Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

miércoles, 21 de febrero de 2018

Capilla de la Orden Tercera Franciscana.

Como ya hemos comentado en ocasiones anteriores, hay iglesias en esta bendita ciudad que no conoce casi nadie; si acaso, y a lo sumo, los residentes del barrio más cercanos. Ejemplos son las anteriores visitas a la iglesia del Sagrado Corazón o a la dedicada a San Alberto de Sicilia.
Antigua portada del convento de San Pedro de Alcántara (izquierda)
y acceso a la Capilla de la Orden Tercera (derecha).

El motivo principal (que no único) es que en dichos templos no está instalada ninguna hermandad de penitencia. Otro factor que influye sobremanera en su desconocimiento suele ser el escaso horario de apertura (aquí habría que añadir la mayoría de las iglesias conventuales femeninas). 

Consecuencia de todo lo anterior es que cuando se quieren visitar, una vez conocida su existencia, es muy difícil (a veces, prácticamente imposible), poder acceder al lugar deseado. Y este es, precisamente, el caso que nos ocupa, pero además por partida doble. En esta ocasión recorreremos iglesia del antiguo convento de San Pedro de Alcántara y la capilla de la Orden Tercera Franciscana, nuevamente de la mano de Paseos por Sevilla, empresa cultural que se caracteriza precisamente por acercar al ciudadano (sevillanos sobre todo, los guiris nacionales o extranjeros no pasan de “Catedral-Alcázar-Archivo de Indias”) a lugares poco o nada accesibles.
Calle Cervantes.
En este caso, nuestra amiga Virginia nos cita detrás la iglesia de San Andrés, en la esquina de calle Cervantes (no confundir con calle Cardenal Cervantes). Allí, a la altura del número siete, veremos un arco de medio punto con el rótulo “Instituto Martínez Montañés” y, a su lado, un sencillo vano rectangular, flanqueado por sencillas pilastras y coronado por un ático con hornacina ocupada por una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

En este lugar se encontraba el convento de San Pedro de Alcántara, fundado por la Orden Franciscana en el siglo XVII. Aquí llegaron procedentes del desaparecido convento de San Diego (1.580), que ocupaba el lugar de los actuales Casino de la Exposición y Teatro Lope de Vega, y que debieron abandonar debido a las constantes inundaciones que sufría. 
Vista trasera de la iglesia de San Andrés, desde la antigua puerta del convento.
En la calle Cervantes se edificó un cenobio sencillo, sin grandes lujos, de regular tamaño, en el lugar en el que se sitúa el actual Instituto San Isidoro. En los actos de culto participaban, asimismo, los seglares y religiosos que formaban la Orden Tercera Franciscana. A finales de este mismo siglo XVII, los “Terceros” reciben un pequeño solar en terrenos del convento y construyen la actual capilla.
Antigua entrada al convento de San Pedro de Alcántara.
Actualmente forma parte, como indica el rótulo, del instituto San Isidoro.
Llegó el siglo XIX, con los tres acontecimientos tan aciagos para las instituciones religiosas. Durante la invasión napoleónica, el convento es incautado y dedicado a hospital militar; se roban obras de arte, se destruyen otras y se compartimenta su interior para adaptarlo a las  necesidades sanitarias. Curiosamente, la capilla de la Orden Tercera no se vio afectada, ya que sus miembros tuvieron la perspicacia de escriturarla como propiedad privada; esta misma precaución les sirvió para eludir nuevas expropiaciones durante las desamortizaciones de Mendizábal (1.835 y siguientes) y la revolución La Gloriosa, en 1.868 y, en la actualidad, sigue siendo propiedad privada de los miembros de la Orden.
Entrada a la capilla e iglesia.
Los frailes no tuvieron tales cautelas y, aunque regresan al convento en 1.813 tras la expulsión de los franceses, son exclaustrados en el año 35, usándose el edificio como centro de enseñanza, aunque respetando el templo. Tras La Gloriosa, el padre Hornillo se hace cargo del templo e impide su secularización, cosa que consigue definitivamente en 1.895 al ser cedido a las Esclavas del Corazón de Jesús, bajo cuya responsabilidad permanece hoy en día.
Una imagen del Sagrado Corazón de Jesús corona la entrada.
En su configuración actual, iglesia y capilla comparten un atrio como entrada, que es el que se abre a la calle Cervantes. 

