Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 13 de agosto de 2011

El Museo de Bellas Artes de Sevilla -III y final. La planta alta.

Las Salas VI a XIV se encuentran en la planta alta, a la que llegamos subiendo la escalera imperial que ya habíamos admirado antes de entrar en la iglesia, entre el Claustro Mayor y el Patio de los Bojes.

Una vez arriba comprobamos que la Sala VI consiste en la galería alta (y cerrada) que rodea el Patio de los Bojes. A un lado y otro del pasillo se exponen obras del barroco, según detallamos a continuación.

SALA VI. El barroco español y sevillano. 
Con la segunda generación de artistas del siglo XVII, en la escuela sevillana se supera la tradición manierista y se impone el naturalismo. Esta evolución se manifiesta en la obra de Zurbarán, quien solía inspirarse en esquemas pretéritos e introduce elementos tomados directamente de la realidad. Pintor monástico por excelencia, son famosos los ciclos  como el del convento de la Merced, fechado en 1.628, del que sólo se conservan dos retratos realizados con la colaboración del taller, San Carmelo y San Pedro Pascual.
Vista general de la Sala VI. Se trata, en realidad,
de la galería alta que rodea al Patio de los Bojes.
Fueron numerosos los seguidores de las fórmulas que tanta fama dieron a Zurbarán. De uno de ellos, o quizás del taller con alguna colaboración del maestro, son la serie de santas conservadas en el museo que, por el sentido compositivo de procesión, debieron ser concebidas para situarse en la nave del templo más que para ser dispuestas en un retablo. También de inspiración zurbaranesca es el apostolado que se viene atribuyendo a Francisco Polanco.

El granadino Alonso Cano estuvo vinculado a la escuela sevillana en la primera etapa de su vida antes de marchar a Madrid en 1.638. A este período pertenecen las obras San Francisco de Borja y Las Ánimas del Purgatorio que guarda el museo.

Francisco de Herrera, el Mozo fue el introductor del espíritu barroco, que triunfará plenamente con Murillo y Valdés Leal. Dentro del amplio círculo de artistas influenciados por Murillo se sitúan Matías de Arteaga, Juan Simón Gutiérrez y Cornelio Schut.
Niño Jesús dormidoCornelio Schut, siglo XVII.
Schut fue un pintor flamenco que desarrolló toda su producción en España, con claras influencias de Murillo y Zurbarán. Destacó como retratista y dibujante, firmando obras tanto en Sevilla como en Cádiz, donde fue muy valorado por el obispo Alonso Vázquez de Toledo.
Inmaculada Concepción. Cornelio Schut, 1.680.
Santo Tomás de Aquino. Francisco de Herrera, el Mozo, 1.645. Donación Álvarez-Ossorio.
Hijo de Herrera, el Viejo, se formó en el taller paterno y en Italia, estableciéndose en Madrid en 1.650. Pertenece a la primera generación de artistas que renovaron la pintura madrileña con la introducción de un nuevo lenguaje plenamente barroco. La obra Santo Tomás de Aquino debió de realizarla durante su estancia en Sevilla, donde permaneció hasta 1.660, año en el que aparece como uno de los fundadores de la Academia de Pintura y también el de su definitivo regreso a Madrid.
San Jerónimo penitente en su estudio. Sebastián de los Llanos Valdés, 1.669.
Realizó prácticamente toda su producción en la ciudad de Sevilla, donde se cree que nació. Alumno de Herrera, El Viejo, su obra muestra influencias de éste y, sobre todo, de Zurbarán. Fue presidente durante muchos años de la Academia de Dibujo, en la parroquia de san Lucas. En sus pinturas destaca claramente el tenebrismo típico de Zurbarán y de algunos autores genoveses. Fue el primero en pintar cabezas degolladas (de san Pablo y san Juan Bautista de la iglesia del Salvador de Sevilla), que tuvieron tanto éxito que fueron imitadas por numerosos artistas.
San Joaquín. Juan Simón Gutiérrez, 1.700.
Natural de Medina Sidonia, se trasladó prontamente a Sevilla, donde se adaptó plenamente a la  corriente murillesca de la época. Perteneciente también a la Academia, quedan pocas obras firmadas por él y otras pocas atribuidas a sus pinceles.
Santa Ana. Juan Simón Gutiérrez, 1.700.
Naturaleza muerta. Pedro de Camprobín, 1.666.
Cofundador de la Academia de Dibujo y Pintura de Sevilla, comenzó trabajando el dorado y estofado de tallas. Más tarde se especializó en bodegones, ramos de flores y frutas. La única pintura de figuras que firmó fue la Magdalena penitente que se conserva en la iglesia del Salvador, de Sevilla.
Primavera. Francisco de Barrera, 1.638.
La serie de las cuatro estaciones es el conjunto de bodegones de temporada más conocido de los que realizó el pintor madrileño Francisco Barrera para el convento de los Franciscanos Descalzos, de Villamanrique de la Condesa. Se trata de cuatro grandes lienzos pintados en 1638, en los que se representa junto a las figuras alegóricas, un gran despliegue de productos naturales y platos cocinados propios de cada estación acompañados de vistas de paisajes. La alegoría de la primavera responde a la tradición iconográfica para esta representación, una figura femenina coronada de flores.
Otoño. Francisco de Barrera, 1.638.
Verano. Francisco de Barrera, 1.638.
El incendio de Troya. Francisco Gutiérrez Cabello, 1.657.
Pintor especializado en la pintura de perspectivas arquitectónicas fantásticas con acompañamiento de historias tomadas generalmente de la Biblia  y más raramente de la historia troyanaEl número de pinturas de este carácter es relativamente abundante y en los últimos tiempos se han ido incorporando algunas más al catálogo de sus obras, generalmente firmadas con el anagrama FGz, como sucede en esta obra.
San José recibiendo en Heliópolis. Francisco Gutiérrez, 1.657.
Jacob con el rebaño de Labán. Francisco Antolínez.
Artista sevillano que aprendió pintura en el taller de Murillo, después de estudiar leyes. Hombre de elevada cultura, pero de carácter extravagante y un tanto pendenciero, no logró mantener mucho tiempo ningún empleo en su oficio de abogado. Renegaba de su éxito como pintor, que ejercía en ratos libres, por considerarlo un oficio mecánico y menor. Sin embargo, consta que ganó bastante más dinero con la pintura que con la abogacía. Se especializó en lienzos de pequeño formato, que realizaba con gran rapidez, y vendía en series de seis, ocho o doce, con gran aceptación popular, sobre todo en monasterios y conventos, pues solían ser de temática religiosa.
Invierno. Francisco de Barrera, 1.638.
Vista de conjunto de las santas que Zurbarán pintó
para el Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Marina. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Engracia. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Catalina. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Inés. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Dorotea. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. 
Fueron numerosos los seguidores de las fórmulas que tanta fama dieron a Zurbarán. De alguno de ellos o quizás del taller con alguna colaboración del maestro, es la serie de santas procedentes del Hospital de la Sangre de Sevilla, conservadas en el museo. Santa Dorotea se presenta de perfil llevando una bandeja de cestería con las rosas y manzanas que milagrosamente le trajo un ángel para salvarla así del martirio. Lleva un hermoso vestido abullonado, como es habitual en estas series, en las que los trabajos de las telas y bordados, están realizados con especial primor.
Santa Eulalia. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Barbara. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Matilda. Taller de Zurbarán, hacia 1.650. Hospital de las Cinco Llagas.
Santa Lucía. Bernabé de Ayala.
San Roque. Bernabé de Ayala.
Pintor del que se conocen pocos datos, hubo de tener cierto prestigio entre los maestros y los talleres de este importante siglo XVII sevillano, pues vemos su firma como cofundador de la Academia sevillana junto a Murillo, Valdés Leal, Francisco de Herrera, Cornelio Scout, Sebastián de Llano y Valdés entre otros afamados maestros. Todos los investigadores parecen de acuerdo para instalarlo en el grupo de los discípulos de Francisco de Zurbarán. Este Museo cuenta con seis de sus obras, existiendo otras en las iglesias de esa ciudad y de Madrid.
El Niño de la Espina. Zurbarán, 1.630.
Cristo crucificado. Zurbarán, 1.635. 
La imagen del Crucificado fue ampliamente tratada por Zurbarán en sus dos modelos iconográficos: el Cristo muerto con la cabeza inclinada y el Cristo vivo que la alza, reproduciendo el pasaje bíblico en el que se dirige  a Dios Padre para decirle “¿Por qué me has abandonado?”.
Zurbarán pintó este lienzo en torno a 1.630-35 para el convento de Capuchinos de Sevilla. Forma parte de los cinco que, de su mano o con colaboración del taller, conserva el Museo. Son pinturas muy tenebristas en las que, sobre un fondo oscuro, destaca con enorme fuerza plástica,  la figura de Cristo crucificado con cuatro clavos, tal como preconizaba Pacheco que debía ser representado.
Jesús entre los doctores. Zurbarán, 1.629. Convento de la Trinidad Calzada.
San Carmelo. Zurbarán, 1.630. Convento de la Merced Calzada.
Inmaculada Concepción. Ignacio de Ríes.
Fue otro de los discípulos de Murillo, probablemente de ascendencia italiana. Su vida es también muy poco conocida y su obra más conocida es la serie de cuatro piezas que se conserva en la capilla de la Concepción de la catedral de Segovia:  Alegoría del árbol de la vida,  El martirio de san Hermenegildo, Conversión de san Pablo y El Bautismo de Cristo.
Detalle de la pintura anterior.
San Pedro Pascual. Zurbarán, 1.630. Convento de la Merced Calzada.
Detengámonos un poco en san Pedro Pascual. Oriundo de Valencia, fue compañero de estudios de san Buenaventura y santo Tomás de Aquino. Ingresó en la Orden de la Merced, dedicándose a la redención de cautivos. Nombrado obispo de Jaén en 1.296, fue capturado por los mahometanos durante una visita visita a su diócesis y encarcelado en Granada. En el curso de su cautividad escribió varias obras para la difusión de la fe cristiana y la redención de los cautivos, entre ellas la Biblia Parva, redactada en valenciano. Finalmente, moriría decapitado en diciembre del año 1.300.

