Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

viernes, 28 de enero de 2011

Leonor Dávalos, fiel hasta la muerte. Actualización.

Durante el siglo XIV tuvo lugar la primera guerra civil castellana. Se estableció entre los partidarios de Pedro I, hijo de Alfonso XI y María de Portugal, y Enrique II de Trastámara, uno de los diez hijos bastardos que Leonor de Guzmán dio al monarca. 
Juan Alonso Pérez de Guzmán, hijo de Guzmán, el Bueno y María Alfonso Coronel, apoyó a Enrique II (como la mayoría de la nobleza de la época) frente al rey Pedro I (cuyas normas favorecían al pueblo llano). Durante 1367 se originaron unas revueltas en las que fue apresada doña Urraca Ossorio de Lara, esposa del de Guzmán, siendo acusada como principal instigadora de la conspiración contra el rey. En el proceso subsiguiente fue condenada a muerte.

La ejecución
se llevó a cabo en la Laguna de Ferias o de la Cañavería, lugar donde hoy se encuentra la Alameda de Hércules. Cuando se dio la orden de encender la pira, cuenta la leyenda que el aire caliente de la hoguera levantó la falda de la ajusticiada ante la mirada de la chusma que presenciaba la ejecución. Quedó desnuda ante la masa popular que con diversión acogió tal hecho. Sin embargo, todos quedaron mudos cuando una muchacha salió entre la multitud y se arrojó a la hoguera para tapar las vergüenzas de doña Urraca pereciendo, como es natural, junto con la condenada.

Esa mujer se llamaba doña Leonor Dávalos, ahijada, protegida o criada (según la fuente que se consulte) de doña Urraca y fiel a ella hasta la muerte. El gentío quedó mudo de asombro ante tal muestra de integridad y, cabizbajos, regresaron a sus quehaceres. En el lugar de la ejecución se colocó una cruz en cuya base aparecía una tinaja, lo que dio nombre a la calle que, a partir de entonces, se conoció como Cruz de la Tinaja. También Leonor Dávalos dio nombre a una calle cercana a la Alameda de Hércules. Se dice que l
a cruz fue retirada de la Alameda de Hércules el año 1840, siendo colocada en la iglesia de Ómnium Sanctórum, donde hoy día se la conoce como la Cruz de los Carboneros.

Cruz de la Tinaja o de los Carboneros.
Las cenizas de ambas mujeres fueron enterradas en un mismo sepulcro; ambas murieron juntas y, como no podía ser de otra manera, fueron enterradas juntas. En la iglesia gótica del Monasterio de San Isidoro del Campo, de la cercana localidad de Santiponce, construido a expensas de Guzmán, el Bueno, se encuentra dicho sepulcro, en cuya base reza la inscripción:


"AQUI REPOSAN LAS ZENIZAS DE DOÑA VRRACA OSSORIO DE LARA MVJER DE DON JVAN ALONSO PEREZ DE GVZMAN ILLMO SEÑOR DE SAN LVCAR. MVRIO QVEMADA EN LA ALAMEDA DE SEVILLA POR ORDEN DEL REY DON PEDRO EL CRVEL POR LE QVITAR LOS TESOROS E RIQVEZAS. TAMBIEN SE QVEMO CON ELLA PORQVE NO PELIGRASE SU HONESTIDAD LEONOR DAVALOS LEAL CRIADA SVIA. AÑO 1367".
Monasterio de San Isidoro del Campo.

La leyenda sobre el origen del NO∞DO (actualización).

El escudo de Sevilla, en el que aparece el rey Fernando III con corona y espada, con los obispos San Isidoro y San Leandro a los lados, se acompaña de un lema que a veces figura dentro del mismo escudo, y otras en el exterior del mismo. Se trata del NO∞DO.
Hay varias teorías sobre el origen del lema municipal. La más aceptada a nivel popular, supongo que por lo que de romántica tiene, es la siguiente:
En la Sala Capitular Baja del Ayuntamiento se encuentran las representaciones más antiguas del símbolo del NO-DO que se conservan. Aquí las vemos, en los extremos de la fotografía.

La leyenda de la Cabeza del Rey don Pedro.

Pedro I, el Cruel o el Justiciero, según quien haga las crónicas, fue un rey que ha dado mucho que hablar. No son pocas las historias que se cuentan de él. Una de ellas es una leyenda cuya prueba aún perdura en una calle sevillana.