Comenzamos ya la visita, no sin antes agradecer a Juan Romero, miembro de la Orden y licenciado en Historia del Arte, su muy extensa disertación sobre la Orden Franciscana, en general, la Orden Tercera, en particular, y el recorrido histórico y patrimonial de ambos templos.
Atrio.
Al traspasar la puerta del número siete de la calle Cervantes nos encontraremos en el pequeño atrio antes nombrado. Al frente está la entrada a la iglesia y, a nuestra derecha, el acceso a la capilla de la Orden Tercera. 
Entrada a la Capilla de la Orden Tercera.
Pasamos a la capilla y comprobamos que tiene planta rectangular, típica de cajón, cubierta por bóveda de cañón dotada de falsos lunetos y dividida en varios tramos. 
Vista general frontal.
Vista general del muro del Evangelio.
Vista general del muro de la Epístola.
Nos situamos a los pies de la capilla; recorreremos la capilla en el sentido de las agujas del reloj. A nuestra izquierda, una hornacina acoge una imagen de Margarita de Cortona, santa italiana que perteneció a la Orden Tercera.
Santa Margarita de Cortona.
 Ya ante el muro del Evangelio, vemos un óleo sobre lienzo que representa La Coronación de Espinas, de finales del XVII o principios del XVIII, de autor anónimo y discreta calidad artística. La cartela superior tiene la siguiente inscripción en latín: 

“Ego dedit tibi sceptrum regale: et tu dedisti capiti meo spineam coronam”
(Yo te di el cetro real: y tú me colocaste la corona de espinas en la cabeza).

Ha sido recientemente restaurado por Inmaculada Espinosa. 
La Coronación de Espinas.
A su lado, una hornacina acoge el retablo de la Virgen del Carmen, de estilo rococó, con abundante rocalla y adornos vegetales. La imagen de la Virgen es barroca, de autor anónimo y siglo XVIII. Se nos muestra sosteniendo al Niño con el brazo izquierdo y portando en el derecho un escapulario, según la escena en que se aparece a San Simón indicándole que los que portasen un escapulario en el momento de su muerte se librarían de la estancia en el Purgatorio.
Retablo de la Virgen del Carmen.
A continuación, cuelga del muro una pintura sobre tabla con la imagen de San Agustín, representado como obispo, con pluma y libro en su mano derecha, como símbolo de prolífico autor de textos religiosos, y una maqueta de iglesia, atributo de los fundadores de una orden. Esta tabla es, en realidad, la puerta de un tabernáculo que seguramente pertenecía al primitivo convento de San Diego. Cuando se abre, comprobamos que está dotada de compartimentos y decorada con símbolos franciscanos. Gemela de esta es la tabla de enfrente que representa a San Andrés.
San Agustín de Hipona.
Parte trasera de la tabla de San Agustín, adornada con símbolos franciscanos.
San Francisco liberando a las ánimas del Purgatorio es la siguiente pintura, de gran tamaño, que cuelga de este muro del Evangelio. Se trata de una obra de buena calidad, atribuida a Esteban Márquez, discípulo directo y aventajado de Murillo, datada a finales del XVII o principios del XVIII. Nos cuenta el momento en que San Francisco, ya fallecido, se aparece al hermano fray Juan de Alverna para contarle que, por su vida dedicada a la penitencia y dedicación a Jesús, Dios le había concedido la facultad de liberar almas del Purgatorio.
San Francisco liberando a las ánimas del Purgatorio.
Como concepto, el Purgatorio no aparece en ninguno de los Evangelios, sino que se trata de una aportación del siglo XII (incrementada durante los siglos XV y XVI durante los Concilios de Florencia, Lyon y Trento), cuando se establece que las almas de los que no eran puros al morir pero no habían cometido pecados mortales podrían, tras una etapa de expiación y purificación en este lugar, acceder al Cielo.
Muro del Evangelio.
Finalizamos el recorrido ante el muro del Evangelio contemplando tres pinturas que cuelgan del mismo:
· Vanitas. Típica representación durante los siglos XVII y XVIII de la fugacidad de la vida terrena con el inevitable triunfo de la muerte. Vemos los atributos que aluden a este asunto, como el cráneo, la pompa de jabón, la vela y el reloj de arena. Aparecen palabras como "sierta" (la muerte), "yncierta" (la hora) y "breve" (la vida), Estilo barroco y autor anónimo.

