Santo mínimo desconocido.
En el centro del retablo encontramos el camarín de la Virgen de Consolación, que se nos muestra en el interior de un templete de plata y, sobre ella, otro relieve con San Francisco de Paula renunciando a la mitra episcopal.
Zona central del Retablo Mayor.
La Virgen de Consolación, vista desde el crucero.
Por cierto, que en la actualidad, el IAPH está procediendo al estudio y realización de informes con vistas a la restauración del retablo. En la visita realizada se podía ver que necesitaba urgentemente una limpieza a fondo y un repaso de la policromía, así como la reposición de algunas piezas que faltan en la parte alta del retablo.
Presbiterio. Muro del Evangelio.
Presbiterio. Muro de la Epístola.
Desde el presbiterio, podemos volvernos y ver, a los pies de la nave, sobre el atrio de entrada, el coro del templo, que consta de cuarenta y ocho sitiales, elaborados en el siglo XVIII y el correspondiente facistol de la misma época.
Vistas desde el presbiterio.
A través de una puerta situada junto al retablo de San Francisco de Paula nos es posible acceder a la antesacristía y sacristía, separadas mediante un tabique y una puerta de vidrio.
Puerta de acceso a las estancias interiores.
Antesacristía.
Ambas estancias se coronan mediante bóvedas de cañón con lunetos pintados (lunetas), decoradas con pinturas murales que muestran escenas de la vida de San Francisco de Paula y de la historia de la Orden, muy necesitadas de restauración.
Bóveda de la Antesacristía.
Las paredes de la antesacristía están literalmente cubiertas por pequeños cuadros que agradecen gracias concedidas por la Virgen de Consolación. El santuario posee unos 1.600 de estos cuadritos (exvotos, algunos muy antiguos, la mayoría del XIX), de calidad discreta, pero dignos de un profundo estudio sociológico. 
Muros de la Antesacristía, adornados con innumerable cantidad de exvotos.
La sacristía luce en su centro una gran mesa de jaspe rojo: Hasta el presente no hay mayor mesa de piedra en Sevilla reza una inscripción latina en la misma. Fue esculpida por Juan de Mariscal en 1.745. En la pared frontal están situados tres pequeños retablos del siglo XVIII (un Crucificado y dos Niños Jesús); a la izquierda, otro Crucificado, de mayor tamaño y sin advocación conocida. En los muros laterales cuelgan lienzos que representan un apostolado y, en la parte baja de los tres muros se sitúan amplias cajoneras.
Sacristía.
Muro frontal.
Muro izquierdo.
Muro derecho.
Crucificado.
Bóveda de cañón con falsos lunetos.
Retablo.
Aquí vemos el mal estado de las pinturas.
Detalle de la gran mesa de mármol rojo.
Regresamos a la antesacristía y comprobamos que tras el presbiterio hay dos galerías, una a nivel del suelo y otra por encima de esta, que permite acceder al camarín de la Virgen.
Si tomamos por la inferior, rodearemos la trasera del retablo mayor hasta llegar en la habitación en la que se sitúa el pozo de la leyenda del lagarto. Según la misma, en un momento no determinado emergió de este pozo (se dice que es el mismo elegido por Antonio de la Barreda para fijar el lugar en que levantó la primitiva ermita) un gigantesco lagarto que fue apresado y encadenado. En realidad, se trata de un caimán procedente de tierras americanas traído por indianos quienes, tras hacer fortuna, regresaron a sus lugares de origen, tal como ha sucedido en otras partes del país: Caimán del Pocito (Fuensanta, Córdoba), Lagarto del Licenciado (Santiago de la Puebla, Salamanca), Lagarto del Viso (El Viso del Marqués, Ciudad Real), el Lagarto de la Malena (Jaén) o el Lagarto de Medina de Rioseco (Valladolid), ente otros.
Sala del Lagarto o de los Milagros. Vemos en ella el pozo de la leyenda.
El lagarto de la leyenda está ya para pocos trotes.
Los exvotos son también muy numerosos en esta sala.
Dos mantos de la Virgen, ricamente bordados, se nos muestra en el interior de sendas vitrinas, así como otro puñado de cuadritos de agradecimiento.
Escalera de subida al camarín de la Virgen.
Tras ver la estancia, retrocedemos y subimos la escalera a nuestra izquierda, llegando a un pasillo cubierto mediante una bóveda rebajada adornada con abundante labor de yesería. 
Galería superior. La puerta que se ve a la derecha es la de entrada al camarín de la Virgen.
A nuestra derecha, en el centro del pasillo, una puerta de madera labrada nos dará paso al camarín de la Virgen. Se trata de una estancia cuadrada, cubierta por una baja bóveda cuatripartita cubierta en su totalidad, al igual que los muros, de pinturas barrocas del XVIII. En los plementos están dibujadas cuatro aves sagradas, entre ellas el ave fénix, símbolo de resurrección, y el pelícano, que representa el amor. 
Camarín de la Virgen.
Bóveda.
Las paredes muestran numerosas insignias y condecoraciones, así como una pequeña hornacina en la que se cobija un Niño Jesús muy parecido al que sostiene la Virgen con sus brazos. La historia de esta talla es la siguiente: el quince de octubre de 1.979 fue robado el Niño Jesús original, datado en el siglo XVIII. Tras varios meses de pesquisas no pudo encontrarse, por lo que la hermandad encargó una nueva imagen al prestigioso imaginero Francisco Buiza. Cuatro meses apareció el Niño robado, que fue rápidamente devuelto a su lugar, en el regazo de la Virgen. El imaginero sevillano había regalado la imagen "de repuesto" con la condición de que le fuera devuelta si aparecía el Niño titular; sin embargo, el pueblo utrerano, muy suyo para estas cosas, opinaba que tras cuatro meses de estar junto a Patrona, la figura debía permanecer definitivamente en el monasterio, a lo que el maestro accedió amablemente. Los ladrones nunca fueron identificados.
Muros laterales.
Niño Jesús de Francisco Buiza. Sustituyó al original tras su robo.
El privilegiado emplazamiento del camarín nos permitió realizar algunas fotografías imposibles de plasmar desde la zona de fieles del templo, tanto a la Virgen y el Niño como al artesonado (iluminándose en aquellos instantes).
Enorme privilegio poder fotografiar a la Virgen desde tan cerca.
Pinturas de San Joaquín y Santa Ana acompañan a la Virgen.
El arco toral y el artesonado desde el camarín.
Bonito efecto de las luces recién encendidas.
Aquí vemos el coro, situado sobre el atrio de entrada.
Finalmente, tras pedir el correspondiente permiso, se nos permitió subir a la torre, desde la que se obtiene una privilegiada visión de la ciudad, aunque no del claustro (de propiedad privada en la actualidad) como era la inicial intención.
Una de las cuatro campanas de la torre.

Dos inquilinos del santuario.
Ruinas de antiguas estancias del monasterio.
Santa María de la Mesa.
Santiago.
Termina aquí el recorrido por este santuario, símbolo como pocos de la devoción mariana de Andalucía y, en particular de la provincia de Sevilla.


Este templo no presenta obstáculos para personas con movilidad reducida, salvo la entrada a las estancias situadas tras el altar mayor, (sala del lagarto y camarín de la Virgen), cuyo acceso se efectúa mediante escaleras.