Según cuenta la leyenda, todo aconteció bien por un lío de faldas o por desafiar al entonces alcalde de la ciudad, Domingo Cerón, quien afirmaba que en la ciudad no se cometía ningún delito que quedase sin castigo, cosa  que el monarca quiso comprobar. Caminaba solo por la ciudad embozado en su capa cuando se encontró con un rival directo: uno de los Guzmanes, hijo del Conde de Niebla, familia que apoyaba a Enrique de Trastámara, hermano bastardo del rey, que quería destronarle.
Un mal encuentro que por supuesto acabó en choque de espadas. Un duelo nocturno, que acabó en la muerte del miembro de los Guzmanes. Y una testigo que vio entre tinieblas y oyó desde la ventana lo sucedido: una anciana que se asomó alarmada por el ruido de aceros; alumbrándose con un candil pudo distinguir que el matador era un hombre rubio, que ceceaba al hablar y al que le sonaban las rodillas al andar como si entrechocaran nueces, o sea, el mismísimo rey. Por miedo a ser descubierta se retiró precipitadamente de la ventana, lo que provocó que el candil con el que se alumbraba cayera a la calle y fuera descubierto por los alguaciles, que dedujeron lo sucedido y la detuvieron.
Con el tiempo se ha podido demostrar gracias a un estudio médico realizado por el Dr. González Moya sobre los restos de Pedro I (enterrado en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla), que debido a una parálisis cerebral infantil, el monarca sufrió un desarrollo físico incompleto en algunas partes del cuerpo: las piernas.
Como era de esperar, al día siguiente los Guzmanes exigieron justicia, a lo que el rey contestó prometiendo la cabeza del culpable en el lugar del asesinato. Fue la misma anciana quien al cabo de unos días llevaron para atestiguar, aunque se negó a hacerlo, por temor a represalias. En un momento, el rey llamó a la anciana a su presencia y le dijo al oído "Di a quien viste y no te ocurrirá nada; te doy mi palabra". La anciana, ante la promesa del rey se tranquilizó, y pidió a este que le trajesen un espejo. Se situó justo delante del rey con el espejo frente a este y le dijo: "Aquí tenéis a vuestro asesino".
El rey digamos que cumplió a su manera la promesa de cortar la cabeza del asesino. Mandó colocar una caja de madera en el lugar del suceso, en la cual, aseguraba a los ofendidos Guzmanes, se guardaba la cabeza del asesino y ordenó que esta no se abriese hasta el día de su muerte, siendo vigilada día y noche. Al morir Pedro I se abrió la caja y cual fue la sorpresa de todos al encontrar en ella un busto del monarca. Aún a día de hoy está visible, aunque no es primitivo, y da nombre a la calle Cabeza del rey don Pedro.
Primitivo busto del rey don Pedro.
Se conserva actualmente en la Casa de Pilatos (palacio de los duques de Medinaceli).
A la calleja que se encuentra frente al busto, en la que se supone que vivía la testigo, sobre una carbonería, se la llamó Candilejo, denominación que aún perdura.
El busto y nicho actual son obra de Marcos Cabrera, colocados alrededor de los años 1620-30, sustituyendo a los más antiguos, de barro, que había en el mismo lugar. Representa al rey, coronado y con manto real sobre los hombros. En la mano derecha lleva un cetro que apoya sobre el hombro y la mano izquierda descansa sobre la espada.
Pero el destino es caprichoso y parece dar a cada uno lo suyo; no hay más que fijarse en el curioso final que le esperaba a Pedro I: ocho años más tarde, en marzo de 1.369 partió de Sevilla rumbo a Toledo para acabar con la revuelta. En el campo de Calatrava le esperaba su hermano Enrique. El ejército de Pedro sufre una estrepitosa derrota y se ve obligado a buscar refugio con unos pocos leales en el castillo de Montiel (Ciudad Real), donde queda sitiado por las tropas enemigas durante nueve días. En tan desesperada situación, intenta sobornar a Du Guesclin, hombre de confianza de Enrique, ofreciéndole tierras y riquezas para ponerlo a su favor, y que lo dejase escapar. Este parece aceptar y queda con Pedro en su tienda de campaña,  en la cual le esperaba Enrique de Trastámara. Se enzarzaron en una lucha en la que dicen que iba ganando Pedro I, pero Du Guesclin ayudó a Enrique, que consiguió matar a Pedro I. Para la posteridad quedó la frase del traidor: Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. 
Al difunto rey le cortaron la cabeza y la colgaron en la almena del castillo, como si el destino le hubiera obligado al final a cumplir su palabra. Por fin la cabeza del asesino fue cortada y expuesta públicamente.

