Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 28 de mayo de 2011

"Será marquesa, pero no ésa": leyenda del convento de Santa Paula.

Santa Paula nació  en el seno de una noble familia romana en el año 347 y llevaba el ritmo de vida típico de esa posición social. Sin embargo, enviudó con tan solo treinta y tres años, quedando desconsolada hasta que fue confortada por Santa Marcela, una viuda romana famosa por sus penitencias. Siguiendo su ejemplo, Paula  se despojó de todas sus pertenencias materiales, viviendo pobremente y durmiendo sobre un saco en el suelo.

Conoció a San Jerónimo durante una de las visitas de éste a Roma y, tras varios años de austera vida, se reunió con él en Antioquía. Peregrinaron, acompañados por Santa Eustoquio, hija de Paula, a los Santos Lugares y visitaron a los eremitas de Egipto, terminando por asentarse en Belén, donde el santo fundó un monasterio para hombres y tres para mujeres, siendo estos últimos dirigidos por Paula.
Azulejo en la entrada al museo. Enrique Orce. (cortesía de www.retaloceramico.com).
Las religiosas vivían con gran austeridad. Todas llevaban el mismo y sencillo hábito, comían poco y los ayunos eran frecuentes. Además, aparte de los rezos y la meditación, hacían trabajos para los demás y tejían, tanto para las necesidades del monasterio como para el exterior.

Santa Paula ayudó frecuentemente a San Jerónimo en sus escritos, ya que además de su lengua vernácula, el latín, dominaba el griego, que le había enseñado su padre, y el hebreo, que había aprendido durante su estancia en Palestina. Fue sucedida en el gobierno de los monasterios por su nieta Paula, hija de Toxocio, su único vástago varón, falleciendo, después de haber perdido la visión, a los 56 años de edad.

Santa Paula fue, por tanto, una precursora (en más de un siglo) del ora et labora de San Benito, pero con considerables dosis de austeridad de las que carecía la Regla Benedictina.
Santa Paula y San Jerónimo adorando al Santísimo.
Convento del Corpus Christi (Las Carboneras). Madrid.
El convento-monasterio de jerónimas de Santa Paula fue fundado por doña Juana de Santillán y Guzmán, en 1.475, mediante bula concedida por el papa Sixto IV. Doña Juana, tras enviudar primero, y perder luego a su única hija, había ingresado en San Juan de la Palma, y en este retiro concibió la creación de un convento de clausura para la orden jerónima. El edificio se construyó en unas casas que poseía la fundadora en la collación de San Román, a las que se añadieron otras cercanas que fueron compradas al abad de Jerez. 

Creció el convento y la fama de su observancia se extendió por toda la ciudad atrayendo nuevas vocaciones. El lugar se quedaba pequeño y las monjas pedían a Dios solución de su problema. Creían que ésta provendría de una marquesa que a menudo las visitaba y favorecía, pero cuenta la leyenda que un día, cuando las hermanas se encontraban en oración, se oyó una voz que decía: 

“Será marquesa, pero no ésa”.

Doña Isabel Enríquez, biznieta de Enrique III de Castilla y del rey don Fernando de Portugal, fue la inesperada bienhechora. Casada con don Juan de Braganza, condestable de Portugal y marqués de Montemayor, vivía cerca del monasterio de Santa Paula; al quedar viuda, la venerable priora y sus monjas fueron su consuelo, por lo que decidió sufragar los gastos de la edificación de la iglesia y los coros.

