Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 15 de julio de 2017

Iglesia de San Luis de los Franceses, -II. La iglesia, primera parte.

Al cruzar la puerta de acceso al interior del templo, lo primero que nos sorprende es el tamaño de la iglesia. No es pequeña, pero desde luego uno se espera que fuese más grande en relación a las proporciones de la fachada.
Pasada la impresión inicial, observamos que, por su ornato  y traza, es única en la ciudad. En primer lugar, un amplio programa iconográfico de exaltación jesuita cubre por completo los muros y la cúpula de la iglesia, donde dejan parte de su mejor trabajo profesional pintores de la talla de Lucas Valdés y Domingo Martínez, así como el escultor Pedro Duque Cornejo, autor de la mayoría de las esculturas del templo.
Por otra parte, desde el punto de vista formal, su planta es de cruz griega inscrita en un rectángulo, con los brazos de la cruz dirigidos a los cuatro puntos cardinales, terminando en muros curvados (exedras), con una potente cúpula sobre tambor circular y linterna en el crucero.
Esta cúpula se sostiene sobre cuatro grandes y macizos machones, entre los cuales, en el cuerpo bajo, se sitúan cuatro capillas y, sobre ellas, sendos balcones cerrados con celosías. Las dieciséis columnas sobre las que aparentemente se apoya la cubierta del crucero son estriadas en el primer tercio inferior, y salomónicas en el resto, apoyadas sobre pedestales y coronadas por capiteles de orden corintio. Sobre ellas, a la altura de los arranques de los arcos, corren un entablamento con un friso ricamente decorado con motivos vegetales y una cornisa saliente.
La cúpula más grande de la ciudad: 13,5 metros de diámetro.
El siguiente nivel de la cúpula del crucero consta de ocho ventanas de buen tamaño, que proporcionan abundante luz natural, entre las cuales se intercalan ocho estatuas que representan a padres fundadores de órdenes religiosas: San Agustín (Agustinos), Santo Domingo de Guzmán (Dominicos), San Benito (Benedictinos), San Pedro Nolasco (Mercedarios), San Francisco de Asís, San Juan de Mata (Trinitarios), San Francisco de Paula (Mínimos) y el profeta Elías (precursor de la llegada de Jesús). Su función era demostrar visualmente que todas esas órdenes religiosas tenían como último fin alumbrar a la Orden Jesuita. Ya sabemos todos que la modestia no era precisamente una de las virtudes de la Compañía.
Cúpula del crucero.
Seguimos subiendo la mirada y, sobre los capiteles corintios de las columnas estriadas del nivel inferior, veremos otras ocho imágenes de nuevos santos, sostenidos por ménsulas en las que aparecen las virtudes que deben poseer los miembros de la Orden: humildad, mortificación, obediencia, caridad de Dios, castidad, oración, caridad al prójimo, pobreza.
Finalmente, la bóveda se decora de manera abundante con pinturas que representan objetos litúrgicos del templo de Salomón, como el Arca de la Alianza, el Candelabro de los Siete Brazos y otros símbolos de la liturgia cristiana. Se remata el conjunto con una linterna cuya luz simboliza la Divinidad. 
En la zona hastial del templo, sobre la puerta de entrada, se abre una tribuna con ocho arcos de medio punto apoyados en columnas, que soportan media cúpula semiesférica. Todo el conjunto está adornado con abundantes pinturas murales de Domingo Martínez, presididas por  un arco triunfal en perspectiva, con pequeños ángeles que danzan, mostrando el libro de los Ejercicios Espirituales. En el tímpano aparece la figura del autor del libro, San Ignacio de Loyola y, a los lados del arco, San Carlos Borromeo, (a su derecha), y San Francisco de Sales (a su izquierda), grandes devotos y admiradores de San Ignacio.
La puerta de entrada, vista desde el interior.
Cúpula del coro.