La bella Susona. Una mujer fatal del siglo XV.

En la historia que hoy comento no corresponde hablar de leyenda, sino de historia, ya que todos los hechos y nombres que se citan a continuación están conveniente e históricamente registrados y avalados por sus correspondientes documentos.
Antiguamente, como sucedía en gran parte de España, en Sevilla convivían tres grandes religiones: la cristiana, musulmana y la judía. En nuestra ciudad se alojó una importante colonia hebrea, especialmente desde la destrucción  del califato (principios del siglo XI), momento en que muchas familias cordobesas se vieron obligadas a abandonar la entonces capital y refugiarse en el nuevo reino de Sevilla.
La primera judería se encontraba en el lado oeste de la ciudad, en donde hoy se encuentra la iglesia de la Magdalena y San Lorenzo. Con el tiempo, se fue desplazando hacia el barrio de Santa Cruz y, sobre todo, San Bartolomé, lugares en los que permanecería hasta el año 1.492, en el que los Reyes Católicos dictaron la expulsión total.
Como era habitual en la época, se dedicaban mayormente al comercio y al préstamo del dinero, que los cristianos tenían prohibido por motivos religiosos. Esta última actividad provocaba una gran antipatía entre los deudores que, periódicamente, emprendían campañas de diferente intensidad contra ellos.
La más conocida es la provocada por el arcediano de Écija, Ferrán Martínez, cuyas prédicas dieron lugar, en junio de 1.391, al asalto a la judería de Sevilla, la más numerosa de la Corona de Castilla. La gran matanza, cerca de cuatro mil almas, dejó a la ciudad casi sin población judía. 
Pasaron los años, la cosa se calmó, y aquellos que habían huido pudieron regresar a la ciudad y comenzar de nuevo. Sin embargo, a finales del siglo XV, los Reyes Católicos cercaban el reino de Granada; los judíos de Sevilla, teóricamente judeoconversos debido a la presión ejercida por la Santa Inquisición, llegaban al límite de su paciencia; cansados de agravios y vejaciones, la rebelión para hacerse con el control de la ciudad estaba servida.
El lugar elegido para las reuniones fue la casa de Diego Susón, cabecilla de la revuelta. Este banquero vivía con su hija Susana Ben Susón, conocida en la ciudad como “la fermosa fembra” por razones obvias. La judía recibía tantos halagos de sus numerosos pretendientes que soñaba con alcanzar un puesto en la vida social de la ciudad y comenzó a verse con un caballero cristiano, perteneciente a una de las más nobles familias de la villa.
Azulejos en el comienzo de la calle Susona.
Una noche, mientras esperaba en su casa que todos se acostasen para ir al encuentro de su amante, se enteró de la conspiración que tramaban los suyos con su padre a la cabeza. Temiendo que le pasase algo a su amado, Susona acudió a él para advertirle del peligro que corría, y que así este pudiese ponerse a salvo. No se dio cuenta que con ello ponía en peligro a toda la colonia judía de Sevilla.
Azulejo en el que se recuerda la historia de Susona que, 
según me indican, no está colocado en la casa donde vivía.
Su amante informó inmediatamente al asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, quien ordenó detener a los cabecillas de la misma. Pocos días después fueron ahorcados en Tablada, donde se ejecutaba a los facinerosos, parricidas y peores criminales. Sus cadáveres permanecerían todo el año colgados, y una vez al año se recogían los restos y se enterraban en el cementerio de ajusticiados, en el compás del Colegio de San Miguel frente a la Catedral.
La lista de ajusticiados fue la siguiente: Diego Susón; Pedro Fernández de Venedera, mayordomo de la Catedral; Juan Fernández de Albolasya, el Perfumado, letrado y alcalde de Justicia; Manuel Saulí; Bartolomé Torralba, los hermanos Adalde y hasta veinte ricos y poderosos mercaderes, banqueros y escribanos de Sevilla, Carmona y Utrera. Posteriormente, y a causa de las investigaciones sobre el caso llevadas a cabo por el Santo Oficio, fueron ejecutadas otras dos mil personas. Salió muy caro el intento de la Bella Susona de labrarse una posición social.
El primer azulejo, visto de cerca.
A partir de aquí termina la historia y empieza la leyenda, de la que existen dos versiones. Según una de ellas, tras ser repudiada por su pretendiente y por los judíos como causante de la muerte de su propia gente, tras caer en la cuenta de su grave error, la Susona, desesperada, busca ayuda en la Catedral, donde el arcipreste Reginaldo de Toledo, obispo de Tiberíades, la bautiza y le da la absolución, aconsejándole que se retirase a hacer penitencia a un convento, como así lo hizo y permaneció allí varios años hasta tranquilizar su espíritu. Más tarde, volvió a su casa donde en lo sucesivo llevó una vida cristiana y ejemplar.
Azulejo actual en la calle Susona.
La otra versión es diametralmente opuesta: fruto de sus amores con un obispo tuvo dos hijos y, tras ser abandonada por este, se hizo amante de un comerciante de la ciudad. 
A la muerte de la Susona, y tras abrir su testamento, se encontró en él escrito:
“Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”.
Balcón de la casa de Diego Susón y azulejo de la calavera.
Se respetó su voluntad y, tras su muerte, durante más de un siglo, hasta bien entrado el 1.600, permaneció la cabeza en dicho lugar, dando lugar al nombre de calle de la Muerte.