En los muros laterales de la cabecera de la iglesia se pueden ver los sepulcros de doña Isabel y hermano León (lado del Evangelio) y de su esposo, don Juan (lado de la Epístola), con sus emblemas heráldicos, en los que se combinan las armas de los Enríquez y de Portugal.
Tumba de don Juan de Portugal, esposo, de doña Isabel, en la lado del Evangelio de la iglesia. 
Posteriores reformas y ampliaciones se sucedieron con particular intensidad en los siglos XVI y XVII. Tras un siglo XIX particularmente duro para todas las órdenes monásticas, emerge la figura de la Madre Cristina de la Cruz Arteaga. De buena familia, con una licenciatura en Ciencias Históricas obtenida en el año 1.920 con Premio Extraordinario, le fue concedida la Gran Cruz de Alfonso XII por su brillante expediente académico. 
Monasterio de Santa Paula. 
Puerta de entrada a jardines e iglesia. Sería deseable que los señores de Sevillana y de Telefónica cuidaran un poco más sus instalaciones en determinados entornos.
Azulejo de Santa Paula.
La joven Cristina tuvo una vida social e intelectual muy activa: militó en la Confederación Católica de Estudiantes y daba con gran éxito mítines y conferencias, llegando a ser nombrada presidenta de Acción Católica. Publicó en 1.924 el libro de poesías Sembrad, que fue prologado por Antonio Maura. Tras años de dudas, toma los hábitos en abril de 1.935 

La Guerra Civil trastoca su vida, como la de tantos. De Madrid se exilia a Francia, vía Alicante; en 1.938 viene a Sevilla, ya en manos del bando nacional, pero una enfermedad le obliga a viajar a San Sebastián para ser intervenida quirúrgicamente. En enero de 1.939, estando todavía convaleciente en casa de sus padres en Lazcano, recibe la visita monseñor Gaetano Cicogniani, entonces Administrador Apostólico cercano al gobierno de Franco, y después Nuncio Apostólico en España. Le comunica el encargo del papa Pío XII para formar una Federación que agrupara y dirigiera todos los monasterios jerónimos nacionales, con residencia en Sevilla. 
Espadaña de la iglesia de Santa Paula.
Así lo hizo sor Cristina, ejerciendo de Priora hasta su fallecimiento el 13 de julio de 1.984 en el Monasterio de Santa Paula de Sevilla. El proceso para su canonización se abrió el 28 de mayo de 2.001, y actualmente sigue su tramitación en la fase diocesana.

El monasterio de Santa Paula se encuentra en el extremo de una manzana de grandes dimensiones. Sus huertas ocuparon extensiones considerables en el pasado, en el lugar donde se alzaron, más tarde, las naves de Pasaje Mallol. 
Entrada a la Capilla del Sagrado Corazón.
Azulejo de Santa Paula, con los símbolos jerónimos: el león y el capelo cardenalicio.
Su estructura es sumamente compleja, como resultado de las reformas que se han realizado en el transcurso de su historia. Se alternan grandes espacios vacíos que sirven de compases, patios o jardines y construcciones de gran tamaño, contrastando frente a fábricas de dimensión doméstica y configuración laberíntica. 

Al convento se accede por dos puertas, una que abre al compás de los locutorios y otra que lo hace al compás principal o de la iglesia. Entre ambas se sitúa la vivienda del capellán, por la que se accede al museo conventual. 

La primera permite acceder a la puerta reglar, los cuartos de las hermanas porteras y la capilla del Sagrado Corazón.
Azulejo del "Vía Crucis cervantino" situado en una casa frente al convento.
La segunda posee una portada de principios del siglo XVI, construida con fábrica de ladrillo agramilado y presenta un arco conopial y un cuerpo único entre baquetones. Desde el compás al que da paso se accede a la iglesia y a algunas antiguas edificaciones destinadas al servicio.

A finales del siglo XX el convento se vio sometido a numerosas obras de restauración y adaptación, entre las que destacan la apertura del museo conventual, el único instalado en una clausura sevillana.

Llamamos al videoportero instalado en esta pequeña puerta central y nos recibe la hermana portera. Nos encontramos en un pequeño patio, el Patio Viejo, formado por diversos muros de edificaciones sin estructura definida, producto sin duda de la antes mencionada adición de fincas.
El Patio Viejo, inicio del recorrido.
Rincón del Patio Viejo.
Amablemente, la hermana nos indica una pequeña y estrecha escalera por la que se accede al museo. 

