Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

lunes, 25 de septiembre de 2017

La presencia jesuita en Sevilla. Parte 5b. La antigua Casa Profesa. Retablo de San Juan Bautista.

Tras haber admirado el exterior del templo, pasamos a su interior. Desde la entrada comprobamos que el coro se sitúa sobre la portada, sostenido por un arco escarzano. En él se sitúa el órgano barroco, de tipo ibérico con un solo teclado de 49 notas, del siglo XVIII, con dos cuerpos y siete calles, siendo la central más alta y con decoración vegetal.
Coro y órgano barroco.
La planta de la iglesia es de cruz latina, con una única nave de gran anchura y tan solo dos largos tramos. Las cubiertas se sostienen por medio de pilastras adosadas a los muros, que sustentan grandes arcos fajones. Las de los dos primeros tramos son bóvedas baídas o de pañuelo; los brazos del transepto y la Capilla Mayor se cubren con bóvedas de cañón y el crucero con bóveda semiesférica, decorada con casetones, al estilo italiano.
Vista general desde los pies del templo.
Visitaremos la iglesia en el sentido contrario a las agujas del reloj, comenzando por el lado de la Epístola (lado derecho según se entra). Vemos dos cuadros que representan a sendos santos jesuitas. En el primero se nos muestra a San Estanislao de Kostka sosteniendo al Niño Jesús ante la mirada de la Virgen María, episodio milagroso más conocido y representado de la vida del santo polaco. De autor anónimo italiano, fechada entre 1.700 y 1.720, se trata de una obra de discreta factura y escasa expresividad, representativa de la pintura devocional sevillana del siglo XVIII. Copia, de forma literal, un grabado italiano del siglo XVII. Su estado es lamentable a causa de una gotera.
San Estanislao de Kotska. Anónimo italiano. 1.700-1.720. 
El otro lienzo nos muestra a San Luis Gonzaga, de la misma época y autor que la anterior. Vemos al santo italiano según su iconografía tradicional, como un joven imberbe, vestido con la sotana jesuita; aparece arrodillado, reflejando su constante oración y meditación ante un crucifijo, del que emergen tres azucenas, flores alusivas a su conocida pureza y castidad. Dos ángeles se disponen a coronarlo con azucenas. Sus características son semejantes a la de la obra anterior.
San Luis Gonzaga. Anónimo italiano. 1.700-1.720. 
A continuación, una de las joyas del templo: el retablo de San Juan Bautista, obra maestra de la retablística sevillana. Fue comprado por el Estado al convento de Santa María del Socorro (en la calle Bustos Tavera), para depositarlo en este templo, en 1.972. Tallado entre 1.610 y 1.620 por Juan Martínez Montañés, la policromía y las pinturas sobre tabla corrieron a cargo de Juan de Uceda Castroverde. Debía haber sido entregado en 1.611, pero se retrasaron las obras debido a que Montañés se encontraba muy ocupado labrando el gran retablo mayor del monasterio de San Isidoro del Campo. Hubo de firmarse un nuevo contrato en 1.618, terminándose el encargo en 1.620.
Retablo de San Juan Bautista. Juan Martínez Montañés, 1.610-1.620. 
Se utilizó madera de borne para la arquitectura, y de cedro para los relieves. La policromía debía ser en tonos mate y el dorado realizado con oro fino. En general, los relieves realizados por Martínez Montañés para este retablo son casi idénticos a los tallados por el artista en 1.607 para el retablo de San Juan, en la Catedral de Lima, Perú.
Está formado por dos estructuras. La exterior, que sigue la tipología de arco de triunfo, en tanto que la interior está organizada de una manera más habitual, con altar, banco y dos cuerpos, divididos en tres calles mediante cuatro columnas corintias (el cuerpo inferior) y tres edículos (el superior). En total dispone de trece pinturas y nueve relieves.
Iconográficamente, se trata de uno de los conjuntos sevillanos más completos sobre la vida de San Juan Bautista. La “lectura” de los relieves debe realizarse de arriba hacia abajo, comenzando por la escena de La Visitación y finalizando con La Degollación del Bautista. Sin embargo, confieso que interpretar el conjunto de pinturas y relieves ya es más confuso.
El relieve del ático, con la escena de La Visitación de la Virgen a su prima Isabel, hace alusión a la concepción del Bautista. Está flanqueado por dos escudos con la cruz de la Orden de Malta.
Ático del retablo de San Juan Bautista.
Relieve de la Visitación de la Virgen a Santa Isabel. 
Se representa el abrazo entre la Virgen y su prima Santa Isabel, quien se arrodilla a la derecha. Sus respectivos esposos, San José y Zacarías, son captados manteniendo una conversación. Una figura femenina, posiblemente una sirvienta, les acompaña. Se trata de una composición, como muchas de este retablo, equilibrada, de tipo piramidal.