Tiempo después se colocó un azulejo con una calavera y se cambió el nombre de la calle, por el de Susona, que todavía permanece. Hace unos años se colocó un gran azulejo que relata la historia de la infeliz.
Azulejo que sustituyó la calavera real de Susana.





La Piedra Llorosa.

Entre la iniciativa pública y la privada, se ha restaurado y rehabilitado medio Casco Antiguo. Le toca ahora al desamortizado convento y antiguo cuartel que conocemos como Patio de San Laureano: la cara que el interesante barrio de Los Húmeros da a la Puerta Real y a la calle Alfonso XII. También se adecenta el murete que va desde la Capilla de las Mercedes de la Puerta Real a la esquina de Alfonso XII con Marqués de Paradas. Al final de ese murete hay una piedra que muchos no conocerán y que afortunadamente va a seguir en su sitio por mucho tiempo.

Es La Piedra Llorosa. Su historia es la siguiente: en 1857, reinado de Isabel II y gobierno de Narváez, primera guerra carlista, motines y cuartelazos, un grupo de jóvenes, utópicos liberales sevillanos, capitaneados por el coronel retirado Joaquín Serra y dirigidos por Cayetano Morales y por Manuel Caro decidieron alzarse en armas. Organizaron una partida, que el 29 de junio se echó al monte camino de Ronda, cometiendo diversas tropelías en Arahal y otros pueblos. En Benaoján los alcanzaron las tropas de los regimientos de Albuera y de Alcántara. Los utópicos sublevados apenas dispararon un tiro, mientras las tropas les hicieron veinticinco muertos en las primeras descargas, y prisioneros a todos los supervivientes.
Inscripción conmemorativa de los fusilamientos y de la actitud del alcalde.
El lance costó el cargo al Gobernador y al Capitán General. Madrid envió con plenos poderes, civil y militar, a un duro comisionado de Narváez, don Manuel Lassala y Solera, quien sin que le temblara la mano mandó fusilar a los ochenta y dos detenidos, presos en el cuartel de San Laureano. El alcalde García de Vinuesa pidió en vano su indulto. Llegada la mañana del 11 de julio, fueron sacados de San Laureano y llevados a la Plaza de Armas del Campo de Marte para ser fusilados. La misma Sevilla novelera que acudía a la plaza de San Francisco a los autos de fe llenó las afueras de la Puerta de Triana para ver el fusilamiento. Sacerdotes y hermanos de la Caridad ayudaban a bien morir a los muchachos, que no acababan de creerse que aquellos soldados los fusilarían.
La Piedra Llorosa.
Terrible Sevilla. Terrible España. En aquel espanto llegó el alcalde García de Vinuesa con dos alguaciles, en un último e inútil intento de salvarlos. Redoble de tambores. Suena la descarga del piquete de ejecución. Disparos de muerte. Y más horror: unas balas perdidas rebotan y matan a dos zagalones que han subido a un árbol a contemplar la macabra escena. García de Vinuesa, entonces, se fue hacia la Puerta Real. Desolado. Derrotado. En una esquina halló una piedra. Se sentó en ella. Todo un hombre, alcalde de la cruel ciudad, rompió en llanto. Sobre aquella piedra, García de Vinuesa lloró la muerte de aquellos sevillanos fusilados. Los alguaciles que lo acompañaban lo oyeron lamentarse una y otra vez, pañuelo en mano:

-¡Pobre ciudad, pobre ciudad!