El museo conventual de Santa Paula, fue creado por sor Cristina de la Cruz de Arteaga, quien heredó de su madre, duquesa viuda del Infantado, una importante colección de piezas artísticas que se exponen en la primera planta del edificio desde 1.976. Se disponía de dos naves paralelas en el piso principal y el prestigioso arquitecto Rafael Manzano se encargó de darles acceso desde el compás de los locutorios, con esta original escalera de un solo tramo que se puede admirar desde el atrio del torno.
Escalera de acceso al museo conventual.
Veleta vista desde la escalera de acceso al museo.
A la entrada del museo nos espera sor María Bernarda. Todo lo que escribí en la entrada anterior sobre la amabilidad de las monjas del convento de Santa Isabel se concentra en sor María Bernarda, por duplicado. Es para comérsela. No he conocido nunca una mujer (monja o seglar) con mayores dosis de simpatía, amabilidad, cariño, comprensión y confianza que sor María Bernarda. Nos trató a mi mujer y a mí desde el primer momento como si fuéramos de la familia, acompañándonos en la visita y haciendo de ésta un paseo extraordinario. Y eso que hasta el final no le comenté que había nacido en la vecina calle Sol y que de niño jugaba con mis amigos en el compás de la iglesia.

En la pequeña antesala interior, nada más abierta la puerta, una preciosa serie de grabados del Escorial de la época en que lo poblaban los jerónimos, acoge al visitante. A sus pies hay un banco tallado, de alta testera, que rematan motivos de las letanías en hierro forjado. Todo ello regalo del coleccionista granadino don Antonio Dalmases Megías, que tanta parte tomaba en las restauraciones de la Orden.
Antesala del museo.
Antesala del museo. Escena familiar con la Virgen, San José, Jesús y San Juan,
atribuido a  Enrique Garzón, de la escuela de Murillo.
Vista general de la Sala I.
La Trinidad. Obra de Vázquez Alonso, siglo XVI.
San Jerónimo. Escuela de José de Ribera, siglo XVII.
Las vitrinas encierran recuerdos del monasterio: misales encuadernados en terciopelo rojo con cantoneras de plata, un Niño Jesús vestido de turco y encadenado que presidía las misas petitorias de nuestros antepasados por los cautivos cristianos.
Sagrada Familia. Escuela flamenca.
Inmaculada, de Mateo Cerezo, discípulo de Carreño. Siglo XVII.
Niño Jesús dormido sobre una calavera.
San Juan Niño, atribuido a José Risueño.
Virgen de Guadalupe, obra del mejicano José Páez del siglo XVIII.
La Sala II consiste en una nave de unos veinte metros de longitud, partida al fondo por una espléndida reja del XVI. Su artesonado en artesa es mudéjar y tiene en el friso algún JHS, que evoca el reinado de los Reyes Católicos. Lo que le da amplitud e impresiona son sus ventanas, enrejadas, pero que nos abren la luminosa perspectiva del claustro en sus galerías altas y dejan percibir allá en el fondo de la otra galería, el desarrollo de una escalera, enriquecida por un friso de azulejos y presidida por la imagen de Cristo crucificado al que se le llama del Amor.

Esta Sala se corresponde con la primitiva iglesia del convento de Santa Paula, estando la Sala Capitular bajo ésta, y desde la que se puede ver el Claustro Principal por una de sus ventanas con arcos de medio punto del siglo XVII. 
Vista general de la Sala II.
Artesonado mudéjar de la Sala.
Adoración de los pastores, atribuido a Juan Do, discípulo de Ribera. La luz que brota del Niño ilumina a su Madre y acentúa el tenebrismo en el que sobresalen san José y los pastores.
San Blas, copia de Zurbarán.
Crucificado barroco de la escuela granadina.
Arcángel San Miguel. Eugenio Cajés, 1.617.
Capilla del coro alto.

