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Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

lunes, 10 de abril de 2017

Visitando la Catedral, -XXIV. La Sacristía de los Cálices.

Se trata de un recinto al que se accede desde la Capilla de los Dolores. En él se expone una selección de pinturas religiosas de grandes y antiguos maestros que posee la Catedral. 
La Sacristía de los Cálices, vista desde la puerta de entrada.
Tiene planta rectangular, trazada en estilo gótico con elementos añadidos renacentistascomo ya hemos visto en otras ocasiones, esta duplicidad de estilos viene provocada por lo dilatado en el tiempo de su construcción. Inició las obras el entonces maestro mayor de la Catedral Alonso Rodríguez en 1.509, intervino en ella Juan Gil de Hontañón y, después de varios años de inactividad constructiva,  la trabaja Diego de Riaño desde 1.532 hasta su muerte en 1.534. Fue concluida en 1.537 por Martín de Gaínza. Tenía la consideración de Sacristía Menor, celebrándose en ella los oficios menores.
Bóveda de la capilla, desde el mismo lugar.
La bóveda, vista desde el centro de la sala.
En el frente de esta Sacristía se abren dos pequeñas capillas-oratorios, a las que no se puede acceder, cuyas puertas flanquean la pintura Santa Justa y Santa Rufina, de Francisco de Goya, fechada en 1.817. Primitivamente ocupaba ese lugar la talla del Cristo de la Clemencia desde que llegó a la Catedral en 1.836 procedente del monasterio de Santa María de las Cuevas, estando situada en esos momentos la pintura en el muro derecho de la sacristía. En 1.992 la imagen del Crucificado pasó a la capilla de San Andrés y el cuadro de Goya ocupó la cabecera de la sala.
Cabecera de la sacristía.
Recorramos la estancia comenzando por el lado izquierdo. Primero encontraremos cuatro pinturas de Alejo Fernández, encargo realizado por el Cabildo y llevado a cabo entre los años 1.508 y 1.512. El pintor, alemán de nacimiento, se formó en la escuela hispano-flamenca, ampliando sus estudios en la Italia renacentista, donde recibió influencias de Rafael. Desarrolló toda su labor pictórica en España, conservándose obras suyas en la Basílica del Pilar, el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Córdoba y, sobre todo, en Sevilla, donde residió desde 1.508 hasta su fallecimiento, en 1.545.
Muro izquierdo de la sacristía. con las cuatro tablas de Alejo Fernández.
A Sevilla llegó desde Córdoba, su primera residencia en la península, reclamado por el Cabildo catedralicio, para pintar precisamente estas cuatro tablas, en las que se puede apreciar claramente su transición desde el estilo gótico plateresco hasta el renacentista, prestando más atención a los personajes (podemos apreciarlo en los rostros de San Joaquín y Santa Ana) que a la composición arquitectónica, como vemos en La Presentación en el templo. El maestro creó escuela en la ciudad, abundando los alumnos, colaboradores e imitadores durante ese período.
La Adoración de los Magos. Alejo Fernández, entre 1.508 y 1.512.
La Presentación del Niño en el templo. Alejo Fernández, entre 1.508 y 1.512.
Se conservan grandes obras suyas en Sevilla que ya hemos visto desde las páginas de este blog: La Virgen de los Mareantes, en la capilla de la Casa de la Contratación (interior de los Reales Alcázares), el retablo pintado para Maese Rodrigo de la capilla de Santa María de Jesús o la Virgen de la Rosa de la iglesia de Santa Ana, en Triana.
El Nacimiento de la Virgen. Alejo Fernández, entre 1.508 y 1.512.
El abrazo de San Joaquín y Santa Ana. Alejo Fernández, entre 1.508 y 1.512.
Llegamos a la cabecera de la sacristía. Situados ante las Santas Justa y Rufina, de Francisco de Goya, podemos observar que se trata de un lienzo de tamaño considerable, 309 x 177 centímetros, enmarcado por yeserías platerescas con forma de arco conopial.
Santa Justa y Santa Rufina. Francisco de Goya, 1.817.