Sin embargo, hay muchas discrepancias sobre la identidad de san Pedro Pascual e incluso hay una tesis que niega su existencia. Esta última no es creíble, ya que está recogida en los Fueros Reales concedidos a Burgos en 1.294  la presencia de un tal "D. Pasqual, Obispo de Jahen". Lo que sí parece cierto es que en su "biografía oficial" se mezclan tres personajes: un mercedario llamado Pedro Pascual, un obispo mártir de Jaén llamado y un tal Pedro de Valencia que fundó un monasterio en Toledo. La discusión académica continúa en la actualidad.
Santiago el Mayor. Francisco Polanco, 1.640. Convento de Capuchinos.
Jiennense de Cazorla, Polanco completó su formación en Sevilla, donde recibió influencias tanto de Zurbarán como de Murillo. Personaje muy poco conocido en la actualidad, tan solo se sabe de él que tuvo un hermano, Miguel, también pintor, y que fue enterrado en la iglesia de la Magdalena. En la última etapa de su vida se especializó en representaciones de ángeles.
Santiago el Menor. Francisco Polanco, 1.640. Convento de Capuchinos.
Escritorio. Finales del XVI-principios del XVII.
Frente a este bonito bargueño (estos muebles reciben ese nombre porque se fabricaban en Bargas, Toledo), justo arriba de la escalera imperial, ya que hemos dado la vuelta completa a la galería alta, se encuentra la entrada de la siguiente Sala.

SALA VII. Murillo y sus discípulos. 
Se trata de una sala pequeña, presidida por una mesa de época realizada en madera tallada profusamente adornada, con tapa de mármol verde jaspeado. A su alrededor se exponen obras de Murillo y sus seguidores más cercanos: Meneses Osorio, Núñez de Villavicencio y Simón Gutiérrez, que imponen el estilo que caracterizará la pintura sevillana hasta el siglo XVIII.
Vista general de la Sala VII desde la entrada. Al fondo, la puerta de paso hacia la Sala VIII.
San Jerónimo penitente. Murillo, 1.665.
Estigmatización de san Francisco. Murillo, 1.645-1.650. Colección Maestre.
Virgen con el Niño. Anónimo del taller de Murillo, 1.680. Convento de Capuchinos.
San Agustín y la Trinidad. Murillo, 1.664. Convento de la Trinidad.
Santo Tomás de Villanueva y el Crucifijo. Murillo, 1.664-1.670.
Convento de san Agustín.
San Agustín con la Virgen y el Niño. Murillo, 1.664.
Convento de san Agustín.
San José con el Niño. Francisco Meneses Ossorio, 1.684.
Muy vinculado a Murillo, sus primeras obras datan de 1663. Formó parte de la Academia sevillana entre 1.666 y 1.672. A la muerte de Murillo en 1.682, tras caer de un andamio cuando se encontraba trabajando en las pinturas para el altar mayor de los capuchinos de Cádiz, fue Meneses quien se encargó de concluir el lienzo central de Los Desposorios místicos de Santa Catalina que aquél había dejado inconcluso, así como la autoría completa de los cuadros que ocupaban los laterales, actualmente en el Museo de Cádiz.
Entre sus obras, alguna vez asignadas al propio Murillo, como ha ocurrido con el San Pedro Nolasco ante la Virgen del Museo de Bellas Artes de Sevilla, pueden citarse el San Juan Bautista niño del mismo Museo y la Dolorosa del convento de la Encarnación de Osuna, fechada en 1.703.

Inmaculada. Pedro Ñúnez de Villavicencio.
Este pintor constituye un caso aparte en la pintura española de la época. Núñez de Villavicencio era de familia noble. Su padre fue almirante de la Armada española y él mismo ingresó en la orden de San Juan de Jerusalén en 1661. Al parecer solo tomaba los pinceles cuando sus obligaciones políticas se lo permitían. De estilo muy semejante al de Murillo, a quien le unía una gran amistad, sus temas preferidos eran las escenas populares con muchachos callejeros y el retrato.

San Juan Bautista Niño. Francisco Meneses Ossorio.
Depósito Museo Santa Cruz de Toledo.
Aparición de la Virgen a san Pedro Nolasco. 
Alonso Miguel de Tovar, 1.723. Convento de la Merced.

Seguidor aventajado de Murillo, dedicó el grueso de su labor a dos aspectos pictóricos: la copia de obras del propio Murillo y el retrato, llegando a considerársele como el mejor retratista de la Sevilla de su época. Su fama llegó a la corte de Madrid, desde donde Isabel de Farnesio le reclamó a su servicio. Fue el autor, siguiendo las instrucciones de fray Isidoro de Sevilla, de la plasmación en tela de La Divina Pastora, tal y como se la representa hasta la actualidad.
En la actualidad, estas tres últimas pinturas han sido sustituidas por la recién restaurada:
Santo Domingo confortado por la Virgen y las Sagradas Mártires, de Juan Simón Gutiérrez. Convento de san Pablo, hacia 1.710.
Natural de la ciudad gaditana de Medina Sidonia, se trasladó a Sevilla, donde entra en contacto con Murillo. Consta su pertenencia a la Academia de Pintura entre 1.664 y 1.667, siendo nombrado en 1.680 alcalde alamir, o sea, responsable del examen de ingreso de los nuevos alumnos. Solo se conservan dos obras firmadas: la que aquí vemos y  la Virgen con el Niño y santos agustinos, fechada en 1.686, y conservada en el convento de la Trinidad de Carmona.
SALA VIII. Juan de Valdés Leal.
Nacido y fallecido en Sevilla (1.622-1.690), Juan de Valdés Leal marchó en 1.647 a Córdoba, lugar en el que transcurre la primera parte de su vida y donde se define su estilo, en el que se perciben las influencias del naturalismo imperante en la escuela sevillana y del pintor que dominaba el panorama pictórico cordobés, Antonio del Castillo. Sus primeras obras conocidas son importantes conjuntos, como la serie para el convento de santa Clara, de Carmona (1.652-53) y el retablo del convento del Carmen, de Córdoba (1.655-56).
Sala VIII. Vista general desde la entrada.
En 1.657 regresa definitivamente a Sevilla, fundando junto con Murillo y Herrera el Joven la Academia de Pintura, de la que llegaría a ser Presidente. La década 1.660-1.670 marca su plenitud artística, produciendo la serie de la vida de san Jerónimo para el monasterio de Buenavista y la de san Ignacio para la Casa Profesa de la Compañía de Jesús.

En 1.672 recibe el encargo de su amigo Miguel Mañara para el exorno de la iglesia del Hospital de la Caridad, para la que pintó los "Jeroglíficos de las Postrimerías", In ictu oculi  y Finis gloriae mundi y, en el trascoro, El Triunfo de la Fe. que ya pudimos admirar en la visita que hicimos al Hospital en el mes de marzo.
Sala VIII. Vista general desde la salida.
Estas obras evidencian la personalidad artística de Valdés, su estilo directo y enérgico, la técnica abreviada y suelta y el rico cromatismo de sus composiciones, que lo convierten en uno de los principales autores del barroco español.
Asunción de la Virgen. Valdés Leal, 1.672. Convento de san Agustín.
Posiblemente los mejores cuadros del altar que Valdés realizó fueron los de los retablos colaterales del convento de san Agustín de Sevilla, La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen (1.670-1.672). Son pinturas de aparatosas y dinámicas composiciones, con logrados efectos de luces y sombras en las figuras situadas en el primer plano sobre fondos en los que una pincelada fluida disuelve las formas. La composición describe una marcada diagonal que acentúa el ritmo ascendente desde un ámbito terrenal de luces crepusculares hasta la zona de rompimiento de gloria, donde vibrantes tonalidades áureas intensifican la sensación espacial de ingravidez.
El Milagro de las Abejas. Valdés Leal, 1.673. Palacio Arzobispal.
San José con el Niño Jesús. Valdés Leal, 1.675.
San Ignacio exorcizando a un endemoniado. Valdés Leal, 1.636-40.
Casa Profesa Compañía de Jesús.
San Francisco recibiendo la ampolla de agua. Valdés Leal, 1.665.
San Ignacio recibiendo del Cielo el nombre de Jesús. Valdés Leal, 1.637.
Casa Profesa Compañía de Jesús.
Dolorosa. Pedro de Mena, 1.658-70. Procede de la Colección González Abreu.
Imaginero religioso granadino, mantuvo dos talleres funcionando simultáneamente durante más de treinta años. Uno en Granada, heredado de su padre, el también imaginero Alonso de Mena, y otro en Málaga, ciudad a la que se trasladó para realizar una de sus obras más conocidas. En esta ciudad ejecutó gran cantidad de encargos, especialmente para órdenes religiosas. Su estilo tiene grandes influencias de su padre y de Alonso Cano, con el que compartió taller varios años. Dominó con gran perfección tanto las labores de talla como las de policromía.
San Juan Bautista Niño. Pedro de Mena, 1.674. Colección González Abreu.
La imagen representa a san Juan Bautista Niño o "San Juanito",  desnudo y portando báculo en su mano izquierda. Tanto el tratamiento corporal con la pierna derecha ligeramente adelantada como la talla del cabello sitúan a esta pieza dentro de los modelos propios del siglo XVII.
San Ignacio y san Francisco contemplando la Eucaristía.  Valdés Leal, 1.674.
Casa Profesa Compañía de Jesús.
Curiosa inscripción en la zona inferior derecha del cuadro que no he podido descifrar. Tan solo interpreto que al final pone "eterno".
Aparición de la Virgen a san Ignacio en Pamplona. Valdés Leal, 1.664.
Casa Profesa Compañía de Jesús.
Aparición de Cristo a san Ignacio camino de Roma. Valdés Leal, 1.664.
 Casa Profesa Compañía de Jesús.
San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa. Valdés Leal, 1.660.
Casa Profesa Compañía de Jesús.
Asunción de la Virgen. Valdés Leal, 1.680.
El taller de Nazareth. Valdés Leal, 1.680-84. Donación BBV.
Fray Alonso Fernández Pecha. Valdés Leal, 1.657.
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
Fray Juan de Ledesma. Valdés Leal, 1.657.
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
Detalle de la pintura anterior.
Flagelación de san Jerónimo. Valdés Leal, 1.657. Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
La interesante serie de la vida de San Jerónimo fue realizada por Valdés Leal para decorar la sacristía del convento hispalense de San Jerónimo de Buenavista. La constituyen dieciocho lienzos en los que se narran episodios de la vida del Santo y se ensalza la historia del la orden religiosa con la presentación de sus principales miembros, algunos vinculados a la vida del propio convento. Se inicia la serie con El Bautismo de San Jerónimo, firmado y fechado por Valdés en 1.657. Mucho más afortunadas son las escenas de La Tentación y La Flagelación, espléndidamente resueltas con la intensidad dramática y vigoroso cromatismo característicos del pintor. Fuera de España se encuentran los episodios de San Jerónimo discutiendo con los rabinos y La muerte de San Jerónimo.
Fray Pedro de Cabañuelas. Valdés Leal, 1.657.
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
Fray Fernando de Talavera. Valdés Leal, 1.657.
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
Inmaculada. Valdés Leal, 1.672. Convento de san Agustín.
Fray Pedro Fernández Pecha. Valdés Leal, 1.657. 
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
Bautismo de san Jerónimo. Valdés Leal, 1.657. 
Monasterio de san Jerónimo de Buenavista.
SALA IX. Pintura barroca europea.
La colección de pintura barroca europea, aunque no muy amplia, incluye interesantes muestras de arte italiano y flamenco del siglo XVII.
Sala IX. Vista general desde la entrada.
La escuela italiana mejor representada es la napolitana. A ella pertenece Giovanni Battista Caracciolo, cuya obra La degollación del Bautista le confirma como seguidor del tenebrismo de Caravaggio. Este mismo recurso expresivo consistente en presentar los personajes y objetos sobre un fondo oscuro, destacándoles con una iluminación dirigida e intensa, es usado por Mattia Preti en la escena de Cristo resucitado en el Cenáculo. El tenebrismo ignora el fondo de paisaje y realza los objetos, la naturaleza muerta, género que experimenta un gran desarrollo en el barroco.El Bodegón con uvas y manzanas, atribuido a Giambattista  Ruoppolo, constituye una interesante muestra de este género, que también está representado en el museo con los refinados Floreros de la pintora Margarita Caffi.