Relicario de san Juan Bautista, procedente del convento de Santiago en Madrid, donado por la Reina Mariana de Austria en 1.694. Muestra una urna con la cabeza del Bautista, portada por ángeles de bronce dorado que se asientan sobre peana de ébano y plata.
Pasillo. Al fondo, la entrada al museo.
La Sala III corresponde con el coro de la iglesia del convento, de artesonado mudéjar, obra de Diego López de Arenas, destacando en el altar un Cristo de las Misericordias, que muestra influencias del Nuevo Mundo. Las vitrinas muestran esculturas de Niño Jesús de los siglos XVIII y XIX. 
Altar de la Sala III.
Cristo de las Misericordias.
Sanjuanito, obra de Juan de Astorga. Se dice que usó como modelo a su hijo.
Una de las obras más singulares de la estancia es el Nacimiento del siglo XVIII. De estilo napolitano, muestra numerosas escenas bíblicas (expulsión de Adán y Eva del Paraíso, la Anunciación, la Visitación, la Matanza de los Inocentes, la Huida a Egipto, la Adoración de Reyes y Pastores), dando lugar a un abigarrado conjunto de figuras muy del gusto de la época.
Nacimiento de estilo napolitano.
Nacimiento. Detalle del Misterio.
Una vez visitado el museo y tras recibir la correspondiente llave de sor María Bernarda, salimos a la calle y nos disponemos a visitar los jardines y la iglesia.
La puerta principal, vista desde dentro.
Vista del jardín. A la derecha, el muro de la iglesia.
La espadaña, vista desde el jardín. Es obra de Diego López Bueno y está decorada con azulejos del siglo XVII.
Otra vista del jardín, muy cuidado, como se puede observar.
La portada de esta iglesia es una de las más interesantes que se conservan en la ciudad. Consta de un solo cuerpo y, aunque se encuentra pegada al muro, se nota que es independiente de él. Construida en una época (fue finalizada en 1.504) en la que conviven los estilos gótico y mudéjar, en ella aparecen además algunos de los primeros elementos decorativos del renacimiento. El arco ojival apuntado está rodeado por tres arquivoltas, sustentadas por delgados baquetones. 
Portada de la iglesia del convento de Santa Paula.
El escultor local Pedro Millán realizó seis de los siete medallones que circundan el arco, formados por guirnaldas y con fondo esmaltado en blanco: representan a “Santa Elena", "San Antonio de Padua con San Buenaventura", "San Pedro con San Pablo", "San Roque con San Sebastián", "San Cosme con San Damián" y "Santa Rosa de Viterbo”. El medallón central, también orlado de guinaldas, tiene fondo azul y representa "La Sagrada Familia”, obra procedente del taller de los Della Robbia. Niculoso Pisano remató la portada con querubines, azulejos y escudo real con yugo y flechas rodeados de grutescos.
Tímpano de la portada.
En el tímpano figura un elegante escudo de gran tamaño, esculpido en mármol blanco, que contiene las armas de Castilla y León, Aragón y Sicilia, timbrado de corona real y águila nimbada, con otros dos escudos más pequeños, a los lados, pintados en los azulejos, con el yugo y las flechas y la leyenda "TANTO MONTA".
Gárgolas sobre el muro de la iglesia.
Una cenefa de azulejos remata el conjunto, sobre la que se colocan una hilera de flameros en cuyo centro figura una cruz de mármol blanco.
Esbelta torre, situada a la izquierda de la portada, pegada al muro de la iglesia.
Cuarto edificado al final del muro exterior de la iglesia, con bóveda de 
media naranja que comunica con el templo a través de la sacristía.
La nave de la iglesia, como suele ser habitual en los conventos, es "de cajón", es decir, de un sólo cuerpo rectangular. La bóveda de la Capilla Mayor posee tracería gótica bellamente decorada y el resto de la nave luce un artesonado mudéjar realizado por Diego López Arenas en 1.623. Toda la iglesia muestra azulejos trianeros del siglo XVI en zócalos, pilastras y en los dos arcosolios (arcos que, a manera de nicho, albergan sepulcros incrustados en la pared) anteriormente nombrados.
Nervaduras góticas de la bóveda de la Capilla Mayor, profusamente decorada.
Otra imagen de la bóveda de la Capilla Mayor.
Detalle cerámico de una de las pilastras que sostienen el arco de la Capilla Mayor.
Dos ángeles lampareros de Bartolomé García (1.730) escoltan el arco de dicha Capilla Mayor:
Ángel lamparero, esculpido por Bartolomé García, 1.730.
Sobre los dos arcosolios, hay sendos y enormes cuadros de Domingo Martínez de 1.730, (autor también de los frescos que adornan la bóveda), que representan imágenes de la vida de Santa Paula. Los marcos que sostienen los óleos son igualmente magníficos.
Embarque de santa Paula camino de la isla de Citerea
Domingo Martínez, 1.730. Lado derecho.
Muerte de Santa Paula
Domingo Martínez, 1.730. Lado izquierdo.
He dejado para el final lo mejor de la Capilla: su Retablo Mayor. Tallado en 1.730, es obra de José Fernando de Medinilla, y sustituyó al original de Andrés de Ocampo de finales del siglo XVI. Está presidido por la Santa Paula del primitivo retablo, a la que acompañan imagen de la Inmaculada, relieve de San Jerónimo y esculturas de San José con el Niño, San Blas, San Antonio de Padua y San Agustín. las figuras de este último y San Blas son también de Ocampo, y el resto de Medinilla.
Retablo Mayor de la iglesia del convento de Santa Paula.
Santa Paula, imagen central del Retablo Mayor.
Diferentes zonas y personajes del Retablo Mayor:
San Blas.
San Agustín de Hipona.
San Antonio de Padua.
Puerta de la sacristía.
Ático del Retablo Mayor, con la Inmaculada y, sobre ella, un relieve de San Jerónimo.
Nos volvemos hacia la Epístola de iglesia, pero antes echamos un vistazo al artesonado mudéjar del techo, realizado por Diego López Arenas. 
Artesonado de la iglesia. Diego López Arenas, 1.623.
Muro del lado de la Epístola en el que se observan yeserías como las que decoran toda la iglesia. 
El primer retablo que encontramos por este lado es el retablo de San Juan Bautista, realizado por Felipe de Ribas en 1.637. La figura central, vestida con pieles y con el cordero a sus pies, que obviamente representa al Bautista, es de Martínez Montañés, esculpida un año después. En el momento de nuestra visita no se encontraba expuesta, ya que está siendo restaurada, aunque añado una foto, cortesía de Wikipedia, para completar las imágenes.

