Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

lunes, 26 de noviembre de 2012

Convento de santa Rosalía, -I. Leyenda de la Virgen del Pilar, primera Patrona de Sevilla.


La existencia de este convento de santa Rosalía está estrechamente ligada al cardenal Santiago de Palafox y Cardona (Ariza, Zaragoza - 1.642, Sevilla, 1.701). De familia noble, renunció a sus privilegios y se graduó en Teología en la universidad de Salamanca, llegando a ser rector de la de Zaragoza. Allí trabó amistad con las monjas capuchinas (una de sus hermanas profesaba en la orden), lo que posteriormente sería decisivo para la fundación del convento sevillano. Arzobispo de Palermo (Sicilia) entre 1.677 y 1.684, es el introductor de la devoción a santa Rosalía en la península.

Santa Rosalía vivió durante el siglo XII. Sin datos fehacientes sobre su biografía, la leyenda asegura que a los catorce años se retiró a vivir como ermitaña a una cueva. En cualquier caso, su culto en la Sicilia de la época era enorme, siendo representada como ermitaña o con hábito agustino, con los atributos de una corona de rosas (su nombre significa guirnalda de rosas), un crucifijo y una calavera (por su penitencia). Sus restos fueron encontrados en una gruta durante el siglo XVII, considerándose como protectora contra las continuas plagas de peste. Es la Patrona de Palermo.
Santa Rosalía intercediendo por la ciudad de Palermo. Antoon van Dyck, 1.629. 
Museo de Ponce, Puerto Rico.
Palafox regresa a la península como arzobispo de Sevilla, y aquí introduce la devoción a la santa siciliana. Para ello crea en 1.701 un convento del que se encargarán seis monjas capuchinas provenientes de Zaragoza, entre las que se encuentra su hermana, sor Josefa Manuela, que ejercerá de abadesa, y su sobrina, sor Andrea Serafina. Se instalaron inicialmente en una casa cercana a la iglesia de santa Marina, hasta que, en 1.705, a medio terminar el convento, se trasladaron a él. Las obras finalizaron en 1.724 gracias al apoyo del nuevo arzobispo, don Luis Salcedo y Azcona. Las trazas del edificio fueron obra del arquitecto diocesiano de la época, Diego Antonio Díaz.

En agosto de 1.761, tras la celebración del dogma de la Inmaculada Concepción, unas velas prendieron y se declaró un voraz incendio que destruyó la iglesia en su totalidad y parte del claustro. El cardenal don Francisco de Solís Folch acudió en ayuda de las capuchinas y, en poco más de un año, se reconstruyó el edificio con gran suntuosidad bajo la dirección del arquitecto Antonio Matías de Figueroa y el carpintero Alonso de la Vega, celebrándose en 1.763 un solemne Te Deum en acción de gracias.
Cardenal don Francisco de Solís Folch.
De la iglesia original tan solo se conserva la portada de Diego Antonio Díaz. Está elaborada con ladrillo enfoscado y pintado, constando de dos cuerpos. En el primero se sitúan dos pares de pilastras dóricas cajeadas, que flanquean el vano adintelado encuadrado por un arco de medio punto, en cuyo tímpano aparece la figura de la santa titular en el interior de una hornacina.
Vista general de la portada de la iglesia.
El segundo cuerpo se apoya sobre una cornisa, soportada por canecillos cuadrados, mostrando una moldura en arco de medio punto mixtilíneo con pilastra central. Corona este espacio un crucifijo tallado en piedra, escoltado por dos pináculos, todos ellos pintados en el mismo color de la fachada.
Segundo cuerpo de la portada.
Santa Rosalía, titular de la iglesia y el convento.
Retablo cerámico de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, en el atrio de entrada.
Entramos ya en la iglesia y comprobamos que su traza es de cruz latina de una sola nave de cuatro cuerpos, con anchos brazos en su crucero. Tanto la nave como los brazos del crucero muestran bóvedas de cañón, reforzada con arcos fajones que se apoyan sobre pilastras cajeadas de orden toscano adosadas a los muros. El crucero, en cambio, luce bóveda vaída o de pañuelo, con una linterna central, sin pinturas ni ningún tipo de adorno.
Vista de la iglesia desde la puerta de entrada.
Los retablos y esculturas originales de esta iglesia fueron realizados por Pedro Duque Cornejo, y se perdieron, prácticamente en su totalidad, en el incendio de 1.761, que también acabó con el órgano tallado por Luis de Vilches. La mayoría de los que se muestran actualmente son de Cayetano de Acosta, realizados entre 1.761 y 1.763, paralelamente a la reconstrucción del templo. Son once en total, de estilo barroco con abundante ornamentación de rocallas, estípites, motivos vegetales y todo tipo de molduras. Recuerdan enormemente a los de la capillita de san José y el de la Capilla Sacramental de la iglesia del Salvador, del mismo autor y época; anteriormente había esculpìdo la estatua de la Fama y las fuentes y diversos detalles ornamentales de la Real Fábrica de Tabacos.