La otra gran corriente de la pintura italiana, el clasicismo, está presente en la obra Jonás predicando al pueblo de Nínive, de Andrea Vaccaro.
Retrato de una dama. Cornelis de Vos, hacia 1.630. Colección González Abreu.
Pintor de origen flamenco, cultivó la pintura de temática religiosa y mitológica, la histórica, el bodegón y el paisaje. Pero, sobre todo, destacó como retratista, donde se observa la influencia de Van Dyck, y llegó a ser considerado uno de los principales retratistas flamencos. Colaboró en diversas obras de gran tamaño con Rubens.
Adoración de los pastores. Pietr van Lint, 1.650.
Nacido en Flandes, comenzó copiando retablos de Rubens. Más tarde residió durante siete años en Roma, tras los cuales regresó a Amberes, donde desarrolló su formación clásica. Se dedicó principalmente pequeñas obras devocionales especialmente ideadas para los mercados de España y América.
San Sebastián. Taller de Ribera, 1.630. Colección González Abreu.
Santiago Apóstol. José de Ribera, 1.634. Colección González Abreu.
La mayor parte de la vida de Ribera transcurrió en Nápoles bajo la protección de los virreyes españoles. En la formación de su estilo y sensibilidad fue fundamental la influencia italiana. Sus primeras obras le atestiguan como seguidor de Caravaggio, cuyo naturalismo tenebrista caracterizará su estilo, que también se vio enriquecido por el clasicismo romano-boloñés y el pictoricismo y colorido venecianos. Son numerosos los testimonios que se conservan de las pinturas que realizó de figuras aisladas de santos, como esta serena y equilibrada de Santiago Apóstol. Sorprende esta obra por la sabiduría en el uso de la luz y el potente modelado de seguro dibujo en cuyo dominio debió de ser fundamental su excelente maestría como grabador.
Santa Teresa de Jesús. José de Ribera, 1.630. Donación don Juan de la Cámara y Urzáiz.
La degollación del Bautista. Giovanni Battista Caracciolo, Battistello, 1.630.
Artista napolitano, uno de los mejores discípulos de Caravaggio, cultivó durante toda su producción el estilo tenebrista típico de su maestro. Viajó a Roma, Florencia y Génova para completar su formación, lo que suavizó un poco el tenebrismo de sus obras.
Cristo resucitado en el Cenáculo. Mattia Preti, Il Cavaliere Calabrese,1.675. 
Donación Peralbo Godoy.
Alumno de Caracciolo, fue otro artista fuertemente influenciado por el tenebrismo de Caravaggio. Viajó a París, Flandes, Madrid y Malta, lugar este último en el que realizó una serie de lienzos y frescos, e incluso obras arquitectónicas.
Florero. Margarita Caffi, 1.700. Donación doña Luisa Cortés Soto.
Hija de Vincenzo Volò, pintor de naturalezas muertas, se especializó en la pintura de bodegones de flores y frutas. Se casó con Francisco Ludovico Caffi, también pintor dedicado en exclusiva a la pintura de flores.
Bodegón con uvas y manzanas. Giambattista Ruoppolo, 1.670.
Colección González Abreu.

Pintor napolitano, fue destacada figura de la pintura de género del siglo XVII. Se especializó en naturalezas muertas, evolucionando de un riguroso naturalismo hacia el barroco con ricos trofeos vegetales o marinos.
Adoración de los Reyes. Cornelis de Vos, 1.630. 
Batalla. Sebastian Vranckx, 1.640. Colección González Abreu.
Aunque cultivó diversos estilos, es conocido sobre todo por sus escenas de batallas. Estos cuadros representan a veces acontecimientos históricos concretos, pero generalmente se trata de escenas imaginadas de enfrentamientos entre ejércitos, en las que se presta gran atención a los detalles.
Vista de Sevilla. Louis de Caullery.
El francés Louis de Caullery nunca viajó a España, pero trabajó por encargo de aristócratas españoles y su dedicación fundamental fue la pintura de escenas de la Pasión de Cristo, mitologías, alegorías, escenas históricas y de género, a los que se añaden el de las arquitecturas y paisajes de ciudades y parques. La obra fue adquirida en subasta por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 2.003 y, después de restaurada, expuesta en el Museo.
Carro de Neptuno (salero). Anónimo barroco europeo, siglo XVII.
El barroco es el período de esplendor de la orfebrería europea y esto queda reflejado en la colección del museo con una importante obra que, procedente de la colección de los marqueses de Blanco Hermoso, fue adquirida por la Junta de Andalucía en 1.988. Realizado en plata, plata dorada y cristal, representa el carro de Neptuno conducido por el dios que surge del agua tirado por hipocampos y acompañado de varias figuras antropomórficas y de animales. En esta pieza, que está realizada en época temprana, sobresalen características que van a ser propias del Barroco como son el dinamismo y la expresividad del grupo, que está tratado de manera escultórica.
El Paraíso Terrenal. Jan Brueghel de Velours, hacia 1.610. Colección González Abreu.
Hijo de Pieter Brueghel, el Viejo, nace en Bruselas en 1568. Inicia su aprendizaje con su abuela, cotizada miniaturista, pero pronto marcha a Italia para estudiar a Rafael, Leonardo y Miguel Ángel. A su regreso a Amberes, participó en un gran taller formado, entre otros por Rubens y Vranckx.
Paisaje con animales. Jan Brueghel de Velours, hacia 1.620.
Colección González Abreu.
Paseo a orillas del río. Jan Wildens, 1.617-20. Hospital del Pozo Santo.
Wildens fue uno de los principales pintores de Amberes, trabajó como colaborador de Rubens y otros maestros, así como tuvo su propia producción.
Wildens trabajó para Rubens normalmente, dada la enorme producción de este autor, incapaz de terminar todos los cuadros que se le encargaban. Wildens se encargaba de rematar los fondos de paisaje, lo cual le llevó a producir por sí mismo paisajes de pequeño formato que vendía en Amberes, ciudad en la que nació y se estableció.
Eso no le impidió, sin embargo, que pese a que la mayor parte de su obra estaba incluida en los lienzos de otros autores pintara sus propios lienzos, como el que se muestra en el Museo del Prado, titulado “Cacería de corzos”, un tema que trató con relativa frecuencia.
SALA X. Francisco de Zurbarán. 
Fue la personalidad dominante en la pintura sevillana durante el segundo tercio del siglo XVII. Pintor de origen extremeño, se formó en Sevilla y en esta ciudad estableció desde 1.616, convirtiéndose en el artista preferido de las instituciones civiles y religiosas. Su éxito se basaba en gran parte en el estilo naturalista y sobrio, impregnado de una intensa espiritualidad que traduce el apasionamiento fervoroso y la cotidaneidad con lo sobrenatural de la vida monástica española.
Vista del lado derecho de la Sala X.
            Jesús Crucificado Expirante. Francisco de Zurbarán, hacia 1.630-1.640.
La imagen del Crucificado fue ampliamente tratada por Zurbarán en sus dos modelos iconográficos: el Cristo muerto con la cabeza inclinada y el Cristo vivo que la alza, reproduciendo el pasaje bíblico en el que se dirige  a Dios Padre para decirle “¿Por qué me has abandonado?”.
Zurbarán pintó este lienzo en torno a 1630-35 para el Convento de Capuchinos de Sevilla. Forma parte de los cinco que, de su mano o con colaboración del taller, conserva el Museo. Son pinturas muy tenebristas en las que, sobre un fondo oscuro, destaca con enorme fuerza plástica,  la figura de Cristo crucificado con cuatro clavos, tal como preconizaba Pacheco que debía ser representado.
Actualmente, el lugar de la talla de san Ramón Nonato (que ha pasado a la sala contigua) está ocupado por el siguiente lienzo:

El museo conserva espléndidos testimonios de ciclos monásticos de Zurbarán, como el que contrató en 1.626 con los dominicos del convento de san Pablo, del que el museo guarda tres de los Doctores de la Iglesia, San Jerónimo, San Gregorio y San Ambrosio. Son figuras de intensa expresión, representadas en el naturalismo y la suntuosidad de texturas características de su estilo. También para los dominicos pintó, en 1.631, la que probablemente sea su obra más importante, La Apoteosis de santo Tomás, destinada al colegio santo Tomás de Aquino. Continuó sus trabajos para la orden dominica con la realización en 1.636 de las pinturas que presidían los altares del crucero de la iglesia del convento de Porta Coeli, El beato Enrique Susón y San Luis Beltrán.
Vista del lado izquierdo de la Sala X.
A otro convento sevillano pertenece la serie más importante de Zurbarán que ingresó en el museo tras la Desamortización. Fue la destinada a la Sacristía de la Cartuja de las Cuevas, en la que interpreta magistralmente los principios de la vida cartujana. Se muestra en el lado izquierdo de la Sala X.