A los lados aparecen Santa Ana y Santa Isabel, ambas del mismo autor del retablo y, en el ático, un relieve nos muestra El Bautismo de Cristo.
Retablo de San Juan Bautista, sin la imagen titular.
San Juan Bautista. Martínez Montañés, 1.638.
El Bautismo de Cristo. Ático del retablo de san Juan Bautista.
El siguiente por este lado, es el retablo del Santísimo Cristo, fechado en 1.635, también de Felipe de Ribas. Está presidido por un Crucificado de finales del siglo XV de la escuela de Pedro Millán. Fue donado por la Hermandad de Montesión, siendo conocido como Crucificado del Coral; se le atribuyen numerosos milagros relacionados con la salud y el regreso de los ausentes.
Retablo del Santísimo Cristo. Crucificado del Coral. Felipe de Ribas, 1.635.
Altar del retablo del Santísimo Cristo.
Lápida a los pies del altar.
Ático del retablo del Santísimo Cristo. Descenso de Cristo al limbo.
El antiguo retablo de la Virgen del Rosario, hoy conocido como de la Dolorosa, es el último de este lado de la Epístola de la iglesia. Ensamblado por otro de los hermanos Ribas, Gaspar, antiguamente estuvo presidido por una Dolorosa y adornado por pinturas que representaban las escenas de los Desposorios de la Virgen, la Concepción, la Anunciación, la Visitación, la Natividad y la Adoración de los Magos, todos ellos de Francisco Cubrián, que las realizó en 1.662. En la actualidad, una Virgen Dolorosa del XIX ocupa la hornacina central, en tanto que las pinturas, de inferior calidad a las originales, representan a diversos santos y ángeles.
Retablo de la Virgen del Rosario. Gaspar de Ribas, siglo XVII.
Virgen Dolorosa. Siglo XIX.
Ático del retablo de la Virgen del Rosario.
A los pies del templo se encuentran los coros, alto y bajo, cerrados por rejas y decorados con yeserías de principios del XVII. Los azulejos son de la misma época, atribuidos a Hernando Valladares.
Fotografía del coro bajo a través de la reja. Al fondo, la Virgen del Amor.
Yeserías que enmarcan las rejas del coro.
Ya en el lado de la Epístola, encontramos un, como es costumbre, gigantesco San Cristóbal. Se trata de un óleo sobre muro del siglo XVII, atribuido a Alonso Vázquez, claramente inspirado en la misma imagen de San Cristóbal de la Catedral de esta ciudad y de dimensiones similares. Suponiendo que el artista se inspirara en la imagen de Mateo Pérez de Alesio, sorprende que en esta representación se incluya la rueda de molino en el brazo izquierdo, elemento que normalmente aparece en las imágenes mucho más antiguas.
San Cristóbal. Atribuido a Alonso Vázquez.
Salvamos el gran cajón de madera ricamente tallada que contiene las puertas de entrada y salida y  nos situamos ante el último retablo que nos queda. Se trata del retablo de San Juan Evangelista, ensamblado por Alonso Cano en 1.635.
Altar de San Juan Evangelista. Alonso Cano, 1.635.
San Juan Evangelista. Martínez Montañés, 1.637.
La calle central alberga la figura de San Juan Evangelista con su signo, el águila, obra de Martínez Montañés de 1.637. Nos muestra al evangelista en la isla de Patmos escribiendo su Apocalipsis con una pluma de plata. Las otras dos calles contienen cada una dos pinturas, una sobre otra, con escenas de la vida de San Juan Evangelista.