A los lados de la puerta, el artista plasmó sobre las paredes dos importantes obras al fresco, ejecutadas en cuatro meses, siguiendo el programa diseñado por el padre Jerónimo de Ariza, impulsor, autor del programa iconográfico, mecenas directo y conseguidor de caudales de nobles y miembros de la nobleza sevillana, Cabildo Catedralicio y limosnas de los parroquianos. Las pinturas nos muestran Las Tres Gracias, a un lado,  y la bula del papa Paulus III con la que aprueba la fundación de la Compañía de Jesús, al otro.
Las Tres Gracias. Domingo Martínez.
Bula papal de Paulus III, autorizando la creación de la Compañía de Jesús.
La iglesia nos muestra siete retablos en total: el mayor, otros cuatro situados en la base de los machones que sostienen la cúpula y dos más, de buen tamaño, colocados en los brazos laterales de la cruz, en los lados del Evangelio y la Epístola. Sobre ellos aparecen dos series de cuatro tribunas con celosías de madera dorada, profusamente decoradas con relieves de angelitos, adornos vegetales y pinturas. También veremos ante los altares siete rejas de un diseño florido que se repite en todas por igual, excepto en el Altar Mayor, que es diferente. Las rejas tienen un ingenioso sistema de apertura plegada que permite que se recojan en los laterales, dejando los altares francos.
Las dos capillas (dedicadas a San Estanislao de Kotska y San Francisco de Borja) situadas en los brazos laterales de la cruz griega tienen la misma disposición: muros curvados entre la columna salomónica exterior y el retablo, con balcones dotados de celosías en la parte superior, cubierto todo mediante cuartos de cúpula esférica.
Tribuna con celosía, ricamente decorada.
Los cuatro retablos ubicados en la parte baja de los machones fueron trazados, ensamblados y tallados igualmente por Pedro Duque Cornejo y discípulos de su taller, así como las esculturas que los presiden. Todos ellos tienen idéntico diseño: una hornacina, flanqueada por estípites y otra más pequeña, a modo de ático, con pequeñas vitrinas sostenidas por ángeles a los lados, destinadas a contener reliquias de santos. El intradós del arco está decorado con pinturas de Domingo Martínez, autor también del dorado, y por todo el retablo aparecen relieves de roleos, motivos vegetales, espejuelos y demás adornos, que le confieren un marcado estilo rococó. Los altares responden al mismo estilo, situándose en ellos numerosas reliquias, característica esta muy habitual en los templos de la Compañía. Se dice que con motivo de la construcción del noviciado y el templo se solicitó al Papado el envío de reliquias, recibiéndose una cantidad ingente de las mismas.
Otra vista de la iglesia. En este caso, la bóveda de la capilla de San Estanislao de Kotska.
Estos cuatro retablos están dedicados a San Francisco Javier (en el episodio del milagro del cangrejo), San Ignacio de Loyola (arrodillado en el episodio de la cueva de Manresa), San Juan Francisco de Regis y San Luis Gonzaga con el crucifijo entre sus manos.  Sobre los retablos se disponen dos series de cuatro tribunas con celosías de madera dorada, decorados con angelitos de escultura, pinturas y múltiples adornos. 
Comenzamos el recorrido pormenorizado del interior por nuestra derecha, es decir, el lado de la Epístola, donde se encuentra el retablo de San Juan Francisco Régis, jesuita francés, discípulo de San Francisco Javier. Desarrolló su labor evangelizadora y misionera en las zonas más atrasadas del interior de Francia, refugio de calvinistas. De él diría San Juan Bosco: “cuando un sacerdote o un apóstol muere desgastado de tanto trabajar por extender el reino de Dios, ese día la Iglesia ha conseguido un gran triunfo para la eternidad”.
Retablo de San Juan Francisco Régis.