Si pasamos al retablo interior, veremos que el segundo cuerpo contiene escenas de la infancia del Bautista: en el centro,  El nacimiento de San Juan,  a su izquierda La despedida del Bautista de su familia y San Juan Bautista niño en el desierto atendido por ángeles.
Primer cuerpo del retablo (faltan las cuatro pinturas laterales).
Traslado del cuerpo de San Juan Bautista
Representa a varios seguidores del Bautista llevando sobre una sábana blanca el cuerpo decapitado del profeta. Es un aspecto de la vida del santo de infrecuente representación en el arte. Martínez Montañés, en su retablo del Bautista conservado en la catedral de Lima (Perú), antecedente de este conjunto sevillano, realizó un relieve con dicho episodio; sin embargo, la escena fue plasmada en pintura en el retablo de Sevilla. El profeta aparece cubierto por un paño de pureza, con las manos unidas en oración.
Salomé con la cabeza de San Juan Bautista.
Aquí podemos observar el momento en que Salomé, con rostro de satisfacción, presenta la cabeza del Bautista en una bandeja ante Herodes Antipas y Herodías, sentados a la mesa. En primer plano, a la derecha de la composición, hay un soldado, de medio cuerpo, envainando la espada con la que, presumiblemente, había decapitado a San Juan, vestido con armadura contemporánea al momento en que fue pintado el cuadro; lo mismo sucede con las vestiduras de los demás personajes de esta escena.
La despedida de San Juan Bautista de sus padres. 
Relieve que se encuentra centrado por la figura de San Juan Bautista niño, vestido con pieles de camello. Se arrodilla para despedirse de su padre, Zacarías, quien aparece sentado a la izquierda de la composición. Su madre, Santa Isabel, acompañada por dos mujeres, muestran sus rostros apesadumbrados por la noticia de la marcha del joven.
En El Nacimiento del Bautista, Santa Isabel aparece recostada en una cama, en la parte superior de la composición. Una sirvienta descorre el dosel que cubre la cama para que podamos contemplarla. En la parte inferior de la composición, a la izquierda, dos jóvenes sirvientas, sentadas en el suelo, cuidan del pequeño San Juan. Junto a ellas, el progenitor del Bautista, Zacarías, escribe sobre un papiro el nombre de su hijo.
Dadas las pequeñas dimensiones de la tabla y las numerosas figuras que la ocupan, la composición de la misma resulta necesariamente constreñida. Resultan muy hermosas las distintas labores de estofado que decoran las vestimentas.

La escena de San Juan Bautista niño en el desierto atendido por ángeles nos muestra la figura del Bautista niño, de pie, sobre unas rocas. Va vestido con las pieles de camello y el manto rojo que constituyen la indumentaria habitual de este santo durante su vida eremítica en el desierto. Porta un báculo rematado en cruz, del que pende una banderola. Lo flanquean dos pequeños ángeles que le traen alimentos, configurando una composición equilibrada y simétrica, de tipo triangular. Les respalda un paisaje montañoso poblado por árboles.
Aparición de Dios Padre a Sanjuanito. 
Representa a San Juan Bautista niño, arrodillado, ocupando el centro de la composición. Vestido con pieles, porta un báculo rematado por una cruz. Dirige su mirada a las alturas, hacia Dios Padre, que se le aparece en la parte superior izquierda del cuadro. Al fondo, un paisaje de montes arbolados.
En esta obra de Uceda, a pesar de su mal estado de conservación, se percibe el estilo de este maestro, que evolucionó desde el tardomanierismo hacia el naturalismo barroco. En este retablo muestra Uceda una pincelada suelta y una expresividad, especialmente en las figuras infantiles, que recuerda la influencia que en él ejerció el arte de Juan de Roelas. Todas las composiciones del pintor en este retablo parecen derivar de grabados manieristas.
Muerte de Santa Isabel. 
Se nos muestra a Santa Isabel como una anciana ya fallecida, a la derecha de la composición, siendo sostenida por un ángel. Este levanta una de sus manos, para que sea besada por su hijo, Sanjuanito, situado  a la izquierda, mientras un ángel le agarra por la cintura.
Primer cuerpo del retablo de San Juan Bautista. 
Primer cuerpo (lado izquierdo) del retablo de San Juan Bautista. 
Predicación de San Juan Bautista. 
Representación de San Juan Bautista, a la izquierda de la composición, predicando ante un grupo numeroso de personas. Aparece de pie, portando en su mano izquierda un rollo de papiro. En primer plano, a la derecha, aparecen dos ancianos captados de medio cuerpo, que escuchan con atención las palabras del profeta. Misma actitud muestran las demás figuras, dispuestas en varios grupos, distinguiéndose, al fondo a la derecha, dos personajes a caballo.  