Recorremos la sala en el sentido contrario de las agujas del reloj:
San Jerónimo. Zurbarán, 1.626. Convento de san Pablo.
San Gregorio Magno. Zurbarán, 1.626. Convento de san Pablo.
San Ambrosio. Zurbarán, 1.626. Convento de san Pablo.
Vista de la Escalera Imperial desde las ventanas de la Sala X.
San Ramón Nonato. Juan de Mesa, 1.626. Convento de san José.
Cordobés perteneciente a la primera generación de discípulos de Martínez Montañés, se sabe tan poco de su vida y de sus obras que durante más de tres siglos le fueron atribuidas a su maestro. Se dedicó casi en exclusividad a las imágenes procesionales. Su gran aportación consistió en el estudio anatómico sistemático de figuras humanas reales, tanto vivas como muertas, que luego plasmaría en sus obras con soberbio realismo. 
Suyos son magníficos crucificados de la Semana Santa sevillana: Cristo del Amor, de la Buena Muerte, del Buen Ladrón o de la Agonía. E igualmente suyo es el Nazareno más popular de las cofradías de la ciudad: Nuestro Padre Jesús del Gran Poder.
Confieso que me llamó la atención la argolla que presenta este santo cerrando su boca. Es por ello que me informé sobre el asunto, y he aquí lo que encontré: San Ramón Nonato, llamado así porque nació mediante cesárea, fue un santo catalán del siglo XIII. Fraile mercedario, viajó al norte de África como redentor de cautivos, pagando rescate por varios prisioneros y, siguiendo el cuarto voto de estos religiosos, cuando su dinero se terminó quedó como rehén a cambio de la liberación de un cristiano prisionero. Como martirio, los moros le abrieron agujeros a hierro candente en sus labios para colocarle un cerrojo en su boca e impedir sus prédicas. Esta es la causa de que se le represente con una argolla o candado cerrando sus labios.
San Ramón Nonato. Detalle en el que se aprecia la argolla que, como martirio, sus captores mahometanos le insertaron en los labios para impedir que predicase la Palabra de Dios.
El beato Enrique Susón. Zurbarán, 1.636-38. Convento santo Domingo de Portacoeli.
Santo Domingo de Guzmán penitente. Martínez Montañés, 1.607. Convento santo Domingo de Portacoeli.
El mayor exponente de la escuela sevillana de imaginería nació en Alcalá la Real (Jaén), se formó en Granada y se trasladó a Sevilla, donde completó su aprendizaje y elaboró la totalidad de su extensa obra. En su época fue conocido popularmente como “El Lisipo andaluz” o “El dios de la madera”. Su tema más repetido fue el de los Crucificados, de los que recibió más de una docena de encargos, además de los incluidos en los retablos (poseía igualmente el título de retablista). Sobresale entre ellos el Cristo de la Clemencia o de los Cálices, conservado en la capilla de san Andrés de la catedral de Sevilla. Otro asunto muy habitual en su obra, y que crearía escuela, fue el del Niño Jesús. Igualmente se trató como magistral su interpretación de la Inmaculada, conocida popularmente como La Cieguecita, que encontramos en la capilla de alabastro de la Concepción chica, de la catedral de Sevilla.
Detalle de la talla de Martínez Montañés.
San Luis Beltrán. Zurbarán, 1.636. Convento santo Domingo de Portacoeli.
Esta Sala X se encuentra dividida en dos partes, separadas entre sí por dos retablos, en los que se muestran obras de Juan de Mesa y Juan de Solís, todas ellas provenientes de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, tras las desamortizaciones del siglo XIX. En el retablo izquierdo podemos ver:
La Templanza. Juan de Solís, 1.618. Cartuja Santa María de las Cuevas.
Discípulo de Juan Martínez Montañés, con quien trabajó entre 1.617 y 1.618 en el monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas. Estuvo bajo la protección del obispo de Cuenca Andrés Pacheco, realizando durante esta etapa diferentes obras artísticas destinadas a la ciudad de Lerma por encargo del Duque de Lerma. Recibió otros encargos en Cuenca y La Puebla de Montalbán.
La Justicia. Juan de Solís, 1.618. Cartuja Santa María de las Cuevas.
Virgen de las Cuevas. Juan de Mesa, 1.623. Cartuja Santa María de las Cuevas.
Y en el retablo del lado derecho:
La Fortaleza. Juan de Solís, 1.618. Cartuja Santa María de las Cuevas.
La Prudencia. Juan de Solís, 1.618. Cartuja Santa María de las Cuevas.
Representa a la Prudencia, concebida por el autor como una joven recostada, que apoya su cuerpo con el brazo derecho mientras con la mano izquierda sostiene cuidadosamente una paloma.
Forma parte de un grupo de cuatro figuras alegóricas de virtudes que decoraban los remates de los retablos colaterales del coro de legos de la cartuja sevillana. Su autor, nacido en Jaén, pertenece al amplio grupo de artistas que se forman junto a Martínez Montañés.
San Juan Bautista. Juan de Mesa, 1.623. Cartuja Santa María de las Cuevas.
El lado izquierdo de la sala está dedicado a la serie de que Zurbarán compuso para la Cartuja de Santa María de las Cuevas.
Vista de este lado de la sala dedicado a la Cartuja.
La armadura mudéjar de esta parte de la sala procede de la casa-palacio de los Tavera, antiguamente situada en la calle Bustos Tavera y desaparecida en los años 70 del siglo pasado.
San Hugo en el refectorio. Zurbarán, 1.655.
Este lienzo realizado por Zurbarán para la sacristía de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, narra el milagro acaecido hacia el año 1.084 en la Cartuja de Grenoble. La representación muestra a los siete frailes fundadores de la orden presididos por san Bruno. El milagro ocurrió el domingo anterior al miércoles de ceniza, cuando san Hugo, obispo de Grenoble, les envió carne. Los frailes discutían la posibilidad de vivir en perpetua abstinencia cuando por intervención divina quedaron sumidos en un profundo sueño que se prolongó por cuarenta y cinco días. Al visitarles san Hugo despertaron y vieron con asombro que la carne se había convertido en ceniza, prodigio que confirmaba que debían intensificar aún más una vida basada en la mortificación y la austeridad. 
Virgen de las Cuevas. Zurbarán.
En torno a 1.655 se ha datado este importante conjunto que, por sus características técnicas y compositivas, era considerado de la producción más temprana del maestro. Lo constituyen los tres lienzos destinados a la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, Visita de San Bruno a Urbano II, La Virgen de los cartujos y San Hugo en el refectorio. En ellos Zurbarán interpreta magistralmente los principios espirituales que rigen la vida de los cartujos: el silencio, la devoción a la Virgen María y la mortificación por el ayuno. La simplicidad y defectos de las composiciones se ven transcendidos por la gran fuerza plástica que confiere a cada elemento del cuadro al tratarlo como algo único e individualizado y su extraordinario dominio por las calidades de la materia. La técnica fluida y ligera, se distancia del tenebrismo inicial, de los contrastes de luces y sombras para mostrarnos unas composiciones luminosas en las que el color aparece sabiamente acordado.
Visita de san Bruno a Urbano II. Zurbarán, 1.655.
San Bruno. Martínez Montañés, 1.634. Cartuja Santa María de las Cuevas.
Se forma en Granada en el taller de Pablo de Rojas, llegando a  muy joven a Sevilla, donde obtiene el título de maestro escultor con diecinueve años. Como artista goza de gran fama entre sus coetáneos que le consideran "el dios de la madera" y el "Lisipo andaluz". En Sevilla recibe las influencias de la última generación de escultores manieristas y su conocimiento de la escultura del siglo XVI se hace patente en la serenidad y severo clasicismo que caracteriza su obra.
Para la Cartuja de santa María de las Cuevas talla en 1.634 la imagen del fundador de la orden Cartuja, san Bruno. La fuerza naturalista se concentra en la magnífica cabeza de este santo que aparece representado de pie, llevando en su mano derecha el crucifijo y en la izquierda las Constituciones de la Orden. Realismo expresivo, elegancia y equilibrio de volúmenes, se dan cita en esta obra que evidencia la evolución hacia el realismo barroco en los años finales de su dilatada vida artística.
Pasemos a la siguiente sala.

SALA XI. Pintura española y sevillana del siglo XVIII. 
En el siglo XVIII, la impronta de Murillo y Valdés Leal y una economía deprimida retrasan la evolución de la Escuela Sevillana. La estancia de la corte de Felipe V en Sevilla y los viajes de pintores locales a Madrid, provocarán una apertura a las nuevas corrientes europeas.