Vanitas. 
· Muerte de San José. Los Evangelios relatan que el padre de Cristo en la Tierra falleció antes que su hijo. Por su parte el texto apócrifo Historia de José, el carpintero nos cuenta que vivió hasta los ciento once años, recibiendo el consuelo de Jesús y evitando así una larga agonía. Es por ello que San José está considerado como patrón de la buena muerte. Autor anónimo, principios del siglo XVIII. Se trata de un tema poco frecuente en el arte cristiano.
Muerte de San José.
· Santos de la Orden Tercera. Se representa como un árbol, en cuyas raíces aparece San Francisco, del que parte un tronco dotado de numerosas ramas ocupadas por santos de la Orden y en cuya copa podemos ver la Santísima Trinidad. 
Árbol de San Francisco.
Azulejo que recuerda la pertenencia a la Orden Tercera del cardenal Spínola.
Ya estamos ante el Altar Mayor. Ocupa todo el testero tras él una pintura mural que nos muestra un grupo de ángeles que recogen un gran cortinaje.

La abundante decoración de volutas y motivos vegetales y geométricos del altar delata su estilo barroco, casi rococó, estando fechado a principios del siglo XVIII. No se conserva documentación sobre el autor o autores.
Altar Mayor.
Un arco de medio punto aloja el retablo con un cuerpo de tres calles y ático, en tanto que a los laterales aparecen dos hornacinas aveneradas, coronadas por dos escudos: el de la orden dominica a la izquierda, y el emblema típico franciscano en el que se cruzan los brazos de Cristo y de San Francisco, con la cruz del martirio tras ellos.
Ático del Altar Mayor.
Las figuras representadas son las siguientes, de izquierda a derecha:

· Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos, del que ya hablamos largo y tendido en la entrada correspondiente a la iglesia de la Magdalena. 
Santo Domingo de Guzmán.
· San Ivo (o Yvo, de Yves, su nombre de nacimiento). Terciario de la Orden Franciscana, nació en Kermatín (Bretaña francesa) hacia 1.248. Estudió Teología y Derecho en la Universidad de París y en Orleáns, y fue nombrado provisor (juez eclesiástico) en Rennes, siendo a la vez párro­co. Fue famoso por defender gratuitamente a los pobres y desamparados y por dedicarse a la pastoral y a la predicación.
San Ivo.
San Ivo es el patrón de los juristas, los magistrados, los procuradores y los profesores de Derecho.Por esta razón, suele representarse con la toga negra de los abogados, aunque en este caso muestra capa negra y hábito del mismo color, ceñido por un cíngulo dorado. Luce en su mano derecha un rollo de pergamino. 