Aspecto actual del Campo de Marte, donde tuvieron lugar los fusilamientos.

Leyenda del Hombre de Piedra.

En el barrio de San Lorenzo, uniendo la calle de Santa Clara con la de Jesús del Gran Poder, discurre una calleja larga y estrecha que recibe el nombre de  calle Hombre de Piedra. El motivo de tal denominación reside en que en ella, empotrada en una hornacina a nivel de la acera, puede verse una estatua de piedra, de borrosos relieves, que lleva allí varios siglos.
La calle se llamó, desde el siglo XIII hasta el XV, calle del Buen Rostro pero, en época del rey Juan II (primera mitad del siglo XV), cambió su nombre, al aparecer la estatua del hombre de piedra, junto con la leyenda de su milagroso y dramático origen.
Panorámica de la calle Hombre de Piedra.
El hombre de Piedra.
Para entender la leyenda es preciso que antes nos traslademos a la Plaza del Salvador. En la esquina de la calle Villegas con la plaza del Salvador, encontramos colocada, en el esquina del muro de la iglesia, una cruz de gran tamaño, a la que se denomina la Cruz de la Culebra, por el antiguo nombre de la calle. Esta Cruz pertenecía al cementerio parroquial del Salvador, que estuvo situado hasta mediados del siglo XVIII en la plaza del mismo nombre. Por orden del asistente Olavide, había tantas cruces en las calles de la ciudad que estorbaban el paso de peatones, carruajes y caballerías, por lo que pasaron a empotrarse en las fachadas de las calles e iglesias, como sucede con esta Cruz de la Culebra.
Cruz de Polaineros (Patio de los Naranjos del Salvador).
Cruz de la Culebra.
Lápida con las órdenes del Rey don Juan.
No se debe confundir esta Cruz del cementerio con la Cruz de los Polaineros, que se encuentra en el Patio de los Naranjos de la iglesia del Salvador.
Bajo la Cruz de la Culebra podemos leer una lápida que reza, en caracteres antiguos:
El rey i toda persona que
topare el Santísimo Sacramento
se apee, aunque sea en el lodo
so pena de 600 maravedises
según la loable costumbre desta ciudad,
o que pierda la cabalgadura,
y si fuere moro de catorce años arriba
que hinque las rodillas
o que pierda todo lo que llevare vestido...

EL REY DON JUAN, LEY 11
Por esta lápida, colocada en la iglesia del Salvador, vemos la devoción (y obligación) que existía en Sevilla de ponerse de rodillas en el suelo cuando pasase el Santísimo Sacramento, aunque hubiera lodo por haber llovido; piadosa costumbre de la que no se libraba ni siquiera el rey ni los más altos caballeros, so pena de perder el caballo y pagar seiscientos maravedises de multa; y el que no tuviera caballo ni bienes, perder la ropa que llevase puesta.
Vista así, la reverencia con que se miraba al Santísimo Sacramento en tiempos pasados, volvamos a la barriada de San Lorenzo, en cuya calle Buen Rostro (que, como hemos dicho, era como se llamaba antes la calle Hombre de Piedra), había una taberna, allá por los primeros años del siglo XV. Y sucedió que se encontraban en la taberna varios compadres, bebiendo vino, cuando se oyó venir por la dirección de la parroquia de San Lorenzo, el tintineo de una campanilla acompañada de un susurro de voces que rezaban.
Se asomaron los compadres a la puerta de la taberna, y vieron aparecer, en el comienzo de la calle, un reducido grupo de personas con velas y faroles, que iban acompañando al cura párroco, el cual portaba en las manos y apretada contra su pecho, la cajita del Viático en la que llevaba la Hostia para dar la última comunión a un enfermo.
Al ver aproximarse la comitiva, los compadres de la taberna, aunque eran gentes poco religiosas, más dados al vino y al juego que a la piedad, interrumpieron sus conversaciones y se aprestaron a arrodillarse un instante mientras pasaba el Sacramento. Pero uno de ellos, llamado Mateo el Rubio, que se tenía por valiente y era el matón del barrio, haciendo alarde de incredulidad para demostrar su temple ente los otros, dijo en voz alta:
- Ea, hatajo de gallinas, que os arrodilláis como mujeres. Ahora veréis un hombre tener... . Y no me arrodillaré, sino que me quedaré de pie para siempre.