Domingo Martínez se constituye como el artista local más importante de la primera mitad del siglo XVIII. En su obra destaca un conjunto de ocho grandes lienzos realizados alrededor de 1.748 para representar la gran mascarada celebrada en Sevilla en junio de 1.747, con motivo de la subida al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Esta cabalgata en el que participaron ocho grandes carrozas profusamente adornadas, acompañadas por numerosas comparsas, fue patrocinada por la Real Fábrica de Tabacos. Las ocho obras fueron donadas por el Estado al museo y se exponen en esta sala, junto con otras obras del autor.
Una de las galerías de la Sala XI.
La segunda mitad del siglo es dominada por Juan de Espinal, ya en plena corriente rococó. Alumno y yerno de Domingo Martínez, heredó el taller de éste, llegando a producir una cantidad importante de trabajos. Destacar la serie de 27 lienzos sobre la vida de san Jerónimo encargada por el monasterio de Buenavista y la serie de cuadros sobre temas religiosos realizados para el Palacio Arzobispal de Sevilla.

Fuera del ámbito local, está presente Francisco de Goya, figura culminante del arte español en el tránsito al siglo XIX.

Tal como la Sala VI estaba constituida por la galería alta del Patio de los Bojes, igual sucede con esta Sala XI alrededor del Claustro Mayor. La disposición permite ver muchas obras en poco tiempo, pero tiene dos incovenientes; en primer lugar, el exceso de luz que penetra por las abundantes ventanas, aunque tengan bajadas las persianas, provoca gran cantidad de brillos en los barnices de las pinturas, lo que dificulta tanto su correcta visión directa como la toma de fotografías. El segundo obstáculo es la estrechez de los pasillos que, unida al gran formato de algunas de las obras, no nos deja plasmarlas gráficamente de frente (a falta de gran angular), obligando a realizar enfoques oblicuos. En cualquier caso, los considero problemas menores, ya que de lo que se trata es de ver arte y el espacio disponible no da para más.
Gloria de ángeles niños, de Juan Simón Gutiérrez y Piano de 1.750, de Juan de Miraval.
Gloria de ángeles niños, de Juan Simón Gutiérrez,siglo XVII.
Donación de doña Isabel Ojo Espeso.
Santa Isabel de Hungría curando a un enfermo.Valdés Leal, hacia 1.715-19.
Resurrección de Niños en el convento de santa Paula. Lucas Valdés, hacia 1.700.
Hijo y discípulo de Juan Valdés Leal, Lucas Valdés continuó y finalizó gran parte de obras pendientes de su maestro debido al ictus cerebral que éste sufrió. Así sucedió con las pinturas murales de la iglesia del Hospital de los Venerables o las del monasterio de san Clemente.
De su producción propia destacaban las decoraciones del claustro del convento de los Trinitarios Descalzos de Sevilla y la del claustro convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla, ambas desaparecidas como consecuencia de la desamortización de Mendizábal. Su principal discípulo fue Domingo Martínez.
David con los panes de la propiciación. Andrés Pérez, 1.720.
Vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII, siguiendo las directrices pictóricas del siglo que terminaba, según el gusto de sus clientes, poco dados a novedades formales. Las piezas más notables de su producción son de tema eucarístico y se conservan en este Museo: La presentación de Melquisedec ante Abraham y David con los panes de la propiciación.
Retrato milagroso de san Francisco de Paula. 
Lucas Valdés, 1.710. Convento de los Mínimos.
Retrato del infante don Felipe. Bernardo Lorente Germán, 1.730.
Ofrece el interés de ser una de las escasas representaciones de arte cortesano en la pintura sevillana de ese momento que se conservan. Este retrato del infante Don Felipe, futuro Duque de Parma, es testimonio de su vinculación con la corte durante su permanencia en Sevilla. Su ejecución puede fecharse hacia 1.730 y muestra la influencia en la corte borbónica del pintor Jean Ranc, a quien Lorente tuvo oportunidad de conocer en su estancia en la ciudad.
Discípulo inicialmente de su padre y, más tarde, de Cristóbal López, consiguió hacerse hueco en la corte de Felipe V e Isabel de Farsenio durante la estancia de los mismos en Sevilla. No acompañó a la corte cuando regresó a Madrid, quedando en Sevilla pintando cuadros de gusto afrancesado muy de moda en la época, y otros más cercanos al estilo de Murillo. Sin embargo, su fama popular le sobrevino por ser el difusor (que no creador) de La Divina Pastora, advocación tan querida por los capuchinos, procediendo de este hecho su sobrenombre de "Pintor de las Pastoras".
La Virgen del Rosario. Domingo Martínez, 1.720.
Discípulo de Lucas Valdés, durante la estancia de Felipe V en Sevilla conoció a los maestros Ranc y van Loo, de los que recibió gran influencia, que se sumó a su estilo murillesco. Fue el pintor más conocido de su época en la ciudad y, entre sus numerosas obras, podemos contemplar la decoración mural de la iglesia de san Luis de los Franceses, lienzos de la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral, la decoración al temple de la iglesia de san Telmo o de la iglesia de la Merced (actual sala V de este Museo), así como la serie de ocho lienzos de gran formato que representa la gran mascarada de 1.747, patrocinada por la Real Fábrica de Tabacos, celebrada con motivo de de la subida al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. 
Abraham ante Melquisedec. Andrés Pérez, 1.720.
Carro del pregón de la máscara. Domingo Martínez, 1.748.
De la Real Fábrica de Tabacos. 
Esta pintura pertenece a una serie de ocho lienzos que representan los Carros triunfales que desfilaron en Sevilla en la Mascarada que los obreros de la Real Fábrica de Tabacos organizaron con motivo de la exaltación al trono de Fernando VI y Bárbara de Braganza, en 1.747. Los cuadros fueron pintados para ilustrar el libro que sobre esta fiesta publicó Cansino Casafonda en 1.748. 
Carro del pregón de la común alegría. Domingo Martínez, 1.748.
De la Real Fábrica de Tabacos.
Carro del fuego. Domingo Martínez, 1.748. De la Real Fábrica de Tabacos.
Arquimesa. Anónimo, siglo XVII.
San Nicolás de Bari. Gregorio de Ferrari.
Pintor italiano. Discípulo de Domenico Fiasella, viajó a Parma donde recibió el influjo de la obra de Correggio, que le causó gran impresión. Al regresar a Génova en 1.673 trabajó con Domenico Piola. Destacó singularmente en la ejecución de grandes frescos, en los que mezcla los ecos de Correggio con las figuraciones creadas por escultores contemporá­neos como Puget o Parodi. 
Carro del agua. Domingo Martínez, 1.748. De la Real Fábrica de Tabacos.
San Dionisio Areopagira. Clemente de Torres, 1.720.
Discípulo de Valdés Leal, es escasa la producción que puede atribuírsele. Parece probable que sean suyos, junto a otros pocos cuadros, seis Apóstoles pintados en los pilares de la iglesia de la Magdalena. Dominó el óleo y el fresco.
San Dionisio (siglo I d.C.), segundo obispo de Atenas, fue convertido al cristianismo por el apóstol san Pablo. Su apelativo proviene de su origen, el barrio del Areópago de Atenas.
Carro del aire. Domingo Martínez, 1.748. De la Real Fábrica de Tabacos.
Consola. Anónimo andaluz, hacia 1.760.
David con la cabeza de Goliat. Atribuido a Lucas Valdés.
Carro de la Tierra. Domingo Martínez, 1.748. De la Real Fábrica de Tabacos.
Carro del Parnaso. Domingo Martínez, 1.748. De la Real Fábrica de Tabacos.
Este lienzo representa la entrega de los retratos de los reyes al Ayuntamiento. La escena tiene lugar en la Plaza de San Francisco. Aparecen damas en los balcones,  frailes en la azotea y grupos de espectadores laicos y religiosos. .El carro del Víctor se encamina hacia la calle Génova, mientras que el del Parnaso se dirige hacia el edificio municipal. Los retratos de los reyes se han bajado del trono de este último carro y están siendo entregados al Asistente y al Procurador Mayor ante la puerta del Apeadero. 
Carro del Víctor y del Parnaso. Domingo Martínez, 1.748.
De la Real Fábrica de Tabacos.
San Francisco confortado por el ángel. 
Domingo Martínez. Convento de  San Francisco.
Inmaculada. Círculo de Pedro Cornejo, siglo XVIII.
Donación de doña Concepción Cano.
Detalle.
Guirnalda con San Nicolás de Bari. Juan José del Carpio.
Aunque nació en Antequera, desarrolló toda su actividad artística en Sevilla. Se conservan pocas de sus obras, entre ellas una serie de seis cuadros sobre la vida de la Virgen y san Felipe Neri (iglesia de san Alberto Magno de Sevilla) en amplios escenarios arquitectónicos. También participó en la policromía de las imágenes de la cofradía del Santo Entierro de Sevilla Son igualmente suyas un par de guirnaldas, concebidas como trampantojos y firmadas «Carpio»: Guirnalda con San Nicolás de Bari y Guirnalda con la Virgen y el Niño, ambas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Apoteosis de la Inmaculada. Domingo Martínez, 1.740. Convento de San Francisco.
Detalle de la obra anterior.
Trampantojo. Diego Bejarano, siglo XVIII.
Coronación de la Virgen. Juan Ruiz Soriano, siglo XVIII. Procede de la Capilla de Pasión.
Pintor onubense nacido en Higuera de la Sierra. Se trasladó a Sevilla, donde recibiría las enseñanzas de su primo y maestro Alonso Miguel de Tovar. Trató sobre todo el tema religioso.
Trampantojo. Pedro de Acosta, 1.741.
Especializado en la elaboración de trampantojos, género que tuvo gran aceptación en la Sevilla de la época.
San Jerónimo abandonando a su familia. Juan de Espinal, 1.770. Monasterio San Jerónimo de Buenavista.
Yerno de Domingo Martínez, del que heredó su taller, fue el pintor dominante en la ciudad durante tres décadas. Su estilo funde la tradición sevillana con el rococó europeo, con el resultado de un arte elegante y refinado. Obras suyas son la serie de pinturas sobre la vida de san Jerónimo, elaborada para el convento de Buenavista de Sevilla, la decoración de la escalera principal del Palacio Arzobispal y las pinturas murales de de las iglesias de san Isidoro, El Salvador y santa Rosalía, atribuyéndosele las de san Antonio, abad y Santiago, de Sevilla, y la de san Francisco de Borja, en Utrera.