Su estilo de prédica era extremadamente sencillo, muy directo, a veces hasta rayando en lo ordinario, pero iba directamente al alma y, con una elocuencia y un fervor, que los pecadores no eran capaces de no conmoverse al escucharle. Sus sermones atraían a las multitudes formadas por católicos y herejes, gente buena y gente corrupta, pobres y ricos, sabios e ignorantes. Le encantaba predicar a los pobres, pero decía que con sus sermones también había logrado convertir también a muchos ricos.
Pinturas laterales del retablo de San  Juan Francisco de Régis.
Se narraban milagros obrados por él: a dos ciegos les hizo recobrar la vista; con la imposición de las manos curó a muchos enfermos; su despensa daba y daba a los pobres y no se agotaba. No es extraño que, todavía en vida, la gente se refiriera a él como “el Santo”. En el retablo se nos muestra sosteniendo una sencilla cruz delicadamente entre sus manos.
Ocupando el brazo lateral de la cruz griega (lado de la Epístola), veremos el retablo de San Estanislao de Kostka, también realizado por Pedro Duque Cornejo, siendo gemelo del dedicado a San Francisco de Borja. En él se representa al santo nacido en la aldea polaca de Rostkowo portando el Niño Jesús en sus brazos, para recordar la aparición milagrosa de la Virgen que salvó a San Estanislao de una grave enfermedad, entregándole su hijo durante unos instantes. Tras este suceso manifestó a su familia el deseo de ingresar en la Compañía de Jesús.
Brazo de la Epístola. Al fondo, el retablo de San Estanislao de Kotska, escoltado por los retablos de San Juan Francisco Régis (a nuestra derecha) y San Francisco Javier (a la izquierda).
Retablo de San Estanislao de Kotska.
La talla principal encarna el ideal del buen novicio que será recompensando, incluso en vida, por la divinidad. Se intenta recalcar el ejemplo de renuncia a la vida mundana de un príncipe polaco que abandona su posición privilegiada en el mundo, bienes terrenales y familia, para emprender un largo viaje a través de Europa para alistarse como novicio en la Compañía de Jesús.
San Estanislao con el Niño.
Además de la talla principal, en el retablo se representan numerosas escenas de la biografía del Santo, entre ellas la aparición de la Virgen cuando le pide que ingrese en la Compañía, la aparición de la Santísima Trinidad cuando era solo un niño, el advenimiento del Niño Jesús cuando se encontraba gravemente enfermo en cama y el episodio en que recibe la Comunión de Santa Bárbara. La simbología incluye entre otras representaciones una brújula orientada hacia una estrella y el firmamento estrellado, Plus diligit omnibus unam (“la quiere a ella sola más que a ninguna”).
Ático del retablo y cúpula de la capilla San Estanislao de Kotska.
El retablo de San Francisco Javier no alberga una talla de Duque Cornejo, sino de Juan de Hinestrosa, pintor y escultor onubense, afincado en Sevilla, discípulo de Lucas Valdés que, según Ceán Bermúdez, adquirió fama esculpiendo figuras de animales en madera, barro y pasta de papel, que luego policromaba. Se nos presenta al santo navarro, co-fundador de la Compañía de Jesús, recuperando el crucifijo regalo de San Francisco Javier, durante el episodio denominado el milagro del cangrejo.
Retablo de San Francisco Javier.
Como otros jesuitas, Francisco Jasso Azpilicueta Atondo y Aznare, señor de Javier, era de familia noble y ejerció de militar en la convulsa época que le tocó vivir. Tras la derrota de la familia al elegir el bando equivocado y el encarcelamiento de sus hermanos, decide marchar a París para cursar estudios religiosos en la Universidad de la Sorbona. Allí fue donde conoció a Ignacio de Loyola.
Escenas de la vida de San Francisco Javier.
Ejerció su apostolado en la India y el oriente asiático, falleciendo en la isla de Sanchón, China. Recibió el título de Apóstol de la India.
Bóveda del retablo de San Francisco Javier.
Finaliza aquí esta parte de la visita.