Y en efecto, permaneció allí para siempre, pues un trueno ensordecedor estalló sobre la calle, y sobre el impío cayó un rayo que lo convirtió en piedra, hundiéndole hasta las rodillas en el suelo. Allí permanece, desde hace más de cinco siglos, el pecador blasfemo que se atrevió a desafiar el poder de Dios.
Por este ejemplar escarmiento, la calle Buen Rostro se llama desde entonces Hombre de Piedra, donde aún puede verse al testimonio de aquel terrible suceso.

Aclaración arqueológica: Actualmente la verdadera interpretación es que se trata de una estatua romana perteneciente a unas termas, que los árabes mantuvieron señalando unos baños públicos llamados “de la estatua” y que ha resistido hasta nuestros días las múltiples reformas sufridas durante casi dos mil años.

Historia del Lagarto de la Catedral.

Entrando por el lado este del Patio de los Naranjos (el más cercano a la Giralda y en el que está ubicada la Biblioteca Colombina) nos encontramos con la Nave del Lagarto. En el techo de la misma observaremos cuatro objetos: un lagarto de gran tamaño, un colmillo de elefante, una vara de mando y un bocado de caballo de mayor tamaño de lo habitual. Como es natural, esta mescolanza de objetos también tiene su leyenda.
Aquí vemos al famoso lagarto y. al fondo, el colmillo de elefante,
las bridas de jirafa y la vara de mando.

Dicen que sobre el año 1260, el Sultán de Egipto, deseoso de entablar relaciones políticas y económicas con España, envió a Alfonso X una embajada para pedirle la mano de su hija Berenguela. Entre los presentes de dicha embajada figuraban un colmillo de elefante (hay quien asegura que se trajeron el elefante entero), un cocodrilo del Nilo vivo y una jirafa domesticada, con su montura, bocado y bridas.

El rey cristiano rechazó cortésmente la pretensión del Sultán y envió la embajada de vuelta a Egipto, cargada de buenos deseos y regalos variados. El cocodrilo y la jirafa se quedaron en los jardines del Alcázar, hasta su muerte. El lagarto, entonces, fue disecado y se colgó de recuerdo, junto con el colmillo, el bocado de la jirafa y la vara de mando que trajo de vuelta el enviado de Alfonso X al término de su embajada en Egipto.

Con el tiempo, el reptil se pudrió y, para no olvidarlo, se hizo otro de madera, pintado de verde. En los siglos XVII y XVIII se descuelga para enlucir el techo y se introducen documentos en su boca que explican su historia.

Como no podía ser de otro modo, la religiosidad aporta su granito de arena a la leyenda y afirma que estos cuatro objetos simbolizan la prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Hércules, fundador de Sevilla.

En el siglo X antes de Cristo llegaron los primeros navegantes fenicios a las costas hispanas. Uno de ellos, llamado Melkart era más atrevido y sobrepasó el estrecho de Gibraltar, límite conocido del mundo en aquella época. Bordeando la costa encontró la desembocadura del Guadalquivir, que en aquella época se encontraba a la altura de Coria del Río, y remontó su curso hasta el lugar en el que hoy se encuentra Sevilla. En un brazo del río situado en la zona de Plaza del Salvador-Plaza de la Pescadería estableció una colonia comercial, que recibió el nombre de Spal, “llanura junto a un río”.
Julio César.
Hércules.
La leyenda afirma que, sin embargo, aquellas tierras ya estaban pobladas por los turdetanos, que al mando del rey Gerión, vivían del comercio de las pieles y cueros de los numerosos toros bravos que ocupaban colinas y llanos de la región. Melkart derrotó a Gerión y no sólo lo sometió a vasallaje comercial, sino que impuso la religión egipcia sobre las creencias primitivas que profesaban los turdetanos. Cuando murió, fue considerado héroe, santo y dios, cambiándose, con el tiempo, su nombre, primero por Herakles y más tarde por Hércules. 