Venus y Vulcano. Juan de Espinal, 1.760.
San Miguel Arcángel. Juan de Espinal, 1.780.
Retrato del canónigo don José Duaso. Francisco de Goya, 1.824.
Francisco de Goya es sin lugar a dudas la figura más importante de la pintura española de los siglos XVIII y XIX y la de mayor repercusión en el arte europeo, ya que anticipa recursos y técnicas utilizados por la pintura posterior. Este retrato que realiza en sus últimos años, es una sencilla composición en la que la ausencia de color es casi total, destacando el volumen y la densidad de la pincelada. Hemos de tener en cuenta que está aún muy cercana su serie de las pinturas negras. El artista centra su atención en la fuerza expresiva que le imprime al retratado, fiel reflejo de su personalidad. Este retrato lo pintó Goya en agradecimiento al canónigo aragonés don José Duaso, que recogió en su casa a amigos y paisanos comprometidos con la causa liberal. Goya fue uno de ellos, y como testimonio de su agradecimiento le realizó este retrato.
Retrato de George Legge, vizconde de Lewisham. 
Joaquín María Cortés, 1.796.
Retrato de don Alfonso XIII. Gonzalo Bilbao, 1.929.
Considerado como el mejor pintor impresionista sevillano del cambio de siglo, se inició siendo niño en el dibujo, alentado por José Jiménez Aranda. Viajó a diferentes ciudades como Roma, Nápoles, Venecia, París y el norte de África para captar todo tipo de ambientes. Pero donde realmente encuentra la inspiración es en los paisajes y paisanajes de su Andalucía natal. Figuras de la tradición costumbrista andaluza como las cigarreras se convierten en protagonistas de uno de sus mejores cuadros. La pincelada suelta y el color brillante van componiendo escenas que salvo por su temática se acercan al impresionismo francés.
Retrato del pintor Gumersindo Díaz. Valeriano Domínguez Bécquer, 1.859. Donación de don José Gestoso.
Hermano del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, abanderado del movimiento literario del Romanticismo, Valeriano fue su paralelo en la pintura.  Formado en Sevilla, en el taller de su tío, se trasladó con Gustavo a Madrid, donde podrían encontrar mejores oportunidades. Se le consideró un buen dibujante y retratista, pero la temática de tipos populares no encontró demasiada acogida.
Retrato del pintor Francisco Tristán. Valeriano Domínguez Bécquer, 1.859.
Depósito de la Real Academia Santa Isabel de Hungría.
Autorretrato. Gustavo Bacarisas, 1.902.
Autorretrato. Antonio María Esquivel, 1.830.
Pintor sevillano, especializado en temas románticos y retratos, que realizó con destacado detallismo y apreciable técnica. Se trasladó a Madrid, donde es nombrado académico de mérito de la Academia de san Fernando, participando activamente en la fundación del Liceo Artístico y Literario. Como teórico de la pintura, redactó un Tratado de Anatomía Pictórica, cuyo original se guarda en el Museo del Prado.
Autorretrato. José Villegas Cordero, 1.917.
El poco conocido pintor sevillano José Villegas Cordero (1.844-1.921) perteneció a la generación Simbolista de finales del siglo XIX, siendo, en cambio,  muy apreciado fuera de España y, particularmente, en Europa. Se educó en Sevilla, Roma y París. En Roma tuvo un taller en el que realizó con notable éxito gran parte de su obra. Nombrado Director del Museo del Prado en 1.902 se marchó a Madrid donde terminó la serie "Decálogos".
Yo, Villegas. José Villegas Cordero, 1.875.
Donación de doña María Luisa Álvarez Quintero.
Autorretrato. José Jiménez Aranda, 1.870. Donación de doña Irene Jiménez Velázquez.
Pintor e ilustrador español, que cultivó escenas de género ambientadas en interiores dieciochescos, el paisaje y los temas religiosos. Hermano de los también pintores Luis y Manuel Jiménez Aranda, su formación transcurre en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y sus primeras creaciones son las típicas del costumbrismo de la época, aunque pronto destaca por sus cualidades como dibujante. Fue amigo de Joaquín Sorolla, al que influyó en su obra.
En 1.881 se instala en París donde permanecerá durante nueve años pintando obras ambientadas en el siglo XVIII con un notable éxito. También en París aprende a simplificar su pintura al entrar en contacto con el naturalismo. De vuelta en Sevilla, comienza a incluir en su repertorio escenas anecdóticas, paisajes y obras de temática social, acercándose a las propuestas del realismo, a las del modernismo y a las del simbolismo, e interesándose por temas lumínicos sin duda debido a su amistad con Sorolla.
Retrato de los patronos del museo. Alfonso Grosso Sánchez, 1.951.
Se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, siendo discípulo de José García Ramos y Gonzalo Bilbao. Artista tradicional, fue siempre enemigo de las vanguardias, centrando su actividad pictórica en temas costumbristas, religiosos y retratos.
Dentro de su obra, encontramos representados con frecuencia personajes populares, como bailaoras, toreros, gitanos y cantaoras. Otro de sus temas preferidos fue el interior de edificios religiosos, sobre todo conventos de clausura, encontrándose dentro de esta temática alguna de sus obras más logradas. Su copiosa obra que se calcula en unos 2000 lienzos, gozó de popularidad y éxito comercial, realizando a la largo de su vida diferentes exposiciones tanto en España como en Buenos Aires y Nueva York.
Busto del pintor José Villegas. Mariano Benlliure, 1.887. Donación Lucía Monti.
Nació en Valencia en el seno de una familia de artistas. Se formó en Valencia y Madrid, y luego en París, con el pintor Francisco Domingo Marqués, quien tiene gran influencia en su escultura. Gozó de gran reconocimiento y popularidad en su época, recibiendo numerosos encargos tanto en Madrid como en Europa y América.
Su obra se caracteriza por un sentido narrativo, minucioso y realista. Se preocupó, además, por captar el movimiento, el aspecto transitorio y dinámico de la vida. Preferentemente se dedicó al retrato y a los monumentos conmemorativos, destacando en nuestra ciudad el mausoleo al torero Joselito, en el cementerio de san Fernando, versión andaluza de los sepulcros borgoñeses del siglo XV.
SALA XII. Pintura sevillana del siglo XIX. 
El Romanticismo supone la revalorización de la pintura sevillana, especialmente en la pintura costumbrista. Al finalizar el siglo, el paisaje realista y destacados artistas como José Villegas, José Jiménez Aranda o Gonzalo Bilbao marcarán el arte sevillano.
Vista de la Sala XII desde la entrada.
Pareja de majos. José Gutiérrez de la Vega, hacia 1.830.
Pintor sevillano especializado en retratos y temas religiosos. Fue pintor honorario de cámara, profesor y teniente director de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y miembro de la Junta Directiva del Liceo Artístico y Literario de Madrid. Comenzó su formación en la Academia de Bellas Artes sevillana alternando sus estudios con su trabajo en el taller de grabador y tallista de su padre, además de dedicarse a realizar copias de los grandes maestros barrocos, en especial de Murillo. Sus obras se caracterizan por la utilización de un lenguaje romántico, con predominio del dibujo sobre la mancha y una cierta vaporosidad de tonos de influencia murillesca.
José y la mujer de Putifar. Antonio María Esquivel, 1.854.
Los Reyes Católicos recibiendo a los cautivos cristianos en la conquista de Málaga. 
Eduardo Cano, 1.867. Depósito de doña Juana Benjumea.
Nacido en Madrid, se traslada aún niño a Sevilla, donde inicia su formación pictórica, que más tarde completaría en Madrid y París. Sus temas habituales son grandes composiciones con abundantes personajes, retratos y escenas religiosas. Su inicial estilo, imbuido totalmente en el período romántico, evoluciona hacia un claro realismo, abandonando lo superfluo para adentrarse en la expresividad de sus personajes. 
Retrato de niño con caballo de cartón. Antonio María Esquivel, 1.851.
Antonio María Esquivel, a pesar de su corta vida, fue uno de los pintores más prolíficos del siglo XIX. Se dedicó fundamentalmente al retrato donde en sus modelos capta no sólo el parecido físico sino su aspecto psicológico y además los realiza con una cuidada descripción de detalles y vestuarios. La especial sensibilidad y habilidad técnica con la que Esquivel abordó la pintura infantil, se pone de manifiesto en este retrato del niño Carlos Pomar. La figura del niño, de cuerpo entero, destaca por su cuidado dibujo y modelado, frente a los elementos secundarios del cuadro tratados de forma más sumaria. En conjunto la obra produce una sensación entrañable, que consigue establecer una relación afectiva entre el niño y el espectador.
Retrato de la señora Carriquirre. Antonio María Esquivel, 1.850.
Otra vista de la Sala XII.
Retrato del marqués de Bejons. Antonio María Esquivel.
Contrabandistas en la serranía de Ronda. Manuel Barrón, 1.859. 
La cueva del gato. Manuel Barrón, 1.860.
Manuel Barrón es uno de los máximos representantes del costumbrismo sevillano, desarrollando una muy personal aportación al género del paisaje. Su obra la dedicó fundamentalmente a este género, en el que participa de las características generales del paisajismo romántico español. Vistas rurales o urbanas adornadas con figurillas populares que proporcionan al paisaje un sabor costumbrista, mediante la introducción de una nota o anécdota popular y pintoresca. Dentro de una serie de cuatro obras de igual formato, se incluye este lienzo donde el artista nos muestra una gran cueva con abertura en la zona central alta, a través de la cual se vislumbra el exterior. En la zona baja de la izquierda un grupo de bandoleros, con una mujer y un niño, es sorprendido por la Guardia Civil que se encuentra en el exterior de la cueva. La pequeñez de las figuras resalta la grandiosidad del paisaje abrupto de la cueva, realizado a base de grandes manchas de color.
Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer. Valeriano Domínguez Bécquer, 1.862.
Valeriano Bécquer realiza este magnífico retrato de su hermano el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer  hacia el año 1.862, fecha de su viaje  a Madrid, capital donde residía  su hermano y en la que comienza su segunda etapa artística, caracterizada por  con una pintura más resuelta, luminosa y flexible. El retrato representa una imagen del poeta que ha sido plasmada en numerosas ocasiones en libros de texto, publicaciones y que incluso ilustró durante muchos años el ya desaparecido billete de cien pesetas. Se puede considerar como una de las obras capitales de la pintura romántica española y comparable con los mejores retratos realizados en su época en Europa. En esta pintura el sentimiento fraternal de Valeriano le hace captar la imagen del poeta condensando en su gesto todos los diversos aspectos que imperan en el Romanticismo el ímpetu y la melancolía, la ironía y la pasión y la exaltada idealización. El retratado posa con elegancia aristocrática y una mirada llena de emoción que conecta directamente con la del espectador.
Baile en la taberna. Manuel Rodríguez de Guzmán, 1.854.
Manuel Rodríguez Guzmán es uno de los mejores representantes de la escuela costumbrista sevillana del romanticismo. Se trasladó a Madrid, donde formó parte de la corte de Isabel II.
Baile en una caseta de feria. Manuel Cabral Bejarano.
Pintor sevillano especializado en escenas costumbristas y folclóricas andaluzas, también formó parte de la corte de Isabel II en Madrid.
Baile en un salón. Manuel Cabral Bejarano. 
Donación Asociación Amigos del Museo.
Retrato de Irene Jiménez. José Jiménez Aranda, 1.889. 
Donación de doña Irene Jiménez.
Chumberas en flor. José Arpa, 1.890. Donación de don José Arpa.
Nacido en Carmona, desde muy joven se interesó por el paisajismo, aunque más tarde también dedicó una parte de su producción al retrato. Inició sus estudios pictóricos en Sevilla y, más tarde, los continuó en Roma. Se trasladó a Puebla, en Méjico, durante bastantes años, donde realizó la mayor parte de su producción, y más tarde a San Antonio, Texas. Finalmente regresó a España pocos años antes de su muerte.
Ermita junto a los pinares de Oromana. José Arpa, 1.939.
Emboscada mora. Fernando Tirado, 1.880. Donación de Diputación Provincial.
Discípulo de Eduardo Cano, este pintor sevillano se formó en la Academia de Bellas Artes, de la que más tarde sería director. Residió en París gracias a una beca. Cultivó el costumbrismo y el retrato.
Canal de Venecia. Rafael Senet, 1.885. Donación de don Fernando Ybarra.
Pintor y acuarelista sevillano cuyos temas habituales fueron costumbristas, orientales y paisajes. Perteneció al grupo de pintores de Alcalá de Guadaíra capitaneado por Emilio Sánchez Perrier. Se formó en la Academia de Bellas Artes de Sevilla, en Madrid y en Roma.
Vista de Sevilla. Nicolás Jiménez Alpériz, 1.983.
Perteneciente también al grupo de Alcalá de Guadaíra, se especializó en motivos costumbristas y retratos.
Triana. Emilio Sánchez Perrier, 1.888.
Sánchez Perrier es de singular importancia para la historia del paisajismo y no solo en Sevilla, como lo demuestran sus obras en colecciones extranjeras y los galardones que alcanzó. Considerado como el fundador de la llamada Escuela de Alcalá de Guadaira, se convierte en el punto de referencia para paisajistas contemporáneos y de generaciones posteriores. El tema de acentuado carácter lírico del perfil de la ciudad de Sevilla que se refleja en las aguas del río Guadalquivir fue tratado frecuentemente por el artista. En esta obra el encuadre elegido es el del conjunto de fachadas y postigos traseros del barrio de Triana. La personalidad del pintor se manifiesta en esta visión realista del paisaje, de minuciosa y atenta mirada del natural con marcado carácter intimista en la que los motivos populares y pintorescos se enmarcan dentro de una atmósfera de tiempo y espacio detenidos. 
Se trata de un artista muy cotizado, tanto en Europa como en América, sobre todo en Estados Unidos.
Vista de Sevilla. Manuel García Rodríguez, 1.896.
Su carrera fue paralela a la de Sánchez Perrier, presentando sus obras a numerosas exposiciones. Sus paisajes, tema principal de la práctica totalidad de su producción, alcanzan gran notoriedad artística y comercial.
Las cigarreras. Gonzalo Bilbao, 1.915. Donación de doña María Roy.
Con el trasfondo de Las hilanderas, de Velázquez, esta composición se desarrolla en la Fábrica de Tabacos de Sevilla, donde en un ambiente laboral relajado una de las cigarreras, situada en primer plano, hace un receso en su trabajo para amamantar a su hijo. Esta escena maternal provoca la atención emocional de las compañeras más próximas, lo que crea un ambiente vitalista y cordial, mientras que las restantes continúan con su trabajo rutinario de la manufacturas de cigarros. Este lienzo es, probablemente, el más conocido y celebrado de los que Gonzalo Bilbao realizó de tema social, pudiéndose considerar como un cuadro costumbrista, regionalista y simbolista al mismo tiempo.
Interior de la Fábrica de Tabacos (boceto). Gonzalo Bilbao, 1.911.
Retrato de Ercole Monti. José Villegas Cordero, 1.894. 
Donación de doña Lucía Monti.
Retrato de Lucía Monti. José Villegas Cordero, 1.890. 
Donación de doña Lucía Monti.
La muerte del maestro. José Villegas Cordero, 1.913.
La muerte del maestro supone la culminación de una serie de cuadros dedicados a un tema tan español como la Tauromaquia. Introduce una singularidad dentro del género, su concepción como un gran cuadro de historia. Pero frente a la retórica que caracterizó al género histórico, Villegas presenta una escena de gran dramatismo en la que los expresivos miembros de la cuadrilla muestran un repertorio de actitudes conmovidas y sinceras en torno a la figura del maestro muerto. En cuanto a su técnica y estilo, tras un largo proceso de elaboración que culminó con la obra presentada en 1.910, las novedades se hacen presentes en los logros espaciales y lumínicos, así como en las excelentes calidades y en los matices del color.
Pajes de la Dogaresa. José Villegas Cordero, 1.888.
Fiesta por la paz social en Venecia. José Villegas Cordero, 1.887. 
Donación de doña Lucía Monti.
Retrato de Lucía Monti. José Villegas Cordero, 1.880. 
Donación de doña Lucía Monti.
El abad. Virgilio Mattoni.
Se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y en la Academia Chigi de Roma. Desde 1914 hasta su muerte fue profesor de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Sevilla. Practicó el retrato, el género histórico y los temas religiosos.
SALA XIII. Pintura sevillana del siglo XX. 
En la primera mitad del siglo XX, Sevilla se mantiene casi al margen de las innovaciones estéticas europeas, si bien Gustavo Bacarisas demuestra un atisbo de apertura. Dos de los artistas locales más destacados en este momento son Gonzalo Bilbao y García Ramos.
Desnudo femenino. Joaquín Bilbao. Donación de doña Ana Bilbao.
El escultor sevillano nació en una acomodada familia. La profesión de su padre, reconocido abogado, le impulsó a estudiar y ejercer la carrera de Derecho, que pronto abandonó para dedicarse plenamente a su obra artística. Fue discípulo de Antonio Susillo, cuya pronta muerte le llevó a viajar por Europa, buscando completar su formación. En su vuelta a España se instaló en Toledo, compaginando la labor de profesor en la Escuela de Artes y Oficios con la de conservador de la Casa del Greco. Regresó a Sevilla, donde realizó la mayor parte de su obra. Trabajó muy diversos materiales. Es autor, entre otras muchas producciones, de la estatua del rey San Fernando (bronce), en la Plaza Nueva, el Cristo atado a la columna de la hermandad de las Cigarreras (madera) o el sepulcro del cardenal Spínola (mármol), en la catedral. 
Gitana. Joaquín Bilbao. 
Depósito Real Academia de Bellas Artes de Sevilla.
Retrato de señora. José García Ramos, 1.911.  Donación de don Alfonso Grosso.
Uno de los mayores exponentes del regionalismo andaluz, se inspiró en temas cotidianos, reproduciendo la gracia de los personajes populares y el ambiente festivo de la ciudad. El dibujo suelto y ágil, además de la fluidez y soltura de su factura, son los rasgos definitorios de su numerosa producción.
Citando a banderillas. José García Ramos.
Donación de don Alfonso Grosso.
Pareja de baile sevillana. José García Ramos, 1.885.
Donación de don Alfonso Grosso.
Baile por bulerías. José García Ramos, 1.884. Donación de don Alfonso Grosso.
José García Ramos es sin duda uno de los más hábiles pintores del costumbrismo sevillano. Dedicó casi toda su carrera a dibujar, con una enorme expresividad y técnica minuciosa, escenas de la vida cotidiana en Sevilla, desde fiestas flamencas a asuntos taurinos, que se vendían con gran facilidad dentro y fuera de las fronteras. Esta obra pertenece a esa industria de cuadros de pequeño formato que tanta difusión alcanzó entre la sociedad de finales del siglo XIX. El tema es de esencia típicamente andaluza y popular, cargado de un gran bagaje de costumbrismo andaluz, cante y baile en un ambiente de vino y toros. Es un lienzo de composición comprometida, muy apretada en la zona central derecha, donde confluyen cante, baile y una flamenca de abanico que solicita del espectador un inquietante diálogo. García Ramos capta de la realidad circundante los aspectos más cotidianos, hecho que dota a su obra de un acentuado carácter anecdótico. Este cuadro fue premiado con Medalla de Oro en la Exposición de Sevilla de 1.884.
El niño del violín. José García Ramos, 1.905.
Donación de don Alfonso Grosso.
