Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

lunes, 25 de noviembre de 2013

Leyenda del rey Pedro I y el lego avispado.

Los hechos que narramos a continuación tuvieron lugar durante el reinado de Pedro I, monarca que, no sé si por su especial carácter o por la época que le tocó vivir, dio pie a numerosas leyendas, algunas de las cuales se han reflejado ya en estas páginas.
Sucedió que dicho rey visitó cierto día el convento Casa Grande de San Francisco, encontrándose que el prior, que tenía fama de persona sabia, se hallaba ausente, pues había acudido a predicar una novena a Jerez de la Frontera. No se sabe si la visita se había comunicado con antelación o si, por el contrario, don Pedro se presentó de improviso en el convento, pero el caso es que el monarca montó en cólera y ordenó que al día siguiente sin falta compareciera en palacio el ausente prior.
Lienzo moderno de Pedro I de Castilla. Ayuntamiento de León.
Enterado éste de la furia del rey, y conociendo cómo se las gastaba el susodicho (que ordenaba que te cortaran la cabeza antes de decir “ojú”), no sabía qué hacer: si acudir a la llamada, huir a Francia o directamente tirarse desde la Giralda.
Conocedor todo el convento de la disyuntiva de su mandatario, fue un humilde lego, que trabajaba en las cocinas hasta poder pronunciar sus sagrados votos, el que acudió en su ayuda.
- No os preocupéis, Padre, que yo acudiré en vuestro lugar, haciéndome pasar por vos, y comprobaréis que me doy maña en calmar a Su Majestad.
Así se le quedó la carita al prior cuando se enteró del enfado del rey.
El prior poco tenía que perder ante semejante ofrecimiento, por lo que accedió al engaño. Y así, al día siguiente, el joven lego se presentó ante el rey don Pedro, con el hábito de su superior y la capucha puesta para que no se descubriera la sustitución.
El rey expresó su enfado al presunto (palabra muy de moda en la actualidad) prior, que se excusaba una y otra vez hasta que el monarca, cansado ya de tanta charla inútil, dijo al fraile:
- Tengo entendido que gozáis de notable fama de sabio. ¿Es así?
- Procuro ayudar a todo el que me pregunta, mi Señor, siempre desde la humildad y mi escasa sabiduría.
- Pues me habréis de demostrar si la fama es merecida o no. Os haré tres preguntas; si quedo satisfecho con las respuestas os podréis ir en paz, pero si no es así, el convento deberá nombrar nuevo prior porque mandaré que os decapiten.
Este podría haber sido el avispado lego.
El lego, confiado en que su ingenio le permitiría sortear la difícil situación en que se encontraba (la verdad es que no tenía otra opción) asintió a las palabras del rey.
- Primera pregunta –dijo don Pedro- ¿cuánto valgo yo?
Tras pensar brevemente, el muchacho respondió:
- Pues yo diría que veintinueve reales de plata, mi Señor, porque si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, no creo que Vuestra Majestad pretenda valer más que Nuestro Señor.
Un murmullo de sorpresa y aprobación se extendió por toda la sala, ante lo singular y acertado de la contestación.
Y este el panorama ante el que se situaba.
- Me place la respuesta. –contestó el rey- Parece que vuestra fama no es inmerecida. Contestadme, pues, a la segunda pregunta: ¿Dónde se encuentra el centro de la Tierra?
- Es una pregunta fácil, Majestad. El centro de la Tierra se haya bajo vuestros pies, y no porque seáis el rey sino porque, al ser la Tierra redonda, en cualquier sitio en el que nos encontremos tiene bajo ella el centro.
- Bien contestado, a fe mía –afirmó don Pedro.- Veamos si conocéis la respuesta de la tercera pregunta: Decidme una cosa en la que esté equivocado.
Se trataba de una pregunta con trampa porque, en aquellos tiempos, llevarle la contraria al rey equivalía en la práctica a ser ejecutado. Sin embargo, el lego no se arredró y, con gran desparpajo, respondió:
- Es la más sencilla de las tres preguntas, mi buen Rey. Vuestra equivocación es pensar que estáis hablando con el prior de San Francisco cuando, en realidad, conversáis con un humilde lego de las cocinas del convento.
Y acto seguido se levantó la capucha, dejando ver su rostro.
Don Pedro se quedó con la boca abierta al comprobar el engaño para, a continuación, romper a reír a carcajadas. Los componentes de la Corte, que se habían quedado helados ante la confesión, prorrumpieron en risas y aplausos.
Tan complacido estuvo el rey que nombró al lego prior del convento, enviando al anterior a otra ciudad “en la que se apreciara más su sabiduría”.
Ayuntamiento de Sevilla y Plaza de san Francisco, hacia 1.850. Anónimo.
Seguramente, los hechos narrados no sean más que una simple leyenda o, incluso, una versión “cristianizada” de algún cuento oriental. Es posible que muchos lectores piensen que el fallo más evidente sea la consideración en pleno siglo XIII de que la Tierra era redonda. Y aquí me gustaría aportar mi granito de arena  particular:
Según la cosmogonía hindú, la Tierra era plana y se apoyaba sobre cuatro elefantes situados, a su vez, sobre una gigantesca tortuga.
Desde los tiempos de Pitágoras, Aristóteles (siglo IV .a.C.), Erastótenes (siglo III a.C.) y, sobre todo, Ptolomeo (siglos I-II d.C.), la teoría de una Tierra redonda frente a la idea de un planeta plano era mayoritaria entre la comunidad culta. Y no solo en la cultura occidental, sino también entre los musulmanes, muy avanzados en aquella época, los hebreos e incluso los chinos. Tampoco influía la religión. Sin ir más lejos, san Isidoro de Sevilla afirmaba rotundamente en el siglo VI la redondez de la Tierra. En resumen, se puede decir que, según un estudio reciente sobre este tema, a partir del siglo VIII, ningún cosmógrafo que se preciase podía admitir que la Tierra era plana.
San Isidoro de Sevilla, en sus "Etimologías" (siglo V) defendía la idea de una Tierra esférica.
Entonces, ¿de dónde y desde cuándo  viene la creencia popular de que durante la Edad Media se pensaba que nuestro planeta era plano? Pues este mito es bastante reciente, ya que dicha idea se extendió a finales del siglo XIX y principios del XX, merced a historiadores, principalmente norteamericanos como era el caso de John William Draper, Andrew Dickson White y, sobre todo,  nuestro muy conocido Washington Irving, que publicó en 1.828 lo que hoy llamaríamos un best-seller titulado «La vida y viajes de Cristóbal Colón» en el que hacía tales afirmaciones.
Otras versiones del planeta esférico sostenían que no se podía atravesar el Ecuador debido a las altísimas temperaturas.
Más adelante, en próximas entradas, nos ocuparemos del tristemente desaparecido convento Casa Grande de san Francisco y del edificio del Ayuntamiento de nuestra ciudad.