Comenzamos nuestro recorrido por los pies del muro de la Epístola. La pila para el agua bendita, tallada en piedra, muestra un tremendo desgaste debido a su antigüedad. Bajo el coro, encontramos un confesionario sobre el que se sitúa un lienzo que muestra a san Francisco abrazando a Jesucristo Crucificado, copia del original de Murillo que se conserva en la Sala V del Museo de Bellas Artes.
Pila para el agua bendita.
Confesionario y copia de cuadro de Murillo.
A continuación se nos muestra el retablo de la Divina Pastora, de principios del siglo XIX, cuya gran devoción entre los frailes y monjas capuchinos (más tarde extendida a toda España e Iberoamérica) fue iniciada por fray Isidoro de Sevilla, a raíz de unas visiones que tuvo. Es, junto con el altar frontero dedicado a santa Rosalía, el único de estilo neoclásico, realizado en madera policromada imitando jaspe. Desafortunadamente, el vidrio que protege las imágenes de la Virgen y el Niño impide realizar fotografías exentas de reflejos.
Retablo de la Divina Pastora.
Divina Pastora.
Le sigue, ya en el último tramo de la Epístola, un arcosolio con una copia de una pintura de Murillo, que queda eclipsada por el espectacular púlpito de madera imitando jaspe, datado en la segunda mitad del siglo XVIII.
El púlpito del templo es espectacular.
Copias de cuadros de Murillo.
Tras rebasar el púlpito pasamos al crucero. Este tiene la particularidad de que las cuatro esquinas de sus respectivos arcos torales están achaflanados, mostrando cada uno de ellos una hornacina con la figura de un santo capuchino en la parte superior y un retablo en la zona inferior, todos de la misma factura, fecha y autor, Cayetano de Acosta. Los iremos viendo uno por uno, conforme avancemos en nuestro recorrido.

La primera hornacina acoge la talla de san Fidel de Sigmaringa, noble de padre español y madre alemana, que nació en Suabia. Brillante estudiante, abre despacho de abogado en Alsacia, dedicado especialmente su labor a los pobres y desfavorecidos. Sin embargo, desilusionado por métodos poco ortodoxos, cuando no corruptos, de sus colegas, decide consagrarse sacerdote, ingresando posteriormente en la Orden de Frailes Menores Capuchinos. Se dedicó activamente a la predicación, en tiempos de feroz lucha entre católicos y protestantes. En una de sus prédicas, en Suiza, fue asesinado a espadazos y garrotazos por un grupo de fanáticos.
Primer chaflán del crucero.
San Fidel de Sigmaringa.
Bajo él se encuentra el retablo de santa Inés de Asís, hermana menor de santa Clara y cofundadora de la Orden de las Clarisas. Junto al retablo, una vitrina con un Niño Jesús del siglo XVIII.
Retablo de santa Inés de Asís.
Vitrina con Niño Jesús.
Aquí nos topamos con una reja que separa el crucero en dos partes, estando la delantera reservada a la Santa Misa y rezos de las monjas del convento, aunque permanece abierta cuando no se realizan esas actividades.
Verja de separación del crucero.
Pasamos la verja y, a nuestra derecha vemos el retablo de santa Teresa de Jesús, revestida como Doctora de la Iglesia. A sus lados, san Joaquín y santa Ana y, junto al retablo, otra vitrina con un nuevo Niño Jesús del siglo XVIII. Hay que aclarar que era costumbre muy extendida en estos tiempos que, al profesar, las novicias aportaran como dote una imagen del Niño Jesús; de ahí la abundancia de estas representaciones en los conventos españoles (la colección del monasterio de la Encarnación, en Osuna, es espectacular).
Retablo de santa Teresa de Jesús.
Santa Teresa de Jesús, revestida como Doctora de la iglesia.
Santa Ana.
San Joaquín.
Otra de las vitrinas.
El segundo chaflán, entre el brazo de la Epístola del crucero y el presbiterio, acoge el retablo de la Virgen del Pilar. Aprovecho la ocasión para relatar la leyenda de la Virgen del Pilar como primera Patrona de Sevilla:

Sobre el año 40 de nuestra era se encontraba el apóstol Santiago evangelizando la Bética, que en aquellos tiempos era la provincia romana más rica e importante del Imperio. Bautizó a un grupo de fieles, eligiendo entre ellos como obispo a un modesto y piadoso escultor, al que llamó Pío. Tras predicar por el resto de la Bética, el apóstol regresó a Sevilla, pidiendo a Pío que le acompañara a la provincia tarraconense. Marcharon ambos predicando por el camino y, llegados a orillas del Ebro, a la altura de Cesaraugusta (la actual Zaragoza), se sentaron y lloraron amargamente, porque no había manera de convertir a aquellos paganos.

Fue entonces cuando se les apareció a ambos la Virgen María, que aún vivía, situada de pie sobre una columna (o pilar, de ahí el nombre de la advocación), para anunciarles que su misión tendría éxito y que no desmayasen en el intento. Reconfortado y animado por la visión, Santiago hizo regresar a Pío a Sevilla, con el encargo de que esculpiera una imagen de la Virgen sobre un pilar y la colocase en el lugar de reunión (secreto, pues el culto cristiano estaba prohibido) de los fieles de la ciudad, rindiéndole culto como patrona.

Así lo hizo el obispo Pío, modelando en barro con sus propias manos la estatua de la Virgen María sobre el pilar, que colocó en la primera iglesia sevillana, al parecer situada a espaldas del circo, en las proximidades del actual “Colegio de los moros”, en la barriada de Pío XII.

Cuando el cristianismo fue autorizado, más de doscientos años después, esta imagen fue trasladada a la basílica de san Vicente, donde permaneció hasta que el año 711, ante la invasión musulmana, se le pierde la pista. No se sabe si fue destruida por los invasores u ocultada por algún sacerdote, no habiéndose encontrado hasta la fecha.

Posteriormente se han producido otros patronazgos: Nuestra Señora de la Sede, nombrada por el obispo don Remondo patrona de la Sede Episcopal tras la reconquista de Sevilla; las santas Justa y Rufina, copatronas de la ciudad junto a la Virgen del Pilar; la Virgen de la Hiniesta (encontrada en Aragón con un papel que indicaba su origen hispalense), patrona de la Corporación Municipal; finalmente, la Virgen de los Reyes, traída por el propio san Fernando, es la patrona de la Archidiócesis.

Así que, por patronas que no quede.
Segundo chaflán del crucero.
Sobre el retablo de la Virgen del Pilar, en su correspondiente hornacina, vemos una talla que representa a san Serafín del Monte Granario, confesor, nacido a comienzos del siglo XVII en Ascoli, Italia, religioso de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que se distinguió por su humildad, pobreza y piedad.
San Serafín del Monte Granario.
Virgen del Pilar.
Termina aquí la primera parte de la visita.



Hay un pequeño escalón de unos siete centímetros a la entrada del atrio de la iglesia y otro normal (unos 15 cm) en el acceso al convento.