Dicha calle central termina en un arco de medio punto sobre el que aparece un ángel con elementos decorativos, muy del estilo de Alonso Cano. Igualmente, las calles laterales terminan con ornamentaciones de hojas. El ático termina con dos pinturas laterales y, más elevado en el centro un relieve que representa a San Juan en la tina; sobre las dos laterales se asientan dos bellos ángeles y el central culmina con adorno vegetal.
Ático del retablo de San Juan Evangelista.
En el retablo original se exponían ocho pinturas del propio Alonso Cano, que fueron expoliadas por el mariscal Soult y que en la actualidad están desparramadas por medio mundo (París, Méjico, Londres, Florida y dos en paradero desconocido). Actualmente, el conjunto se expone con otras pinturas que no tienen nada que ver con las originales, ni en tema ni en calidad artística. Las actuales representan a Santa Catalina de Siena, San Juan de la Cruz, Santa Inés, Santa Rosa de Viterbo y Santa Teresa de Jesús.

Ya podemos considerar terminado el recorrido del monasterio-convento de Santa Paula, no sin antes recordar que fue el primero de la ciudad de Sevilla que recibió la declaración como Monumento Histórico, hecho que se produjo en 1.931 durante la Segunda República, lo que tiene su mérito. Igualmente fue el primer convento que estableció un museo en sus dependencias y único de clausura que lo hace actualmente.

Destacar igualmente la magnífica página web del convento, Monasterio de Santa Paula, en la que se recogen los orígenes de la Orden, (desde el siglo IV, con San Jerónimo y Santa Paula, hasta la actualidad), la biografía de sor Cristina, la descripción del monasterio con un aparte dedicado al museo, los detalles de la vida monástica, una visita multimedia y todos los datos de localización y contacto. Tan sólo sería deseable un mayor nivel de información, tanto de las obras expuestas en el museo como de los retablos y contenido de la iglesia; pero me imagino que todo se andará.

Con un último y cariñoso recuerdo a las hermanas que tan bien nos han tratado, emprendemos el camino de regreso a casa.