· Virgen de la Aurora. Atribuida a José Montes de Oca (siglo XVIII), es la titular de esta capilla y, por ello, preside el Altar Mayor. Se representa sosteniendo al Niño Jesús (de escala claramente menor) con el brazo izquierdo y portando un rosario en el derecho. Sus atributos, corona, ráfaga, media luna, están labrados en plata de ley. Su festividad se celebra el ocho de septiembre, tradicionalmente considerada como fecha del Nacimiento de la Virgen.
Virgen de la Aurora.
· Santa Clara. Fue la fundadora de la rama franciscana femenina, las Clarisas. Se nos muestra con el tradicional hábito marrón de la orden, cíngulo dorado con tres nudos y custodia en la mano derecha.
Santa Clara de Asís.
· San Francisco de Asís. Es la imagen más antigua del retablo y la de mejor calidad artística. El santo franciscano sostiene un banderín (como fundador de orden religiosa) con la mano derecha y un crucifijo en la izquierda. Se viste con hábito d terciopelo morado, ricamente bordado con hilos de oro.
San Francisco de Asís.
Todas las imágenes del altar son de autor desconocido, estilo barroco y siglo XVIII, a excepción de la Virgen de la Aurora, algo más antigua.
Al iniciar el recorrido por el muro de la Epístola (recordemos que circulamos en el sentido de las agujas del reloj) veremos un óleo de buen tamaño sobre lienzo que nos muestra la escena de La curación del paralítico en la piscina probática; obra de buena calidad, es atribuida con fundamento a Peter van Lint, en el siglo XVII. Seguramente fue el cuadro en el que se inspiró Murillo para realizar su pintura sobre el mismo tema que llevó a cabo para el Hospital de la Caridad.
La curación del paralítico en la piscina probática. Atribuido a Peter van Lint, siglo XVII.
Junto al anterior, sobre la puerta de la sacristía, cuelga la representación de pictórica de La Virgen entregando el Niño Jesús a una venerable franciscana. Es obra anónima del siglo XVIII. La franciscana que recibe el Niño es sor María Jesús de Agreda, una monja soriana del siglo XVII que destacó en aquellos tiempos por su gran devoción a la Inmaculada Concepción. Llegó a ser consejera (espiritual y política) del rey Felipe IV y alcanzó gran fama por diversos episodios de éxtasis y visiones. Se consideraba que poseía el don de bilocación y que había predicado entre los indígenas de Nuevo México antes de que llegaran allí los primeros exploradores españoles. A este respecto, recomiendo la lectura de La Dama Azul, de Javier Sierra (reciente Premio Planeta), en que se relata con todo detalle la vida de la venerable franciscana.
La Virgen entregando el Niño Jesús a sor María Jesús de Agreda.
Un gran cuadro, La Inmaculada Concepción, reflejada al estilo del siglo XVII, anónimo y de discreta calidad, vemos al otro lado de la puerta de la sacristía. 
Inmaculada Concepción.
Le sigue una pintura sobre tabla con representación de San Andrés, gemela a la frontera de San Agustín. Al igual que esta, posee en su interior diversos compartimentos adornados con motivos franciscanos.
San Andrés.
Reverso de San Andrés, con los símbolos franciscanos.
Terminamos el recorrido de este muro ante en retablo de San Clemente, gemelo igualmente del retablo de la Virgen del Carmen, y una pintura con la escena de La Flagelación, del mismo autor que la del muro del Evangelio.
Retablo de San Clemente.
La Flagelación de Cristo.
A los pies de la capilla, en este lado de Epístola se sitúan dos imágenes, un Niño Jesús de estilo montañesino en el interior de una vitrina y una tosca escultura de San Pedro de Alcántara. El Niño, fechado en el siglo XVIII y vestido con ropas del XIX, fue restaurado en 2.013.
Niño Jesús.
San Pedro de Alcántara.
En una segunda visita pudimos acceder a la azotea, desde la que se podía contemplar la espadaña de la iglesia, invisible desde cualquier otro lugar.
Vista desde la azotea.
Espadaña.
En la campana se observa una cruz en relieve, realizada a base de pequeños rombos con estrellas de ocho puntas en su interior. En la cenefa superior se alcanza a leer "SAN PEDRO DE" y en la inferior aparece la fecha 1761 o 1751 y las palabras "SE HIZO".
Finalizada la visita, podemos concluir que se trata de una capilla bien cuidada, con abundantes muestras artísticas, tanto de pinturas como esculturas, entre las que destacan por encima del discreto nivel artístico general, la Virgen de la Aurora y San Agustín en el retablo Mayor, y los lienzos de San Francisco liberando a las ánimas del Purgatorio y La curación del paralítico en la piscina probática.

Agradecer una vez más a Virginia, de Paseos por Sevilla, por organizar estas visitas tan interesantes como poco habituales y, en especial, a Juan Romero, hermano de la Orden, por sus muy extensas explicaciones.

El recorrido de la iglesia de San Pedro de Alcántara, que se realizó el mismo día, quedará reflejado en la siguiente entrada.