La obra fue encargada a Goya (a pesar de su fama de poco clerical) por mediación de su amigo Ceán Bermúdez quién, para asegurarse de la idoneidad de la obra, hizo que el de Fuendetodos elaborase varios bocetos previos al óleo (uno de 47 x 29 centímetros se conserva en el Prado) hasta contar con su aprobación. El maestro fue recompensado con la cantidad de 28.000 reales.
Las santas aparecen representadas vestidas con sencillas túnicas, portando las palmas del martirio y las piezas de loza referentes a su profesión. En el suelo se pueden ver los restos del ídolo pagano que las mártires rompieron y, a los pies de Santa Rufina, el león que la iba a devorar y que, finalmente, terminó lamiéndole los pies. Al fondo se puede ver un plano lejano de la Catedral y, no podía faltar, la Giralda. Una ráfaga de luz divina ilumina el rostros de ambas santas, dotándolos de una serena belleza.
Detalle.
En la esquina del lado derecho podemos ver un aguamanil en el que, siguiendo las directrices del Concilio de Trento, los oficiantes de la Santa Misa debían lavarse las manos antes y después de los oficios. Aunque de pequeñas proporciones (teniendo en cuenta que en esta Catedral todo es grande), se trata de una estructura muy interesante, pues adopta forma de retablo renacentista a escala pequeña. Si lo ampliáramos de tamaño, encajaría perfectamente como puerta del Patio del Cabildo o cualquiera de las dos portadas de acceso a la zona de las estancias capitulares desde la capilla del Mariscal. Y es que, a pesar de su finalidad utilitaria, fue realizado por Asensio de Maeda entre 1.580 y 1.590, con la más que posible colaboración de Juan Bautista Vázquez, el Viejo. Bajo esta estructura plenamente renacentista se sitúa la pila, labrada en un jaspe multicolor que la hace muy atractiva a la vista.
Aguamanil renacentista.
Junto al aguamanil hay colocada una placa de mármol con una frase latina grabada: “Da, Domine, virtutem manibus meis ad abstergendam omnem maculam ut sine pollutione mentis et corporis valeam tibi servire”. Su traducción sería: “Da, Señor, virtud a mis manos, que estén limpias de toda mancha para que pueda servirte con pureza de mente y cuerpo”, que es la oración que decía el sacerdote al lavarse las manos antes de revestirse con las vestiduras sagradas.
Placa de mármol situada a la izquierda del aguamanil.
La traducción sería: "Da, Señor, virtud a mis manos, que estén limpias de toda mancha para que pueda servirte con pureza de mente y cuerpo”.
Nos disponemos ya a recorrer el muro restante, en el que cuelgan las siguientes pinturas:
Virgen del Valle o del Pozo Santo. Alonso Vázquez, 1.597.
Pintor malagueño afincado en Sevilla entre 1.588 y 1.603, cultivó el estilo manierista. Se trata de una pintura sobre tabla, encargada por Beatriz Pérez para ocupar el centro del retablo que tenía en el convento de Santa María de Jesús. Posteriormente pasó a propiedad del deán López Cepero, cuyos descendientes la donaron a la Catedral. Restaurada por el IAPH en 1.999.
Virgen de Gracia con San Pedro y San Jerónimo. Juan Sánchez de Castro, finales del siglo XV. 
Juan Sánchez de Castro es probablemente la figura más representativa de la pintura sevillana de la segunda mitad del siglo XV. Realizó importantes conjuntos para numerosos templos sevillanos como la propia Catedral, el monasterio de San Isidoro del Campo, el antiguo templo de San Ildefonso o San Julián. Desgraciadamente, esta Virgen de Gracia es la única de sus obras que ha perdurado hasta la actualidad. Procede de la iglesia de San Julián, en la que fue descubierta en 1.876, oculta tras un retablo, siendo trasladada posteriormente a la Sacristía de los Cálices de la Catedral. Su estado era desastroso, habiéndose perdido gran parte de los laterales de la zona inferior, incluidos el donante y la firma del autor, que se recuperaron tras una restauración.
San Pedro, papa. Pedro Fernández de Guadalupe, 1.528.