La realidad es que los ciudadanos fenicios de las ciudades originarias, Tiro y Sidón, denominaban turdetanos a los fenicios establecidos en estas tierras.
Columnas de la calle Mármoles.
Sin embargo, los ciudadanos de Sevilla siempre han reconocido oficiosamente a Hércules como fundador y, por ello, encontramos su efigie en el arquillo del Ayuntamiento (a la izquierda, mirando de frente en la fachada que da a plaza de san Francisco) y, acompañando a Julio César, en las columnas de la Alameda que lleva su nombre. Columnas que procedían del templo dedicado a Apolo que se descubrió en la calle Mármoles. 


Lo del templo de Apolo hay que matizarlo. Recientes descubrimientos han considerado que  las columnas no proceden de un templo, sino del pórtico del antiguo Foro romano de la ciudad. Igualmente se ha comprobado que no proceden de Egipto, como se afirmaba popular y alegremente, sino que se trata de un granito gris (no son de mármol, a pesar del nombre de la calle) típico de Turquía. También se afirmaba que databan de la época de Julio César, pero la datación científica las han situado en época imperial, entre finales del siglo I y principios del siguiente.

Estas columnas no fueron descubiertas al público hasta el siglo XIX, ya que se encontraban dentro de la casa que ocupaba aquel solar (parecido a lo que ha sucedido recientemente con el claustro románico de Palamós). Se sabe a ciencia cierta que existían seis columnas, según recogen cronistas de la época: una se cayó durante su transporte y quedó destrozada; dos más se encuentran en la Alameda de Hércules; las tres restantes permanecen en la calle Mármoles.

También en el arco que existía en la Puerta de Jerez, destruido en el siglo XIX, había una inscripción en latín, cuya transcripción sería:

Hércules me edificó
Julio César me cercó
de muros y torres altas,
y el rey santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.

Placa colocada actualmente en la calle Maese Rodrigo, junto a la Puerta de Jerez.
Hércules y Julio César, en la Alameda de Hércules.
Hércules.
Julio César.
Pedestales de ambas estatuas.
    


Leyenda del cuerpo incorrupto de San Isidoro y el sueño del obispo Alvito.


Cuando ocupó el trono de Sevilla a la muerte de su padre, el rey Almutamid estableció un tratado con Fernando I, rey de Castilla y de León, manteniendo una excelente relación con el mismo, al que colmaba de lujosos regalos y presentes. 
La Corte de Almutamid.
En cierta ocasión, el rey Fernando comunicó a Almutamid su deseo de recuperar las reliquias de las santas Justa y Rufina, que suponía sepultadas en algún antiguo templo visigodo. Como el rey sevillano desconocía el emplazamiento de tales restos, contestó a Fernando que enviara personas que fueran capaces de encontrarlos, que él les facilitaría la labor con todos los medios a su alcance.

De esta manera, llegó a Sevilla una comitiva encabezada por el obispo de León, de nombre Alvito, al que en su época se tenía tanto por sabio como por santo. El rey Almutamid cumplió su palabra y alojó cumplidamente a los invitados en el Palacio de la Barqueta (hoy Monasterio de San Clemente).
Tras un año entero de infructuosas pesquisas por todos los templos visigodos de la ciudad, Alvito se dio por vencido y comunicó a Almutamid su próxima partida. Sin embargo, la noche antes de su marcha se le apareció en sueños un hombre vestido con blanca túnica y tocado con mitra de obispo que afirmó ser San Isidoro, (obispo de Sevilla durante treinta y ocho años, considerado el mayor erudito de su época), y que, como premio a su piedad y perseverancia, le comunicaría el lugar donde reposaba su cuerpo. Así lo hizo, pero, antes de desaparecer, también le dijo que no podría concluir su misión, ya que fallecería en el plazo de tres días.
San Isidoro. Altar de Plata. Catedral de Sevilla.
Al día siguiente, el obispo Alvito comunicó a sus acompañantes y al rey Almutamid lo sucedido, y todos juntos se dirigieron a la vecina localidad de Santiponce. En el lugar exacto donde la aparición indicó entraron una losa, bajo la cual se encontró un féretro con el cuerpo incorrupto de San Isidoro. Posteriormente, sobre ese mismo lugar se levantaría en su honor el Monasterio de San Isidoro del Campo.
Monasterio de San Isidoro del Campo, erigido en el lugar
 en que se encontró el cuerpo incorrupto de San Isidoro.
Mientras se preparaba el cuerpo para su traslado, el resto de la profecía también se cumplió. El pío obispo Alvito fallecía al tercer día de la aparición.
Se cuenta que el rey Almutamid quedó muy afectado con estos hechos, despidiendo los restos de ambos santos hombres con todos los honores cuando salieron por la Puerta de la Macarena en dirección a León. 
Descubrimiento y traslado del cuerpo incorrupto de San Isidoro.
Lienzos conservados en el refectorio del monasterio de San Isidoro del Campo, Santiponce, Sevilla.