Malvaloca. José García Ramos, 1.912.  Donación de doña María Álvarez Quintero.
Última obra pintada por García Ramos, se trata de un óleo sobre lienzo encargado por los hermanos Álvarez Quintero, autores de la obra teatral del mismo título.Se representa a una mujer con clavel rojo en el negro pelo, que hace resaltar el traje blanco. Sobre los hombros, un sevillano mantón de Manila.
Hasta verte, Cristo mío. José García Ramos, 1.905.
Depósito del Museo del Prado.
El monaguillo. Alfonso Grosso, 1.920. Donación de don Alfonso Grosso.
La obra nos presenta la figura del monaguillo vestido con su indumentaria litúrgica, minuciosamente descrita en todos sus detalles, centrando la expresividad en el rostro amable y simpático del niño.
Sevillana en su patio. Diego López, 1.918. Donación don Francisco Luque Cabrera.
El considerado mejor cuadro del autor, representa a una popular modelo de la Sevilla de los años 20-30 del pasado siglo, conocida como María, La Guapa, que posó para el artista en la época en que el Museo estaba tutelado por la Academia de Bellas Artes.
Diego López ingresó en la Academia de Bellas Artes sevillana a la temprana edad de diez años, siendo alumno de García Ramos y Eduardo Cano. Completó su educación artística con estancias en Italia, Francia, Alemania e Italia. Con un lenguaje claro, directo, preciso y culto, se dedicó, sobre todo, al retrato.
El patio de los Ceperos. Javier de Winthuysen, 1.912. Donación de doña Salud Winthuysen.
Arquitecto de jardines y pintor sevillano, de origen holandés, se dedicó a ambos oficios con asiduidad. Obras suyas son los Jardines de la Moncloa, el Jardín de Abadía, los del Parador de Ciudad Rodrigo, así como la recuperación de parajes naturales como el Lago de Bañolas, el Palmeral de Elche o el Lago de Sanabria. Como pintor se dedica en una primera época, a la que pertenece esta obra, a la representación de patios, jardines y paisajes; a partir de 1.936, se centra en paisajes por una luminosidad mediterránea de acuerdo con su teoría ambientalista.
Plaza de san Pedro de Roma. Gustavo Bacarisas, 1.955. 
Sevilla en fiestas. Gustavo Bacarisas, 1.915. Donación del Comercio Sevillano.
Gustavo Bacarisas es una de las figuras más destacadas dentro del panorama de la pintura sevillana de la primera mitad del siglo XX. Sería exagerado considerarlo como un pintor vanguardista, aunque sí supo superar los convencionalismos de la pintura decimonónica, creando un estilo muy personal de claras influencias modernistas e impresionistas, pero sobre todo del arte fauve. Tenía predilección por los cuadros de ambiente nocturno a los que supo dotar de una atmósfera bajo la que fluye una gran emoción lírica. Bacarisas presenta en esta obra probablemente la mejor versión moderna, la más universal, de la feria sevillana y en definitiva un canto a la belleza y la gracia de la mujer andaluza.
La madrecita. Gonzalo Bilbao, 1.899. Donación del autor.
Retrato de doña María Roy. Gonzalo Bilbao, 1.890. Donación del autor.
Retrato de doña Flora Bilbao. Gonzalo Bilbao, 1.914. 
Donación de doña Flora Bilbao.
Marina. Gonzalo Bilbao, 1.928. Donación de doña María Roy.
Noche de verano en Sevilla. Gonzalo Bilbao, 1.905.
Donación de doña María Roy.
Claustro Mayor de la Merced de Sevilla. Gonzalo Bilbao, 1.920.
La toilette. Gonzalo Bilbao, 1.910.
Donación de doña Manuela Ternero.
SALA XIV. Pintura española del siglo XX.
Se expone una selección de obras de pintores españoles fechadas hasta mediados del siglo XX. Entre ellas, destacan los lienzos de Ignacio Zuloaga, Daniel Vázquez Díaz y, sobre todo, Joaquín Sorolla.
Vista general de la Sala XIV. Por las ventanas de la izquierda se puede ver la portada de la Capilla del Museo.
Se trata de la sala más pequeña, con diferencia, del museo y la que contiene menor número de obras, la mayoría de ellas cedidas por el Museo Reina Sofía.
Bailarina. Antonia la gallega. Ignacio Zuloaga, 1.912. Depósito del Museo Reina Sofía.
Nacido en el seno de una familia de artistas (su padre era un reconocido damasquinador y orfebre y sus tres tíos reputados ceramistas), el joven Ignacio decide dedicarse a la pintura tras una visita al Museo del Prado. Se traslada a París, donde vive una vida bohemia, llegando a exponer junto a Gauguin, Van Gogh, Bonnard y Toulouse-Lautrec. Desarrolló pronto un estilo caracterizado por el predominio de las figuras, una pincelada larga y segura, y tonos oscuros.  Alterna estos períodos parisinos con estancias en Sevilla, donde dispone de estudio propio, hasta instalarse definitivamente en Segovia, donde trabajaba su tío Daniel.
Durante las primeras décadas del nuevo siglo, Ignacio Zuloaga tuvo un extraordinario éxito internacional, incorporándose sus obras a los principales museos de Francia, Bélgica, Alemania, Italia y los Estados Unidos. Además del apoyo de los más importantes críticos europeos y norteamericanos, recibió múltiples galardones, alcanzando su obra una elevada cotización.
Gitanos del Sacromonte. José María Rodríguez Acosta, 1.908. 
Depósito del Museo Reina Sofía.
Pintor granadino, nació en familia de banqueros, aunque desde pequeño tuvo claro su deseo de dedicarse a la pintura. Con su gran cultura artística y su limpio estilo, se inicia realizando paisajes granadinos y pintura costumbrista. Después de unos años sabáticos, en la década de los años 20, retoma la pintura con desnudos femeninos como protagonistas y naturalezas muestras.
Juan Centeno y su cuadrilla. Daniel Vázquez Díaz. Depósito del Museo Reina Sofía. 
Vázquez Díaz es una de las figuras más representativas del panorama artístico español de la primera mitad del siglo XX. Su obra, una de las más personales e inconfundibles de su tiempo, le convirtió en el abanderado del esfuerzo renovador de la pintura española anterior a 1.936. En este espléndido cuadro no trata el autor de presentar a una gran figura del toreo, como ocurre en otros lienzos de su producción, sino a un modesto diestro, Juan Centeno Ortíz.  El novillero alicantino, vestido de grana y negro, aparece sentado en primer término en actitud un tanto desafiante, flanqueado por dos miembros de su cuadrilla de mirada preocupada, como corresponde al momento anterior a la corrida. Completan la escena las figuras de otro peón y la cabeza de un picador situados al fondo. Cuerpos esculturados, de planos rotundos de color animan esta estampa taurina que se hace intemporal en su sentimiento y ejecución. Esta obra fue premiada con Medalla de Honor en la Exposición Nacional de 1.954. 
Tipo de Ávila (boceto). Joaquín Sorolla. Donación de don Joaquín Sorolla.
El valenciano Joaquín Sorolla es conocido como “el pintor de la luz”. Sus constantes viajes, tanto de aprendizaje como de participación en concursos internacionales, le hacen experimentar con los efectos de la luz en el lienzo, sobre todo a partir de conocer la obra de los pintores nórdicos. El año 1.900 supone el comienzo de su época más brillante, siendo reconocido y cotizado como gran artista, tanto en Europa como en América.
Interior holandés. Antonio Ortiz Echagüe, 1.912. Depósito del Museo Reina Sofía.
Pintor español, de Guadalajara, se formó en París y Roma. Viajó durante varios años por Cerdeña y Holanda, lugares de los que realizó pinturas paisajísticas. En 1.912 volvió a España para hacer un retrato de Alfonso XII. Un año después viajó a Argentina, país en el que se dio a conocer como retratista. A partir de este momento, su actividad se repartió por diferentes países, como Estados Unidos, Holanda y Argentina, donde residió hasta su muerte.
 Niñas pobres. Rafael Martínez Díaz. Depósito del Museo Reina Sofía.
Hijo del paisajista Eduardo Martínez Vázquez, fue catedrático de paisaje de la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, de Sevilla que, en 1.983, le concedió la Medalla de Honor de la corporación. Entre otros galardones, consiguió en 1.952 la medalla de primera clase de la Exposición Nacional de Bellas Artes por su cuadro Niñas pobres que se encuentra expuesto en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Retrato del pintor Uranga. Ignacio Zuloaga, 1.937. Depósito del Museo Reina Sofía.
Hemos terminado la visita al Museo de Bellas Artes de Sevilla. Durante estas tres entradas he intentado reflejar tanto el edificio como la totalidad de las obras que contiene (creo que no se me ha escapado ninguna), con mayor o menor fortuna. Como comenté anteriormente, las Salas VI y XI (correspondientes  a las galerías altas del Patio de los Bojes y el Claustro Mayor), además de la Sala XIV tienen una iluminación natural poco adecuada para fotografiar; además, he comprobado que las salas pintadas en tonos naranjas, marrón-rojizo y azules son muy agradecidas con la cámara, en tanto que las pintadas en blanco o colores crema reflejan en exceso la iluminación.

El estado de conservación y cuidado, tanto del edificio como de las obras artísticas en él expuestas es, sencillamente, perfecto. Los setos de los jardines parecen cortados con láser, no hay herramientas en los rincones, no aparecen grietas o manchas de humedad, todo está en su sitio, el lugar se encuentra inmaculadamente limpio, (ni polvo, ni papeles, ni botellas vacías). Todas las obras están perfectamente identificadas mediante pequeños rótulos, con expresión del título, autor, año y propiedad de las mismas y, además, en cada sala se muestran paneles explicativos de lo mostrado en ella, haciendo referencia a la época artísticas, autores más importantes o situación. Qué decir, el sueño de un "mijita" como yo al que le gusta contar hasta el número de moscas que hay en cada sala (que no las hay, es sólo un ejemplo).

Como guinda, hasta el personal es amable. Igualito me ha dicho el señor de seguridad de la puerta que no podía llevar trípode a como me lo dijo su colega del Alcázar. Así da gusto visitar Sevilla.

Museo de Bellas Artes de Sevilla. Parte I.

Museo de Bellas Artes de Sevilla. Parte II.