Pintor cordobés, suegro de Alejo Fernández, colaboró a menudo con este y otros artistas de la época como Hernando de Esturnio. Fue pintor de la Catedral de Sevilla durante veintisiete años, siendo esta su obra más representativa. Fue descubierta por José Gestoso en 1.908 en las dependencias del colegio de San Miguel, adonde se cree que llegó procedente de estancias que el Cabildo poseía en el Corral de los Olmos, pues consta que allí existía un retablo dedicado al primer papa.
Calvario con donantes. Luis de Vargas, 1.555. 
Del extremeño de Almendralejo Luis de Vargas ya hemos hablado ampliamente en otras entradas. No está de más, sin embargo, que recordemos su contribución al continuar la labor de Pedro de Campaña en la renovación de la pintura andaluza desde el manierismo al naturalismo. Desgraciadamente, no llegó a Sevilla hasta cumplidos los cincuenta años, lo que limitó considerablemente su producción sevillana.
Ecce Homo con la Virgen y San Juan. Luis de Morales, hacia 1.550. 
Otro extremeño, Luis de Morales, apodado El Divino, alcanzó su total madurez entre 1.550 y 1.570, años en que se le podía considerar el mejor pintor en España tras El Greco. En sus 76 años de vida fue un artista extraordinariamente fecundo, a lo que ayudó el hecho de que sus hijos, Cristóbal y Jerónimo, también pintores, le ayudaran en gran medida en la producción de sus obras. La pieza aquí expuesta nos muestra la duplicidad de su formación pictórica, con fondos negros típicamente flamencos, que contrastan con los brillantes colores de personajes y ropas que nos llevan al Quattrocento italiano.
Piedad, con San Vicente, San Miguel y un donante. 
Juan Núñez, segunda mitad del siglo XV.
Única obra conservada de Juan Núñez, interesante pintor de estilo hispano-flamenco de la segunda mitad del XV. Algunos lo hacen alumno o colaborador de Juan Sánchez de Castro. Es posible que esta obra proceda de algún retablo desarmado por considerarse pasado de moda, conservándose, por fortuna, la pintura.
Calvario. Juan Sánchez de San Román. Finales del siglo XV.
A este pintor se le nombra también como Juan Sánchez II, pues coincidió en tiempo y lugar con Juan Sánchez de Castro. En esta tabla podemos apreciar la influencia de la pintura flamenca, especialmente en la expresividad de los personajes y el amplio paisaje que contemplamos al fondo. La composición está presidida por el Crucificado; a la izquierda se encuentran San Juan, la Magdalena, y la Virgen, figura que posiblemente fuera repintada en el siglo XVI intentando evitar que con su desmayo se desobedecieran las órdenes dictadas por el Concilio de Trento relativas a la iconografía del Calvario. La figura desmayada fue recuperada gracias a una restauración realizada en 1.909.
Beso de Judas y Ecce Homo. Anónimo, hacia 1.500.
Llegados a este punto, nos espera otra gran obra, sobre la puerta de entrada a la capilla: un Crucificado, que unos atribuyen a la escuela de Zurbarán y otros al mismo maestro. En cualquier caso, se trata de una gran pintura; lástima que se encuentre tan alejada del espectador.
Crucificado de ¿la escuela de? Zurbarán.
A los lados de la puerta de entrada están colocadas dos vitrinas con la colección de cálices que dan nombre a la sacristía.
De izquierda a derecha:
1. Cáliz rococó, segunda mitad del siglo XVIII.
2. Cáliz barroco. Escuela sevillana, último cuarto del siglo XVII.
3. Cáliz de plata sobredorada y esmaltes donado por la reina Isabel II. Escuela madrileña, finales del XIX.
4. Cáliz barroco. Escuela sevillana, finales del XVIII.
5. Cáliz barroco de taller gaditano. Finales del XVIII.
De izquierda a derecha: 1. Cáliz barroco sevillano. 1.770.
2. Cáliz neogótico. Escuela española, segunda mitad del siglo XIX.
3. Relicario de San Millán. Escuela mexicana, segunda mitad del siglo XVI.
4. Cáliz neogótico. Escuela española, entre 1.880 y 1.920.
5. Cáliz neobarroco. Escuela española, entre 1.875 y 1.920.
Con esto hemos terminado la visita a la Sacristía de los Cálices, otro de mis lugares favoritos del templo catedralicio sevillano, principalmente por la proximidad que permite a las importantes obras expuestas.