El terremoto de Lisboa y las Santas Justa y Rufina.

El terremoto de Lisboa de 1.755 (llamado así porque prácticamente destruyó dicha ciudad) tuvo realmente su origen en la falla que une las islas Azores con Gibraltar, a la altura del cabo de San Vicente. Fue tal su intensidad, que sus efectos llegaron desde el sur de Inglaterra hasta el norte de África, alcanzando el maremoto que se formó a continuación las costas caribeñas.
Catedral de Sevilla, con el Triunfo a la izquierda.
En Sevilla afectó a gran parte del caserío de la ciudad. Según las crónicas de la época, se hundieron unas trescientas casas y causó daños en otras cinco mil. A pesar de todo parece ser que sólo causó seis (o nueve, según la fuente que se consulte) muertes en la ciudad, que la piadosa leyenda achaca a que eran personas que se encontraban en pecado mortal.
El Triunfo sobre el terremoto de Lisboa.
También la Torre del Oro sufrió tales desperfectos que se llegó a proponer que fuera derribada.
El mejor testimonio de lo que ocurrió en la ciudad lo tenemos en el monumento que se levantó en la Plaza del Triunfo como acción de gracias por la protección divina en semejante desastre:
"Sábado, 1 de Nov. Año 1755 a las 10 de la mañana huvo general y pavoroso terremoto el que se creyó asolaba la Ciudad, y sepultaba a sus moradores en la ruina, pues se estremecieron violentamente los edificios cayendo algunos y parte de las iglesias. En la Patriarcal con espantoso horror llovieron parte de sus bóvedas, cayeron pilares de los elementos de su Torre. Siendo sin número el concurso nadie se sintió lastimado. En toda Sevilla solo 6 personas perecieron deviendo las demás sus vidas la Ciudad su consistencia al Patrocinio de la que es Madre de Dios y Misericordiosa María Stma. en cuyo honor y perpetuo agradecido monumento mandaron poner los Ilmos. Sres. Deán y Cabildo e hacer este Triunpho en el sitio mismo que se dixo la Misa y cantó Sexta en aquel día."
Detalle de Triunfo.
En la Catedral se desprendieron los remates y barandas de las azoteas, cayendo unos a la calle y otros hacia las cubiertas, con lo que el interior se llenó de polvo, cayendo algunas esquirlas de las bóvedas, causando el pánico en los que asistían a la misa del día de los Difuntos. Como dice la inscripción, se interrumpió la celebración, que se concluyó una vez terminado el seísmo en el lugar donde más adelante se levantaría el triunfo o monumento que da nombre a la plaza. Se concluyó con el canto del Te Deum en acción de gracias.
Hasta entonces, la plaza había recibido los nombres de Plaza de los Cantos o Plaza del Hospital del Rey, pero a partir de la colocación del monumento, en 1.757, se renombró hasta hoy como Plaza del Triunfo. Se encuentra situada a la espalda del Archivo de Indias, flanqueada por la Puerta del Príncipe de la Catedral y la Puerta del León del Alcázar.
El monumento en sí, de estilo barroco, consta de un graderío de tres escalones de forma rectangular, sobre el que se levanta un balaustre de piedra con representación de las Santas Justa y Rufina y jarrones de azucenas. Se remata con un templete que acoge la imagen de la Virgen, bajo la advocación de la Virgen del Patrocinio, coronado por una cruz patriarcal. El conjunto está rodeado por una verja de hierro fundido, obra de Juan de Mencía.

La fantasía popular dijo ver a las Santas Patronas de la ciudad, Justa y Rufina, sosteniendo a la torre en el aire para que no sufriera. Desde entonces se las representa en la iconografía sevillana de esta manera.
Altar de las Santas Justa y Rufina. Catedral de Sevilla.
Las Santas Justas y Rufina. Altar de los Evangelistas (provisionalmente).
Catedral de Sevilla.