Predicación de San Juan Bautista
Relieve que representa a San Juan Bautista, a la izquierda de la composición, sobre unas rocas, predicando ante un nutrido grupo de personas. Con la mano izquierda sostiene una banderola, en la que figura la cruz de San Juan o de Malta; con la mano contraria, refuerza las palabras que dirige a la multitud que le escucha atentamente. En primer término, se dispone una madre con su hijo; es respaldada por una pareja de mujeres, también sentadas, dos hombres de pie, y un grupo de soldados en la lejanía.
Aparición del Ángel a Zacarías.
Vemos al anciano Zacarías, a la derecha de la composición, ante un altar de ofrendas, en el momento en el que se le aparece un ángel mancebo sobre una nube, anunciándole la buena nueva del nacimiento de su hijo, el Bautista. Contrastan las actitudes y expresiones de ambos personajes: alegría en el ángel, sorpresa y cierto temor en Zacarías. Al fondo, a la derecha, se vislumbran otros personajes, así como un paisaje que se abre tras un vano.
San Juan Bautista en la prisión.
Muestra al Bautista encarcelado por orden de Herodes, a la espera de recibir su muerte. Aparece centrando la composición, sentado, con los pies encadenados. Le escuchan con atención dos hombres, que parecen ser discípulos del Maestro, y también el soldado que le custodia. A la izquierda se abre un pequeño ventanuco con barrotes.
El relieve más grande del retablo representa El Bautismo de Cristo por su primo San Juan en el río Jordán. Este último aparece a la derecha de la composición, semiarrodillado en una roca, vistiendo su atuendo tradicional. En la mano izquierda porta un báculo, rematado en cruz, del que pende una filacteria con una inscripción alusiva a Cristo como Cordero de Dios. En la mano contraria, sostiene la concha con la que vierte el agua sobre la cabeza de Cristo. El Señor, arrodillado y con los brazos cruzados frente al pecho, se encuentra semidesnudo, cubriéndose parcialmente con un manto rojizo. Tras Él, dos ángeles mancebos, vestidos con atuendos ricamente estofados, asisten a la escena. En lo alto de la tabla, rematada en medio punto, irrumpe la paloma del Espíritu Santo, rodeada por querubines.
Estilísticamente, es una obra representativa de la plenitud creativa de Montañés. Las figuras muestran la belleza clásica y contención expresiva características del maestro. Destaca especialmente en esta obra el tratamiento anatómico del cuerpo de Cristo.
Primer cuerpo (lado derecho) del retablo.
San Juan Bautista ante Herodes
Escenifica la comparecencia de San Juan ante el rey Herodes, al que el Bautista recrimina su relación adúltera con Herodías. San Juan aparece a la izquierda de la composición, con pieles y báculo. El rey Herodes, con corona y cetro, escucha al santo, sentado en un trono que se eleva sobre unas gradas. En primer término, a la derecha, un soldado del monarca contempla la escena.
Se trata de una composición, como muchas de este retablo, equilibrada, de tipo piramidal. Las figuras muestran los rasgos característicos de Montañés, destacando la rica policromía y estofado de las indumentarias y del rico fondo que respalda a Herodes.
San Juan y los fariseos.
El Bautista aparece sentado sobre una roca, a la izquierda de la composición, vestido con pieles y manto rojo, y portando un báculo del que pende una filacteria. A la derecha, se representan dos fariseos. Alude esta escena al episodio contenido los Evangelios canónicos, según el cual los fariseos preguntaron al Bautista si él era el Mesías o un profeta más.
La Degollación del Bautista.
Aparece en el interior de una prisión, arrodillado, con los pies encadenados por grilletes y las manos atadas a la espalda. Podemos ver el momento en que su verdugo, a la derecha de la composición, se dispone a decapitarlo con una espada. Tras ellos, a la izquierda, Salomé espera con la bandeja en la que depositará la cabeza del santo.
Se trata de una composición muy equilibrada, de tipo triangular. Contrasta la fiera expresión del verdugo con la mansedumbre del rostro del Bautista, quien mira al cielo aceptando su martirio.
El Niño Jesús y Sanjuanito.
El Niño Jesús se nos muestra en el centro de la composición, vestido con paño de pureza blanco y túnica rosada. Acoge en sus brazos a su primo, San Juanito, quien le abraza, arrodillándose.
Banco del retablo.
Altar y banco del retablo.
San Juan Evangelista. En esta pintura vemos al Evangelista como un hombre maduro, barbado, aún cuando solía ser lo más frecuente mostrarlo como un joven imberbe. Viste túnica verde y manto rojo, sus ropajes habituales. Aparece sentado, portando entre sus manos un gran libro, su Evangelio. Junto a él, a la derecha de la composición, el águila que le simboliza.
San Lucas.
Representación de San Lucas como un hombre maduro, barbado, vestido con túnica y manto, portando con su mano izquierda su Evangelio. Sentado, dirige su expresivo rostro a las alturas, en búsqueda de inspiración divina para realizar sus escritos. Le acompaña, tras él, a la derecha de la composición, el toro que le simboliza.
En las pinturas de San Mateo y San Marcos, debido a su pésimo estado de conservación, la capa pictórica ha desaparecido casi por completo.
A ambos lados del retablo de San Juan Bautista se alzan sobre ménsulas las imágenes de dos mártires japoneses. San Juan de Goto fue uno de los santos jesuitas martirizados en 1.597 cerca de Nagasaki (Japón). En esta talla aparece de pie, vestido con la indumentaria propia de su condición de jesuita, con sotana y manto negros, ricamente estofados con motivos vegetales dorados. Su disposición es frontal, siendo captado en actitud de avance -adelanta su pierna izquierda, y gira levemente la cabeza hacia el lado derecho-, en un gesto que confiere dinamismo a la imagen; a ello contribuye también el agitado tratamiento del manto. Estas soluciones, junto a la expresividad del rostro (meditabunda y concentrada), revelan el barroquismo de esta escultura. Recoge el brazo derecho sobre su pecho, mientras que extiende el izquierdo elevándolo; en esta mano, debió portar uno de sus atributos iconográficos (hoy perdido): la cruz en la que murió o bien una palma de mártir.
San Juan de Goto. Anónimo, siglo XVII.
La imagen de San Diego Kisai muestra las mismas características que la de su compañero. Las dos tallas son de autor anónimo, labradas durante el siglo XVII. Ambas figuras formaban parte de un retablo de esta iglesia, del primer tercio del siglo XVIII, dedicado a los Santos Mártires del Japón, que desapareció durante las reformas efectuadas en el siglo XIX por el deán López Cepero, entre 1.836 y 1.842. El polvo que decora artísticamente las dos imágenes es moderno.
San Diego Kisai. Anónimo, siglo XVII.
Estas tallas desaparecieron de la iglesia con la desamortización del siglo XIX, recuperándose hace pocos años por parte del Museo de Bellas Artes y devueltas a la Anunciación, el lugar al que se las destinó originalmente. Pasaron a adornar el pórtico exterior del retablo de la Virgen de Belén y luego se movieron a su sitio actual.
Resulta curioso observar que, pese a ser japoneses, los santos representados no aparecen con rasgos orientales. Por la postura de uno de los brazos, posiblemente en algún momento llevaran un crucifijo o  la palma del martirio, atributo habitual de la iconografía religiosa. 

Antes de llegar al crucero se sitúa en el interior de una hornacina la imagen de la Santa Mujer Verónica, que procesiona el Jueves Santo en el misterio de la Calle de la Amargura. El conjunto presenta a la Verónica arrodillada y, junto a ella, las Mujeres de Jerusalén, y no las Tres Marías como se las ha venido identificado erróneamente. La figura de la Verónica es una talla de candelero de 125 centímetros de altura, realizada en madera de cedro. Se representa de rodillas, sosteniendo entre sus manos el lienzo con el rostro de Cristo.

Santa Mujer Verónica con las Mujeres de Jerusalén.
La imagen de la Verónica, atribuida durante muchos años a Martínez Montañés, es obra del escultor italiano Juan Bautista Patrone y Quartín, que la talló entre 1.800 y 1.801. Ha sido restaurada por Manuel Arango y Pallarosa en 1.878 y por Enrique Gutiérrez Carrasquilla en 2.002.
Es costumbre en la Hermandad del Valle, de la que la Verónica es cotitular, encargar cada año desde 1.980 la factura de un nuevo paño a un artista de reconocido prestigio. En la fotografía anterior se puede contemplar el realizado en 1.991 por Guillermo Pérez Villalta. En esta otra imagen, de 2.015, vemos el diseñado por Dionisio González.
Se da la circunstancia de que, tanto en este arcosolio como en el frontero (ocupado por Santa María Magdalena, San Juan Evangelista y la Cruz procesional del Cristo de la Hermandad del Valle) estuvieron ocupados por los magníficos sepulcros de don Pedro Enríquez de Ribera y su esposa, doña Catalina de Ribera. Aquí llegaron en 1.940 procedentes de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, tras la Desamortización de Mendizábal, y hasta 1.910 no regresaron a su lugar de origen (el enterramiento era propiedad de la familia), en la Sala Capitular de la Cartuja, como reflejábamos en la entrada:
Sepulcro de don Pedro Enríquez, Adelantado Mayor de Andalucía.
Sepulcro de doña Catalina de Ribera, esposa del anterior.